TeoCotidiana
Cuatro voluntarios con camisetas blancas iguales se toman una selfie en la calle
Reflexión
· 6 min de lectura

Por Tomás Castaño Marulanda

¿Qué es ser misionero?

Hay viajes misioneros que se venden como paquetes de vacaciones. Jesús mandó a los suyos sin maleta y a comer lo que les sirvieran.

En muchas iglesias, los viajes misioneros se anuncian como se anuncian unas vacaciones: destino, fecha, precio y la promesa de vivir «unos días inigualables y de aventura». Unos venden la emoción del momento y otros la compran.

Cuando uno crece en una iglesia pequeña, uno es de todo. Yo fui el que hacía la masa de los tamales que se vendían para comprar los instrumentos del púlpito, y el que vendía las empanadas con las que se iba a financiar la salida misionera. Sé lo que cuesta juntar ese dinero, empanada por empanada. Por eso me preocupa en lo que se han convertido muchas de esas salidas.

Misiones en oferta

Hoy hay misiones que se venden como una opción más entre las vacacionales. Las organizan ministerios, iglesias y empresas con procesos parecidos a los de una agencia de turismo: un paquete, un precio, un itinerario y la emoción garantizada. Es un contrato en el que la materia prima son las personas de otros países, los pobres, las comunidades indígenas, las regiones diferentes de las nuestras.

Y claro, nuestros jóvenes se van y se toman fotos para su Instagram, para mostrar su benevolencia y su empatía empacadas al vacío y sin gluten.

No estoy en contra de mostrar lo que se hace. A veces hay que mostrarlo: quienes donan necesitan ver en qué se usó su dinero, y mostrar el trabajo es muchas veces lo que permite que el trabajo siga. Lo que me preocupa es el viaje que se hace para tener qué publicar, cuando la foto deja de contar lo que pasó y se vuelve la razón para ir. Ahí usamos la vulnerabilidad de otros para alimentar nuestra propia imagen. Le llamamos a eso «evangelio», y reducimos la hermosura del mensaje de Jesús a una empresa privada con fines de lucro.

Tenemos un evangelio industrial.
Fabricamos cristianos
bajo el estándar de una moralidad
contaminada y contaminante.
Vendemos contenedores
de una salvación prefabricada
en un sistema imparable
de explotación social.
Y llamamos al gran tirano
del proceso de industrialización del evangelio
«Jesús», «ungido de Dios».
Y llamamos al sistema de explotación
«La buena noticia», «redención».
Hemos usado las palabras sagradas
para justificar nuestro monstruo
al que hemos denominado «ser cristianos».
Esparcimos esa industria
por todos los continentes
y lo llamamos «misiones».
Mientras las personas que están
en la punta de esa pirámide
se embriagan de éxtasis
con el dinero de la fe
de quienes no saben buscar
un Dios por fuera de este sistema,
a quienes les enseñaron
que seguir a Jesús
es estar en alguno de los frentes
de este evangelio industrial
al que llamamos cristianismo.

No escribo esto contra los muchachos que venden empanadas para irse. Muchos van con el corazón dispuesto. Escribo contra el negocio que les vende la idea de que eso es la misión.

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Una palabra con tinte militar

Una vez me preguntaron qué es ser misionero. Para empezar, respondí que esa palabra me incomoda: tiene un tinte militar que no me gusta. Y no es solo la palabra. Por años nos inyectaron un lenguaje de guerra para hablar del evangelio: «ganar almas», «traerlos a los pies de Cristo», «conquistar las naciones». Con ese lenguaje, evangelizar se volvió colonizar las ideas de otros.

Jesús sí les dejó a los suyos una misión: «vayan y hagan discípulos de todas las naciones» (Mateo 28:19). La historia muestra cómo, de tiempo en tiempo, esa invitación se volteó y la convertimos en «vayan y conquisten». Pero era una invitación a ir a vivir la esperanza del evangelio con los demás: a dar de comer, a dejar que la obra de Dios sane a quienes están enfermos, a anunciar la libertad de Dios en medio de las esclavitudes.

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Treinta años con los vecinos

«Jesús tenía unos treinta años cuando comenzó su ministerio» (Lucas 3:23). Antes de eso no hizo ningún viaje misionero. Vivió en Nazaret, la aldea «donde se había criado» (Lucas 4:16), y trabajó como tekton, una palabra que hemos traducido como «carpintero» y que nombra a alguien que ofrecía su mano de obra en las casas de la aldea y de las aldeas vecinas. Conocía las pobrezas y los anhelos de esa gente porque los vivió con ellos y con ellas. Era uno de ellos.

Eso es lo que dice Juan cuando escribe: «Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros» (Juan 1:14). Dios no vino de visita una semana. Vino a vivir con nosotros.

Y cuando Jesús mandó a sus discípulos, los mandó así. Escogió a setenta y dos y los envió de dos en dos «a todo pueblo y lugar adonde él pensaba ir» (Lucas 10:1). Les dijo: «No lleven monedero ni bolsa ni sandalias» (Lucas 10:4). Cuando una familia los recibiera: «Quédense en esa casa, coman y beban de lo que ellos tengan […] No anden de casa en casa» (Lucas 10:7). Y les dio el encargo: «Sanen a los enfermos que encuentren allí y díganles: “El reino de Dios está cerca de ustedes”» (Lucas 10:9).

No llegaban con la comida empacada, ni con el hotel reservado, ni con el regalo para la foto. Llegaban sin nada, dependían de la mesa de la gente del pueblo y comían lo que esa familia comía. El evangelio llegaba sanando, liberando a las personas de sus demonios y brindando esperanza entre los aldeanos. Eso es vivir y enseñar el evangelio.

La misión más urgente está a la vuelta de la esquina

Jesús es el camino de Dios hacia lo humano como Dios lo ha soñado siempre, y ese camino empieza justo donde estás: con tu vecino, con tu compañero de trabajo, con la gente que te encuentras todos los días. Un acto misionero invaluable del reinado de Dios tiene que ver más con avivar la esperanza del vecino que con recorrer kilómetros para imponer doctrinas.

Pienso en el vendedor ambulante que se para en el semáforo. Si no tienes dinero para comprarle, puedes darle dignidad. Esas personas reciben todo el día negativas de gente que las ignora, que mira para otro lado, que las desprecia. Si lo miras a los ojos, lo saludas, le explicas de buena gana que hoy no puedes y te despides, le habrás hecho saber que es importante, que tiene lugar en el mundo, que no es un cero a la izquierda. Eso vale más que una moneda.

Y si tienes, sorpréndelo: invítalo a tomar algo, o cómprale lo que vende por un valor más alto del que espera. Cuando los discípulos querían despedir a la multitud con hambre, Jesús les dijo: «Denles ustedes mismos de comer» (Mateo 14:16). A veces, multiplicar los panes y los peces es un asunto de decisión personal.

Nada de eso se hace para publicarlo, y se parece mucho más a lo que hacían los setenta y dos en las casas de Galilea.

La misión no es un viaje exótico ni un trofeo espiritual. Empieza justo donde estás.

¿Conoces a alguien que está ahorrando para irse de misiones?
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Nadie compró una sanidad. Alguien sostuvo el pan del camino.

Jesús sanaba gratis, y con él andaba un grupo de personas, especialmente mujeres, que sostenía ese camino con sus bienes (Lucas 8:3). Lucas nombra a algunas de ellas: María Magdalena, Juana, Susana, «y otras muchas».

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— Tomás Castaño Marulanda

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