TeoCotidiana
Un puesto de periódicos y revistas en una calle de Mérida, en México, con un hombre leyendo los titulares
Reflexión
· 9 min de lectura

Por Tomás Castaño Marulanda

¿Qué significa evangelio?

Antes de que la usara la iglesia, «evangelio» era la palabra con la que el imperio anunció el nacimiento de un emperador.

Evangelio quiere decir buena noticia. Y una noticia solo es buena si lo es para alguien: para quien está enfermo, para quien tiene hambre, para quien ya no espera nada.

Hay unas preguntas con las que suelo medir lo que digo o busco enseñar como «evangelio». ¿De qué le sirve lo que digo a un campesino labriego y a su familia sencilla? ¿De qué le sirve a una mujer que alimenta a sus hijos y a sus padres vendiendo su cuerpo? ¿De qué les sirve a las miles de personas que hacen fila todos los días para subirse al bus y llegar a trabajos monótonos y mal pagos? ¿De qué le sirve a quien en su casa no tiene los alimentos básicos? ¿De qué le sirve a un empresario o a una empresaria que lo perdió todo y tiene que volver a empezar de cero? ¿De qué le sirve a quien es rechazado o rechazada por sus decisiones morales?

Si lo que digo no les sirve a ellos, puede ser doctrina, puede ser religión. Pero no es evangelio.

Una palabra que venía del imperio

La palabra que traducimos como «evangelio» es griega: euangelion, «buena noticia». Y antes de que la usaran los cristianos, ya tenía dueño.

En el año 9 antes de Cristo, la provincia romana de Asia, en lo que hoy es Turquía, decidió que su año empezaría el día del cumpleaños del emperador Augusto. El decreto quedó tallado en piedra en la plaza de Priene, una ciudad de esa provincia, y ahí dice que el nacimiento de Augusto fue para el mundo el comienzo de las buenas noticias. Para el imperio, la buena noticia era que había nacido un emperador.

Unas décadas después, se escribió un relato sobre Jesús que empieza así: «Comienzo del evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios» (Marcos 1:1). La misma palabra. Pero la buena noticia ya no es un emperador en Roma. Es un hombre de Nazaret, una aldea de Galilea, que volvió a su tierra «a anunciar las buenas noticias de Dios» (Marcos 1:14).

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Una idea presente en los profetas

Pero quienes oyeron esa palabra en boca de Jesús no la oían solo con los oídos del imperio. La conocían también por sus Escrituras. Unos seis siglos antes, el imperio de Babilonia había destruido Jerusalén y se había llevado a buena parte del pueblo lejos de su tierra. En medio de ese exilio, un profeta escribió: «Qué hermosos son, sobre los montes, los pies del que trae buenas noticias, del que proclama la paz, del que anuncia buenas noticias, del que proclama la salvación, del que dice a Sión: “¡Tu Dios reina!”» (Isaías 52:7). La buena noticia era que el destierro se terminaba, que podían volver a casa, que Dios seguía reinando aunque el imperio dijera otra cosa.

Antes, el profeta Nahúm había anunciado lo mismo frente a otro imperio. Asiria había arrasado el reino del norte de Israel y había invadido Judá, y cuando cayó Nínive, su capital, el profeta escribió: «¡Miren! Ya se acerca por los montes el que anuncia las buenas nuevas, el que proclama la paz. […] Porque no volverán a invadirte los malvados» (Nahúm 1:15).

En los profetas, la buena noticia siempre se contrapone a una mala realidad muy concreta: un imperio que invade, un gobierno que oprime, un pueblo que vive desterrado. No es una idea bonita en el aire, es la respuesta de Dios frente a los poderes que generan opresión. «¡Tu Dios reina!» quería decir que no reinaba el rey de Babilonia. Y cuando el libro de Isaías anuncia a alguien ungido «para anunciar buenas noticias a los pobres» y «a proclamar libertad a los cautivos» (Isaías 61:1), habla de gente a la que el poder había dejado sin nada y sin libertad. Ese es el texto que Jesús va a leer en la sinagoga de su pueblo.

Por eso, cuando Jesús llegó a Galilea diciendo «Se ha cumplido el tiempo. El reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas noticias!» (Marcos 1:15), quienes lo oían entendieron dos cosas a la vez: que la promesa de los profetas se estaba cumpliendo, y que el reinado del que hablaba no era el del emperador. Arrepentirse, ahí, era darle la vuelta a la vida para vivirla de acuerdo con ese nuevo reinado.

Mientras Roma hablaba el lenguaje del poder, Dios decidió hablar un idioma distinto. No nació en un palacio: entró en el mundo en una aldea. El reinado de Jesús es al revés de como siempre se ha construido «los poderes de este mundo», Jesús proclama su reino desde la fragilidad, la escasez, la marginalidad, desde abajo, desde la periferia. No es posible comprender el papel del evangelio si desconocemos la realidad política del imperio romano, y no es posible comprender su papel hoy sin mirar nuestras propias realidades culturales, sociales y políticas.

Buenas noticias para los pobres

Cuando Jesús explica en la sinagoga de su pueblo para qué vino, lee al profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas noticias a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos» (Lucas 4:18).

Hacia ellos y hacia ellas, quienes viven pobreza, quienes han sufrido ceguera, quienes viven opresión, va la noticia desde el comienzo. Cuando nace Jesús, en el evangelio de Lucas, el ángel le da la noticia a unos pastores que cuidaban sus rebaños en el campo: «Miren que traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo» (Lucas 2:10). Los primeros en oírla fueron trabajadores del campo, como el campesino labriego de las zonas rurales de nuestros países.

La buena noticia llegó para los enfermos, para los pobres de diferentes tipos de pobreza, para la prostituta y para el pecador, para los niños, para los samaritanos despreciados por su origen (esos samaritanos hoy tienen nombres que si nombramos de manera directa muchos cristianos rechazarían lo que escribo), para el papá de la niña desahuciada, para el esclavo del centurión romano. Llegó para ti y para mí, sin importar nuestros errores ni nuestras historias de pecado.

Por evangelio entiendo a Jesús: su mensaje, sus dichos y sus hechos, y la relación que tuvo con las personas en sus realidades cotidianas. Frente a la culpa, perdón. Frente a la enfermedad, sanación. Frente a la marginalidad, inclusión. Frente a la desolación, esperanza. Frente al hambre, multiplicación de los alimentos. La cruz es parte de esa gran historia de buenas noticias, pero no es toda la historia.

Y esas buenas noticias ocurrían ahí mismo dentro de las experiencias particulares que las personas vivían en su comunidad. Jesús sanó a los enfermos dentro de la vida que estaban viviendo; no les prometió que serían sanados después de morir, en un cielo lejano. Los tocó y los sanó para que siguieran viviendo sus vidas productivas y comunidad en la tierra. El evangelio no es solo la promesa de lo que vendrá. Es el cielo, que ya llegó, está entre nosotros y nosotras, actúa y ocurre dentro de nuestras realidades hoy.

Evangelio es que Jesús naciera lejos de los centros de poder. Es evangelio que trabajara día a día para ganarse el pan, mientras pensaba en su realidad y en la de los suyos. Evangelio es que enseñara la compasión y la misericordia, la sanación y la libertad, y que lo siguieran quienes vivían al margen. Evangelio es que el imperio romano lo viera como una amenaza y que lo condenaran a la cruz por sedicioso. Es evangelio que las mujeres que insistieron en quedarse cerca fueran las primeras en verlo resucitado. Y es evangelio que Dios siga ocurriendo hoy, en ti y en mí, en nuestras debilidades y fragilidades y distancias.

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Cuando la buena noticia suena a amenaza

Muchas personas oyen la palabra «evangelio» y piensan en otra cosa: en el volante con llamas que les entregaron en la calle que les prometía un infierno si no se convertían a la iglesia local que les estaba "evangelizando", en el predicador que grita en la plaza que el fin está cerca, en la pregunta de si saben adónde van a ir cuando mueran. Nosotros no damos buenas noticias: le decimos a todo el mundo que se va a condenar.

La buena noticia no era decirle a todo el mundo que, si no se arrepiente, se va para el infierno. Era brindar de forma práctica el cielo de Dios, que fluye en acciones de amor por el otro, para minimizar sus infiernos cotidianos. La condenación no es evangelio. Evangelio es la noticia de que, en el camino del amor que enseñó Jesús, ya no hay condenación.

Si un discurso está hecho de miedo, de muerte y de amenazas que amedrentan el corazón de las personas, no está enseñando el evangelio. Está hablando de todo aquello a lo que Jesús se opuso.

Un llamado insistente a la esperanza

El evangelio es dar noticias gratas, noticias buenas, de que todo va a estar bien. Y esas noticias importan precisamente en medio del malestar, en medio de lo malo, en medio de la posibilidad de que las cosas no estén bien en este momento. Por eso el evangelio es un llamado insistente a la esperanza aun en medio de la desolación.

Que sea un llamado a la esperanza no es casualidad. El evangelio comenzó a escribirse en medio de comunidades empobrecidas, perseguidas y en peligro de perder la esperanza, y fue ahí donde la vida de Jesús quedó escrita como buena noticia. La esperanza del evangelio les habló a esas personas dentro de sus contextos, y hoy nos habla dentro de los nuestros: a la vecina, al que atiende el negocio de la esquina, a quien perdió el trabajo. Si el evangelio que anunciamos no es esperanzador para quienes viven en crisis, para quienes están empobrecidos, para quienes son víctimas, entonces es una estructura de religión sin alma.

Por eso vuelvo a mis preguntas. Lo que decimos como evangelio tiene que servirle al campesino, a la mujer que vende su cuerpo para alimentar a sus hijos, a quien hace fila todos los días para subirse al bus. Si no les sirve a ellos, todavía no es buena noticia.

Dios se tradujo a sí mismo, en Jesús, para las personas sencillas.

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