TeoCotidiana
Un salón de iglesia vacío, con sillas rojas en filas y un atril con dos Biblias en primer plano
Reflexión
· 10 min de lectura

Por Tomás Castaño Marulanda

¿El Jesús de la religión es el Jesús de la Biblia?

A una amiga la sacaron de su agencia misionera delante de todos. Le dijeron que era la manzana podrida.

En los evangelios, Jesús toca a un hombre que la ley mandaba vivir aislado, le da de comer a una multitud que llevaba tres días con él y se detiene por un ciego al que todos mandaban a callar. El Jesús que se anuncia desde muchos púlpitos se parece más a quien lo predica.

Una amiga mía hacía parte de un grupo misionero de la ciudad, una agencia que forma y envía misioneros. Un día la sacaron, no en privado, delante de todos. La persona encargada de la agencia anunció que ella se iba porque era «la manzana podrida» que estaba contaminando a los demás. Eso fue lo que le dijeron.

Hace dos mil años, a Jesús lo quisieron separar de su pueblo por la misma razón.

Poco antes de la Pascua en la que lo crucificaron, Jesús estuvo en Betania, una aldea a unos tres kilómetros de Jerusalén, y allí resucitó a su amigo Lázaro, que llevaba cuatro días en el sepulcro. Muchas de las personas que vieron lo que hizo creyeron en Jesús. Otras fueron a contárselo a los fariseos, un movimiento de judíos piadosos que buscaba vivir la ley de Moisés en la vida diaria.

Los jefes de los sacerdotes y los fariseos convocaron entonces una reunión del Consejo, el tribunal más alto de los judíos, y allí se preguntaron qué hacer con él: «Este hombre está haciendo muchas señales. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él. Entonces vendrán los romanos y acabarán con nuestro lugar sagrado, incluso con nuestra nación» (Juan 11:47-48). El lugar sagrado era el templo.

Caifás era ese año el sumo sacerdote, la autoridad más alta del templo. Les contestó: «No entienden que les conviene más que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nación» (Juan 11:50). Desde ese día, los miembros del Consejo acordaron quitarle la vida (Juan 11:53).

¿Qué había hecho el hijo de un pueblo pequeño de Galilea para que los jefes de la religión lo vieran como una manzana podrida?

Lo sacaron de Nazaret

Un sábado, Jesús enseñó en la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde se había criado. Les recordó que en tiempos del profeta Elías había muchas viudas en Israel, y Dios lo mandó a ayudar a una viuda extranjera. Y que en tiempos de Eliseo había en Israel muchos enfermos de la piel, y el único sanado fue un sirio (Lucas 4:25-27). Sus vecinos se enfurecieron, lo sacaron del pueblo y lo llevaron hasta la cumbre de la colina «para tirarlo por el precipicio» (Lucas 4:29).

Tocó a quien nadie quería tocar

Un hombre con una enfermedad en la piel, la que otras traducciones llaman lepra, se le acercó de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme» (Marcos 1:40).

La ley de Moisés le indicaba a una persona así cómo tenía que vivir: con la ropa rasgada, sin peinarse, con el rostro semicubierto, gritando «¡Impuro! ¡Impuro!», y «aislado y fuera del campamento» (Levítico 13:45-46). El campamento era el del pueblo de Israel en el desierto; en tiempos de Jesús, quien tenía esa enfermedad vivía fuera del pueblo. Según la misma ley, quien tocaba a un impuro quedaba impuro también.

«Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al hombre» (Marcos 1:41), y mientras lo tocaba le dijo: «Sí, quiero. ¡Queda limpio!». Limpio no quería decir solo sano: quería decir que podía volver a su casa y a su gente.

El hombre salió a contar lo que le había pasado, y se supo tanto que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo: se quedaba afuera, en lugares solitarios (Marcos 1:45). Y hasta allá le llegaba gente de todas partes para buscar sanidad.

Era tanta la gente que lo buscaba, que una vez ni él ni sus discípulos podían comer. Sus parientes, cuando se enteraron, «salieron a hacerse cargo de él, porque decían: "Está fuera de sí"» (Marcos 3:21). Querían llevárselo a la casa, porque creían que estaba loco.

En esa misma escena, unos maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén decían de él: «¡Está poseído por Beelzebú! Expulsa a los demonios por medio del príncipe de los demonios» (Marcos 3:22). Mateo cuenta que los fariseos dijeron lo mismo (Mateo 12:24). Jesús les contestó: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás?» (Marcos 3:23). Con eso estaban diciendo que Jesús era hijo del diablo, el representante de lo contrario al reino de Dios. De esa acusación hablo en ¿cuál es el pecado imperdonable?.

Les dio de comer

Jesús no se dejó llevar. En otra ocasión, en un lugar apartado, se reunió alrededor de él mucha gente que no tenía nada que comer, y les dijo a sus discípulos: «Siento compasión de esta gente porque ya llevan tres días conmigo y no tienen nada que comer. Si los despido a sus casas sin haber comido, se van a desmayar por el camino, porque algunos de ellos han venido de lejos» (Marcos 8:2-3). Con siete panes y unos cuantos pescaditos comieron unas cuatro mil personas, y sobraron siete cestas (Marcos 8:5-9).

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Se detuvo por el que mandaban a callar

En su último viaje a Jerusalén, saliendo de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, Jesús pasó junto a un mendigo ciego que estaba sentado al lado del camino. Se llamaba Bartimeo. Cuando supo que pasaba Jesús, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». «Muchos lo reprendían para que se callara» (Marcos 10:48), pero Bartimeo gritó más fuerte.

Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo» (Marcos 10:49). Cuando el ciego llegó hasta él, antes de hacer nada, Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» (Marcos 10:51).

En Jerusalén, frente a los jefes de la religión

Con los maestros de la ley y con los fariseos, Jesús habló duro. Ya en Jerusalén, delante de la gente y de sus discípulos, dijo de ellos: «Atan cargas pesadas y las ponen sobre la espalda de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para levantarlas» (Mateo 23:4).

Los maestros de la ley estudiaban las Escrituras y las interpretaban para el pueblo. Entre los fariseos había corrientes distintas, y no todos estaban en contra de Jesús. Pero a quienes les ponían esos pesos a la gente, Jesús los confrontó de frente y en público.

Para los jefes de la religión, Jesús se volvió la manzana podrida. Y Caifás hizo una cuenta coherente: era más conveniente que muriera uno solo a que muriera todo el pueblo. Era mejor separar «la manzana podrida» que dejar que eso «malo» contaminara a todos los demás.

El Jesús que nos armamos hoy

Yo creo que el Jesús de la religión nominal es sustancialmente distinto al Jesús de la Biblia. El primero es como el monstruo de Frankenstein, el personaje que un doctor armó en su laboratorio cosiendo pedazos de cuerpos ajenos: está hecho de pedazos del ego de quienes lo proclaman. Así se arma ese Jesús, con lo que a cada predicador le parece bien y le parece mal. Si al predicador le molesta que alguien pregunte, de pronto a Jesús también le molesta. Esos gustos se vuelven dogma, y se imponen desde estructuras piramidales, en las que unos pocos mandan desde arriba y los demás obedecen y se rinden abajo.

A ese Jesús lo domesticamos. Domesticar es lo que se le hace a un animal para que viva en la casa sin que represente un peligro, dócil. Un Jesús así no habría tocado al hombre de la piel enferma, ni se habría quedado tres días con una multitud sin comida, ni les habría dicho en público a los maestros de la ley lo que les dijo.

Ese Jesús domesticado mira por encima del hombro al que lleva meses sin trabajo y a la señora que vende dulces en el bus, y dice de ellos: «es pobre porque quiere, es pobre porque no ha querido hacer lo que se hace para salir de la pobreza». Les pone pesos en la espalda a los demás: la culpa a quien no alcanza a dar el diezmo, la décima parte de lo que gana; la vergüenza a quien se divorció; el miedo a quien duda. Y manda a callar, como a Bartimeo, a quien pregunta lo que no se puede preguntar o a quien se atreve a contar el abuso que sufrió de parte de un líder.

En la iglesia aprendimos a arrodillarnos, y nos dijeron que era delante de Dios. Pero si uno mira bien qué tiene al frente cuando se arrodilla, muchas veces es otra cosa: el oficio de pastor, que debía ser un servicio y se volvió una cadena de mando, «no cuestionen al ungido de Dios»; la agenda de cultos y actividades de la iglesia local; una manera de interpretar el evangelio que nadie puede discutir; los dogmas; las reglas que acuerda cada denominación, cada familia de iglesias. A todo eso le ponemos el nombre de Dios. Y así terminamos creyendo que vivimos a Jesús mientras actuamos como quieren que actuemos quienes están en la punta de esa pirámide y se alimentan con la aprobación de un pueblo al que también quieren domesticar.

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Las manzanas podridas de hoy

Conmigo pasó algo parecido a lo de mi amiga. En una de las comunidades en las que ayudaba a construir iglesia, me empezaron a llamar «conflictivo» cuando hice preguntas incómodas. A otras personas que conozco les dijeron «rebelde» o «libertino», hasta «hijos del diablo».

En muchas iglesias, a quien no pensaba igual que el pastor, primero lo hacían sentir culpable, después lo señalaban y al final lo apartaban, para que no contagiara a los demás. Es la misma cuenta que hizo Caifás en el Consejo.

No hablo de todas las iglesias. Hay pastores y pastoras que acompañan a su comunidad sin que nadie los conozca por fuera de ella. Y lo que describo es la realidad nominal de cómo las iglesias están estructuradas. Poco a poco se vuelve más difícil encontrar comunidades de acompañamiento horizontal y cercanía humana.

Caminar con él

Jesús creció en una aldea de Galilea, la región del norte de su tierra, y anduvo a pie de pueblo en pueblo con sus amigos. A ese Jesús se le conoce caminando con él, mirando a quién toca, por quién se detiene y con quién habla con firmeza y denuncia.

Puedes empezar por algo sencillo: leer el evangelio de Marcos de corrido, sus dieciséis capítulos, desde la novedad: dejando a un lado lo que crees saber de Jesús y dejando que la historia te sorprenda en cada una de sus texturas.

Fuera del campamento

Al final, a Jesús lo sacaron de Jerusalén para crucificarlo. La carta a los Hebreos recuerda que murió «fuera de la puerta de la ciudad» (Hebreos 13:12), y por eso invitaba a los primeros cristianos a buscarlo allá: «salgamos a su encuentro fuera del campamento, llevando la deshonra que él llevó» (Hebreos 13:13).

«Fuera del campamento» era donde la ley de Moisés mandaba vivir al hombre de la piel enferma, el lugar de los que el pueblo apartaba para no contagiarse. Allá fue a morir Jesús.

Si a ti te sacaron de una iglesia, de un grupo cristiano o de una agencia misionera, y delante de todos te llamaron la manzana podrida, conflictivo o rebelde, te dejaron «afuera». Y afuera es donde Jesús se quedó: con el hombre de la piel enferma, con Bartimeo al lado del camino y con la multitud que encontró un lugar junto a él, así fuera en un sitio apartado.

A Jesús lo sacaron como a una manzana podrida. Si a ti también te sacaron, afuera te está esperando él.

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