TeoCotidiana
Una figura pequeña camina sola sobre una duna del desierto al amanecer
Reflexión
· 8 min de lectura

Por Tomás Castaño Marulanda

¿Qué pierde la iglesia cuando gana el poder?

En el desierto, a Jesús le ofrecieron todos los reinos de la tierra. Solo tenía que arrodillarse.

A comienzos de octubre de 2026, varios medios de América Latina publicaron reportajes sobre el peso político que han ganado las iglesias evangélicas en la región. Cuentan votos, diputados y porcentajes. Ninguna de esas cifras dice lo que ese poder le cuesta a la iglesia.

En agosto de 2026, en La Moneda, el palacio de gobierno de Chile, una oficina del equipo de mercadeo de la Secretaría de Comunicaciones se volvió capilla evangélica. Antes tenía cuatro escritorios y unas plantas. Ahora tiene veinte sillas con fundas blancas, una mesa en el centro y una cruz en la pared, y los martes y los jueves al mediodía hay culto. La Presidencia explicó que era un espacio permanente, «al igual como los católicos tienen la capilla».

En Colombia, el presidente armó durante la campaña una red de apoyo con megaiglesias, congregaciones de miles de personas. En Brasil, quienes se declaran evangélicos pasaron de ser el 15 % de la población en 2000 al 27 % en el censo de 2022, y en la Cámara de Diputados 210 congresistas, el 40 %, forman la bancada evangélica. En las presidenciales del 4 de octubre de 2026, ese voto fue de los más disputados.

En muchas de nuestras iglesias esto se celebra como una victoria: por fin estamos donde se toman las decisiones.

El evangelio cuenta que a Jesús le ofrecieron el poder de todos los reinos juntos, antes de que predicara su primer sermón. Y cuenta cuál era el precio.

Todos los reinos de la tierra

Jesús acababa de bautizarse en el Jordán. El Espíritu lo llevó al desierto y allí pasó cuarenta días sin comer, y al final, dice Lucas, tuvo hambre. Cuarenta es un número simbólico: se entra al desierto de una manera y se sale de otra. En esos días le llegaron tres ofertas, y una fue esta:

«Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos.»Lucas 4:5-7 · Reina Valera 1960

No era una oferta pequeña. Para un pueblo que vivía bajo los soldados de Roma, eso era lo más grande que se le podía pedir a un ungido de Dios: poder sobre todas las naciones. Y no costaba una guerra ni un ejército. Costaba un gesto: postrarse delante de quien lo ofrecía.

Diablo significa el que divide. Y el diablo dijo además de quién era ese poder: «a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy». Los reinos tenían dueño, y quien los recibiera los iba a recibir de esas manos.

Jesús contestó con una frase de Deuteronomio:

«Vete de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.»Lucas 4:8 · Reina Valera 1960

La respuesta junta dos verbos, adorar y servir. Quien se arrodilla para recibir el poder queda al servicio de quien se lo dio. Eso es lo primero que pierde una iglesia que gana: la libertad de escoger a quién le sirve.

Lo que Jesús decidió en el desierto

Yo creo que en el desierto Jesús ordenó sus prioridades. Allí definió que lo que lo iba a guiar para tomar decisiones no sería su propia hambre, ni el sentido de autoridad divina, ni el poder político de reinar. Solo después de esa confrontación lo vemos caminando por las aldeas, anunciando que el reino de Dios había llegado y empezando un movimiento de fe alternativo.

Eso no quiere decir que el mundo no le importara. Le importaba. La prioridad de su vida no iba a ser tener fama entre las naciones de la tierra, sino impactarlas con su mensaje de amor, con su servicio, con su entrega por las necesidades de los demás. La adoración de las naciones no iba a llegar como una obligación impuesta desde afuera, sino como el reconocimiento de gente que vio a un Jesús al servicio de la humanidad. La adoración fue el resultado de servir, nunca el objetivo.

Ahí estaba la trampa del monte: quedarse con las naciones ya, de arriba hacia abajo, sin pasar por las aldeas, por los enfermos, por la cruz. Era el atajo.

Y cada vez que la fe ha tomado ese atajo y se ha subido a un trono —a un gobierno, a una ley que obligue a creer— ha terminado pareciéndose más al imperio que a Jesús.

Donar a este proyecto

A Jesús lo vistieron de emperador

En Roma hay una iglesia, Santa Pudenziana, con uno de los mosaicos cristianos más antiguos que se conservan en la ciudad. Es de finales del siglo IV o comienzos del V. En el centro está Jesús, sentado en un trono cubierto de piedras preciosas, vestido de oro con bordes de púrpura, los colores del emperador. A su alrededor, los apóstoles llevan togas de senadores romanos.

Al principio era un grupito de amigos contando las anécdotas de Jesús. Unos tres siglos y medio después había catedrales, había senadores, y la fe de ese campesino ya era la religión del imperio que lo crucificó. A Jesús lo pintaron como emperador: un campesino judío convertido en monarca. Ahí cambió la textura del evangelio.

El que dijo que no en el monte acabó sentado en el trono que había rechazado.

Y eso no se quedó en una pared de Roma. Se nos olvida que, antes de verlo como rey en un trono resplandeciente, sus discípulos caminaron con un campesino itinerante, sin tierras, que se negó a acostumbrarse a la condición en que vivía la gente. Una iglesia que se sienta al lado del trono empieza a querer al Jesús del cielo sin caminar en la tierra con el Jesús campesino.

Gratis · PDF · 17 páginas

Si esto te está sirviendo: el primer capítulo de Jesús para la vida real te lo mando al correo, sin costo.

Revisa tu correo y confirma — ahí va el capítulo.

Cada artículo nuevo también sale en el canal de WhatsApp. Síguelo y te llega ahí, sin depender de ningún algoritmo.

Si algo de esto te sirvió, te habló al corazón o quieres contarme tu historia, escríbeme a teocotidiana [arroba] gmail.com.

Como el agua y el aceite

Hay una confusión que lleva siglos haciendo daño: creer que el reino de Dios funciona como los reinos de este mundo. Que necesita poder político para avanzar, instituciones fuertes para sobrevivir y líderes en los centros de decisión para que lo tomen en cuenta.

El poder de los reinos de este mundo se alimenta del miedo, de la exclusión y de la jerarquía. El reino de Dios se construye con amor, con inclusión y con servicio. Son dos lógicas distintas, y no se pueden fusionar sin que una destruya a la otra. Cuando la iglesia busca el poder político, no está expandiendo el reino: está cambiando de reino. Y cuando el cristianismo se vuelve la identidad cultural de un partido, el partido lo absorbe y lo usa.

Ese cambio se nota en lo que se predica. Cuando los líderes religiosos hablan más de elecciones que de las necesidades básicas de las personas en sus realidades cotidianas, algo se rompió.

Y se nota en lo que se recibe. El poder trae privilegios: la invitación al palacio, la foto con quien decide, la llamada que sí contestan. La santidad, en el evangelio, nunca fue alejarse de las personas para acercarse a Dios. Fue alejarse de los privilegios para acercarse a la gente.

Donar a este proyecto

«Es que nos persiguen»

Cada vez es más común escuchar que, como los cristianos somos perseguidos o discriminados, tenemos derecho a responder igual. Y con poder se puede.

Pero esa nunca fue la forma de pensar de Jesús. No prometió que seguirlo sería fácil: prometió rechazo, incomprensión y persecución. Y cuando habló de quienes nos persiguen, no nos dijo que los enfrentáramos con el mismo odio:

«Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;»Mateo 5:44 · Reina Valera 1960

La persecución puede ser parte del camino de quien sigue a Jesús. La discriminación nunca fue parte del evangelio.

Volver al desierto

Esto no es una invitación a desentenderse de lo público. Ir a las urnas es un deber ciudadano, como está en por quién debe votar un cristiano, y si alguien siente el llamado a la política, puede ir, como se dice en ¿Debemos gobernar con la Biblia?. Lo que está en juego es otra cosa: en nombre de qué llega la iglesia al poder, y a quién termina sirviendo.

Ojalá quienes decimos anunciar el reino de Dios fuéramos todos al desierto a que nos confronten las motivaciones. Tal vez así no nos dejaríamos chantajear con pan en el hambre, no estaríamos tan orgullosos de «la autoridad» que decimos tener de parte de Dios, y no estaríamos tan empeñados en ocupar cargos de poder para «gobernar el mundo».

No somos los ungidos de Dios que van a libertar a las naciones. No somos los mesías que van a cambiarlo todo. Ese es Jesús. Lo nuestro es seguir los pasos del Galileo, sirviendo, sanando y libertando a las personas.

El reino de Dios no se decreta ni se impone de arriba hacia abajo. Se siembra despacio, de abajo hacia arriba, en la gente de a pie: la vecina, el que atiende el negocio de la esquina, el que va cansado en el bus. Por eso la pregunta no es cuánto poder tenemos. Es a quién sanamos, a quién liberamos, a quién le devolvimos la esperanza.

Le ofrecieron los reinos a cambio de arrodillarse. La iglesia que los acepta termina sirviendo a quien se los dio.

¿Conoces a alguien que piense que la iglesia necesita poder para cambiar el país?
Facebook Telegram X
Dona y haz parte de este proyecto

Primero se hace. Después se busca cómo sostenerlo.

Jesús sanaba gratis, y con él andaba un grupo de personas, especialmente mujeres, que sostenía ese camino con sus bienes (Lucas 8:3). Lucas nombra a algunas de ellas: María Magdalena, Juana, Susana, «y otras muchas».

Aquí pasa algo parecido. Lo que acabas de leer es gratis, y cada mes algo de lo que escribo llega a entre 800 mil y 2 millones de personas. No hay publicidad, ni patrocinadores, ni una iglesia detrás: lo sostienen quienes deciden ser parte de esto. A ese grupo te invito.

Un café es una donación a TeoCotidiana: el valor de un café, una sola vez o cada mes, con tarjeta, en Buy Me a Coffee.

Cada café cuenta.

— Tomás Castaño Marulanda

Desde Colombia, sin comisionesNequi o Bancolombia (llave) · 300 424 1270
Por qué pido esto y a dónde va tu café →
Gratis · PDF · 17 páginas

Léete el primer capítulo

Se llama «Nuevos Comienzos» y habla del miedo que da empezar algo. Lo escribí pensando en cuando estaba arrancando el pódcast y llevaba meses sin atreverme a grabar.

Te lo mando al correo. Ese es el único requisito: dime a dónde te lo envío y en un minuto lo tienes.

¿Lo prefieres completo? «Jesús para la vida real» está en Amazon, en papel y en Kindle.

Te llega un correo para confirmar; al confirmarlo recibes el PDF. Y te aviso el día que salga «Dios sigue ocurriendo». No le paso tu correo a nadie y te puedes salir cuando quieras.

Cada artículo nuevo también sale en el canal de WhatsApp. Síguelo y te llega ahí, sin depender de ningún algoritmo.

Si algo de esto te sirvió, te habló al corazón o quieres contarme tu historia, escríbeme a teocotidiana [arroba] gmail.com.

Revisa tu correo. Te llegó un mensaje para confirmar. Dale clic y ahí mismo te mando el capítulo. Si no lo ves en un minuto, mira en Promociones o Spam.
El primer capítulo, gratis «Nuevos Comienzos» en PDF · te llega al correo

Revisa tu correo y confirma.