Mi hijo se llama Ariel. Se llama así porque Ariel significa león de Dios, y desde muy pequeño mi manera de acercarme a lo divino tuvo que ver con la imagen de un león. A Dios suelo decirle el gran León.
Por eso lo que voy a contar se me hace personal.
Aquí se levantó un partido político que dice ser el partido de Dios. Y su símbolo es la cara de un león.
No voy a decir el nombre. Los colombianos que me leen ya saben cuál es, y en el resto de América Latina hay uno parecido: pastores de iglesias muy grandes que salen al ruedo político en nombre de Dios, se presentan como los enviados para sacar al país de su mala condición, y traen una propuesta concreta: gobernar a la luz de la Escritura.
De verdad, ¿nos llamaron a eso?
La pregunta hay que hacerla completa, sin suavizarla.
¿De verdad fuimos llamados a gobernar con la Biblia? ¿A poner nuestra fe por encima de las constituciones políticas? ¿A regir con nuestro credo a millones de personas que no lo comparten? ¿De verdad lo que Jesús enseñó fue a tomar las coronas del poder para que la palabra de Dios gobierne sobre todos y todas?
Porque él tuvo la oportunidad de hacerlo. Vale la pena mirar qué hizo con ella.
Ellos también estaban repartiendo cargos
Dos de sus amigos más cercanos se le acercaron con una petición:
«Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.»Marcos 10:37 · Reina Valera 1960
Solemos leer esa escena como si estuvieran hablando del cielo. Del más allá, después de morirnos, por allá en las calles de oro y el mar de cristal.
No era eso. Ellos estaban pensando en términos prácticos. Creían que en cualquier momento Jesús iba a desatar los ejércitos, iba a tomar Jerusalén y se iba a instalar como rey. Y estaban preguntando por los cargos de ese gobierno. Acá. Antes de morirse.
Jesús aprovecha el momento para dar una enseñanza que atraviesa todo el evangelio:
«Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos.»Marcos 10:42-44 · Reina Valera 1960
Y no se queda en la frase. En la última cena se levanta, se quita el manto, toma una toalla y se pone a lavarles los pies. Quien hacía eso en una casa de la época eran las mujeres o los esclavos. A él no le importó bajarse del lugar del maestro para hacer el oficio de los que no contaban.
Lo quisieron coronar y se escondió
«Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo.»Juan 6:15 · Reina Valera 1960
Hay que ver el tamaño de lo que estaba rechazando. Reconocer como rey a alguien que Roma no había aprobado era un delito: lesa majestad. Esa gente estaba dispuesta a cometer un delito y a tomar las armas por él, porque acababa de multiplicar el pan y para ellos esa era la señal de que en él se iban a cumplir todas las promesas.
Tenía el momento, la multitud convencida y una causa justa. Y se fue solo al monte.
«Mi reino no es de este mundo» no dice lo que creemos
Usamos esa frase para decir que a Jesús no le interesaba lo de acá, que lo suyo era el cielo. Pero la frase no termina ahí, y lo que sigue explica de qué está hablando:
«Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.»Juan 18:36 · Reina Valera 1960
Mis servidores pelearían. Está parado frente al representante del poder militar más grande del mundo conocido, diciéndole algo muy concreto: yo no tengo ejército. No está hablando del más allá. Está diciendo que su reinado no se sostiene con la fuerza, que era lo único con lo que se sostenían todos los reinados que Pilato había visto en su vida.
Dios no escribe constituciones
Cuando los profetas prometieron el pacto nuevo, dijeron dónde iba a quedar escrito:
«Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.»Jeremías 31:33 · Reina Valera 1960
En el corazón. No en el código, no en la constitución, no en la ley de la república.
Lo que el evangelio propone no es que ocupemos los lugares de poder para que la Biblia gobierne sobre nuestros países y sobre sus diversidades. Es que Dios ocupe el corazón, y que de adentro hacia afuera eso se vea en acciones de servicio, de sanación, de esperanza, hasta que vaya cambiando los sistemas de creencias y de comportamiento de nuestras sociedades.
Y algo de eso pasó. A los del movimiento de Jesús no los llamaron los que gobiernan. Los llamaron «estos que trastornan el mundo entero» (Hechos 17:6). Trastornaron los sistemas sin haber ocupado un solo cargo.
Y si alguien quiere ir
Si alguien siente que su llamado personal es meterse en la política de nuestros países, está bien. Que vaya.
Lo que no puede es ir diciendo que va por todos nosotros. Esa persona no representa a Dios, no representa al evangelio, no representa el proyecto de Jesús. Representa a su partido, como cualquier otro candidato, y se le mide con la misma vara que a cualquier otro, que es de lo que se trata por quién debe votar un cristiano.
Porque un partido que se pone encima el nombre de Dios se gana una cosa antes de gobernar: que criticarlo se sienta como criticar a Dios. Es el mismo truco de decir que la izquierda no es de Dios y el mismo de pedirle a la gente que se calle en nombre de Dios. Siempre termina en lo mismo, que es que nadie pueda revisarles nada.
Jesús no se impuso como rey. Construyó como siervo.