Un candidato a la presidencia se paró en la tarima de una de las iglesias más grandes del país y dijo que tenía la armadura de Dios en el pecho y que iba a librar esa batalla.
No lo invitaron a orar. Lo ungieron.
Y ganó.
Así que estos días se está diciendo que la profecía se cumplió, que Dios pone y quita gobernantes, que puso al que tenía que poner. Y en las elecciones donde el ungido pierde, la explicación tampoco falta: entonces es que Dios está juzgando a la nación por haber votado como votó.
Fíjate en lo cómodo de ese arreglo. No hay resultado que pueda contradecirlo. Si gana el nuestro, lo puso Dios. Si gana el otro, Dios nos está castigando. Gane quien gane, el que profetizó tenía razón — y la única lectura que nunca se pone sobre la mesa es que quizá nadie estaba hablando de parte de Dios.
Yo crecí pentecostal, y la guerra espiritual de la que se hablaba en los ochenta y los noventa era otra cosa. Era un mundo que no se ve y que quiere influir en este. Hoy esa misma palabra sirve para hablar de una campaña. El candidato es el guerrero de Dios. El otro es el guerrero del contrario.
El púlpito dejó de ser el lugar donde se proclama la fe y se volvió una tarima de exhibición política con intereses particulares. Que es otra manera de la misma pregunta de siempre: hasta dónde llega la autoridad de un pastor. Y la Biblia dejó de ser el libro que cuestiona al poder para volverse un amuleto que lo legitima.
Cuando mi candidato es el de Dios, el tuyo es el del diablo
Si mi candidato es el ungido, cualquier otro es el enviado del Satán. Y si el que vota distinto está votando por el diablo, ya no estamos discutiendo un programa de gobierno. Estamos decidiendo quién es cristiano y quién no — que es lo que pasa cuando alguien usa la Biblia para decidir si los cristianos son de derecha o de izquierda.
Vi crecer eso en una iglesia muy bella. En tiempos de elecciones se usaba el púlpito para hablar de los que pensaban distinto como personas de conciencias cauterizadas, personas a las que la oscuridad había alcanzado. No era un debate. Era un diagnóstico espiritual sobre el vecino.
Históricamente, quienes han dicho representar los valores cristianos en las naciones latinoamericanas han estado del lado de gobiernos que violaron los derechos humanos. Está en la hemeroteca de nuestros países. Y puede volver a pasar con las ideas contrarias, esas que nos parecen mejores porque son los mesías nuevos.
Cuando yo le entrego el corazón a un candidato, el día que ese candidato haga daño me toca escoger entre denunciarlo o seguir siendo de los suyos. Y casi siempre escogemos lo segundo, porque denunciarlo sería admitir que nos equivocamos de ungido.
La Biblia no fue hecha para gobernar naciones
En tiempos de Jesús la gente esperaba un Mesías que sacara a Roma. Alguien con ejército, con espada, con la fuerza de los héroes de antes. Uno que intercambiara los puestos: que los de arriba quedaran abajo y nosotros arriba.
El que aparece se crió entre campesinos, en una aldea del norte de la que no se esperaba nada.
Y cuando por fin entra a Jerusalén, entra en un burro. Eso no era humildad decorativa: era una parodia. Los generales de Roma entraban a las ciudades conquistadas montados, aclamados por sus ejércitos, con el botín detrás. Jesús emula esa entrada y la voltea. Un campesino aclamado por pobres, por mujeres desplazadas de sus territorios, por gente que caminaba detrás de un maestro que no tenía dónde recostar la cabeza.
La Biblia no fue hecha para gobernar naciones. Fue hecha para transformar corazones.
Y no porque no le importe la nación. Es que de lo que Dios salva no es de un gobierno: es del hambre, de la vergüenza, de la soledad, de lo que te está matando hoy.
Cuando pensamos que la Escritura debe ponerse en la cúspide de la pirámide para que una nación funcione de arriba hacia abajo, y que al que no la cumpla se le condena legal y socialmente, ya estamos leyendo otra cosa. Eso ya se hizo en la historia, y no salió bien. De eso se trata la pregunta de si debemos gobernar con la Biblia.
El reino del que habla Jesús crece al revés: como la semilla de mostaza, que no tiene fuerza ni decide nada, y que si cae en tierra buena brota, crece y termina siendo sombra para los pájaros. De abajo hacia arriba. De la aldea a la aldea vecina. De una casa a la de al lado.
Entonces, ¿por quién votar?
Se vota. Esto no es una invitación a quedarse en la casa.
Con conciencia civil hay que salir a las urnas: estudiar a los candidatos, leerles el programa de gobierno, mirar con cuáles estás de acuerdo en sentido ético, y votar. Eso es un deber ciudadano y no hay nada de espiritual en evadirlo.
Lo que cambia no es si votas. Es qué haces con tu corazón mientras lo haces.
Porque si encuentro en un candidato ciertos rasgos que se parecen a lo que el evangelio me enseñó —cuidado del que menos tiene, empatía, que el hambre se calme—, eso no convierte al candidato del otro en el representante de Satanás. Y tampoco convierte al mío en el ungido.
El candidato de Dios no es ninguno. Ni el tuyo, ni el de los otros, ni el de la línea tradicional de la iglesia, ni el del progresismo.
Y después de las elecciones empieza lo que de verdad importa: con los ojos abiertos. Cualquier decisión que salga de ese gobierno y que genere malestar en la vida de las personas, podamos denunciarla. Venga del candidato del otro o venga del mío. Que es otra manera de preguntar si un cristiano puede protestar.
Eso es el profetismo. Natán fue donde David —el rey al que servía— y le contó un cuento sobre un hombre rico que le quitó al pobre la única corderita que tenía. David se enfureció y sentenció que ese hombre merecía la muerte. Y Natán le contestó: «tú eres aquel hombre» (2 Samuel 12:7).
No todo se decide en las urnas
Hay decisiones que se toman cada día, y esas no salen en el conteo de votos.
Cuando escuchas al que nadie escucha. Cuando acompañas al que está sufriendo. Cuando defiendes al que ya todo el mundo olvidó. Cuando le llevas esperanza a alguien que solo ve problemas.
Sea quien sea el que quede: la violencia sigue sin ser cristiana, cuidar del vulnerable sigue siendo lo nuestro, y el perdón sigue siendo la vocación.
Vota según tu conciencia. Pero luego de las votaciones van a seguir existiendo tu familia, tus amigos, tu iglesia y tu vecino. Y ninguno de ellos vale menos por haber votado distinto que tú.
Los de Dios somos tú y yo viviendo el evangelio en la vida cotidiana, en la realidad local, en lo que somos como personas donde sea que estemos. Eso es lo que cambia una nación.