¿De qué nos salva Dios?
Nos enseñaron que la salvación es lo que pasa después de morirnos. Y mientras tanto, la vida se nos está pasando aquí.
A alguien, en algún momento, le pareció buena idea hacer una lista. Estas son las cosas que todos deben creer. Estas son las cosas que todos deben aceptar. Estas son las maneras en que todos se deben vestir.
Una lista de chequeo es cómoda. Le facilita mucho la vida a quien administra una denominación: uno mira, marca, y ya sabe quién está adentro y quién está afuera. El problema es lo que pasó al armarla. Se metieron como fundamento dogmas específicos que en realidad son secundarios, y se sacaron del fundamento varias de las ideas universales del evangelio.
Y una de las casillas donde eso se nota más es la de la salvación.
De dónde nos viene la costumbre de no preguntar
Esto tiene una historia y vale la pena contarla, porque cuando uno la conoce deja de sentir que está haciendo algo malo al preguntar.
A comienzos del siglo XX, en Estados Unidos, unos autores cristianos se enfrentaron a otros. Los que llamaban liberales estaban buscando en Jesús un mensaje para la modernidad, y para eso lo desmitificaban: querían llegar a lo fáctico, a lo que se pudiera sostener con un acercamiento científico. A un grupo de cristianos de otras líneas eso no le gustó nada, y publicaron una revista que se llamó Los fundamentos.
Ahí se codificaron las creencias sobre las que no podía haber ninguna duda. Sobre esos temas no se preguntaba: se creía. Esto es así y punto.
De ahí venimos. No de la Biblia: de una pelea editorial de hace cien años, en otro país, en otro idioma. Y esa costumbre de estandarizar lo que se debe pensar —y de mirar feo al que pregunta— se nos quedó pegada como si fuera parte del evangelio.
Nos enseñaron que la salvación pasa después de la muerte
El marco con el que entendemos lo salvífico es la muerte. Cuando alguien pregunta de qué nos salva Dios, la respuesta que a todos y todas nos enseñaron tiene que ver con lo que va a pasar cuando nos muramos: la obra de Jesús viene a salvarnos del infierno, del castigo eterno, de las llamas donde hay llanto y crujir de dientes por los siglos de los siglos. Para que podamos estar en el cielo, donde hay fiesta y cantos por los siglos de los siglos.
Y no vengo a decirte que eso es mentira. Vengo a decirte que se nos volvió lo único, y que esa idea inundó tanto nuestra manera de pensar lo divino que descuidamos la obra del evangelio en el día a día nuestro y en el de las personas que tenemos al lado.
Evangelio significa buena noticia. Y una buena noticia que solo sirve después del entierro es una noticia bastante rara. Nosotros y nosotras somos seres emocionales, seres que piensan y seres con cuerpo. Si la salvación de Dios no toca esas tres cosas hoy, entonces no está tocando nada de lo que somos.
Jesús salvaba a cada quien de lo que tenía encima
Cuando uno se acerca al evangelio encuentra a un Jesús que salva a las personas según su necesidad concreta.
Si alguien llegaba enfermo —enfermo, no con hambre— él no le daba de comer: lo curaba. Si alguien llegaba con hambre y no enfermo, le daba de comer. Ese dar, ese darse, era la salvación específica para esa persona específica, en ese momento específico, en esa realidad específica.
Fíjate en las veces que Jesús dice tu fe te ha salvado. Nunca se lo dice a alguien que acaba de recitar un credo. Se lo dice a gente que se le acercó con lo que traía encima.
La mujer que llevaba doce años sangrando se acercó con una idea muy clara: que él podía salvarla de esa enfermedad. Doce años gastando lo que tenía en médicos, doce años impura según la ley, doce años sin poder tocar a nadie sin volverlo impuro también. Se acercó por detrás, a tocarle el borde del manto, porque ni siquiera se sentía con derecho a pedirlo de frente. Y Jesús le dijo: tu fe te ha salvado.
La mujer que le lavó los pies con lágrimas no llegó con una enfermedad. Llegó con otra cosa: con el peso de ser señalada en su propio pueblo, con una necesidad emocional y social muy concreta. Y Jesús le dijo lo mismo.
De tanto pensarnos una salvación venidera se nos olvidó revisar cuáles son las salvaciones cotidianas con las que el evangelio quiere llenarnos.
Los infiernos que uno vive antes de morirse
Hay un infierno que no es un lugar futuro. Es no saber cómo va a pagar uno el arriendo del mes que entra. Es la enfermedad que no se le quita a la mamá de uno. Es levantarse a las cuatro de la mañana durante años a un trabajo que no alcanza. Es el hijo que no llama. Es la culpa que uno arrastra desde hace tanto que ya la confunde con su propio carácter. Es sentarse en la última banca de una iglesia donde uno creció y sentir que ya no cabe.
De eso también salva Dios. No después: ahora, y casi siempre a través de alguien.
Y ahí está la parte incómoda, porque si la salvación es cotidiana, entonces también es tarea nuestra. Al enfermo lo curaba él; a la gente con hambre le dio de comer con lo que unos discípulos consiguieron. Una iglesia que solo sabe hablar del más allá se libra muy barato del más acá.
La pregunta que sí importa
En un intento por estandarizar el mensaje cristiano nos olvidamos de las realidades particulares. Y las realidades particulares son las personas.
Jesús fue —y es— salvación de los infiernos que cada uno vivía y vive, en el contexto que le dibujó las historias en las que está enmarcado. El tuyo no es el mío. Por eso la lista de chequeo nunca iba a funcionar.
¿De qué te salvó Dios a ti?
La versión corta salió en Instagram
10 láminas · @teocotidiana