Si no te sana ni te libera, no es evangelio
Jesús era gratis. Todo lo que le pone precio a la gracia está vendiendo otra cosa.
El discurso se oye todos los días en iglesias de nuestras ciudades, y va más o menos así: para que Dios te responda tienes que estar sin manchas, lejos del mundo, y tienes que pagar. Pactar. Ofrendar.
Y hay una versión de eso que a mí me parece de las cosas más tristes que he oído: saca del bolsillo el billete más grande, porque ese es «el de Dios», y vuelve a guardar el billete pequeño, porque «ese es el del diablo».
Eso se le inyecta a la gente todos los días como si fuera la verdad de Dios.
Jesús era gratis
Y la frase suena casi grosera de tan simple, pero es lo que hay.
La encarnación de Dios, el que viene y nos habita, sanaba gratis, acompañaba gratis, alimentaba gratis. Los milagros, la sanación, el perdón: nada de eso tenía precios que obstaculizaran la llegada de las personas hasta la gracia divina. La transformación era el resultado de toparse con esa gracia que él daba, y da, de manera gratuita.
Y cuando mandó a los suyos a hacer lo mismo, se lo dejó dicho sin margen de interpretación:
«Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.»Mateo 10:8 · Reina Valera 1960
Ahí está la instrucción completa. Y no dice «cobren lo justo» ni «que cada uno dé según su fe». Dice de gracia.
Gratis y gracia son de la misma familia
Me encanta esta relación y creo que explica todo el asunto: «gratis» y «gracia» vienen de la misma raíz. Dar por gracia lo que se recibió por gracia también se puede leer como dar gratuitamente lo que se recibió de forma gratuita.
O sea que cobrar por la gracia no es solo un problema ético. Es un problema de idioma: si tiene precio, ya no es gracia. Es otra cosa, con otro nombre.
El día que armó un látigo
Jesús subió al templo con su grupo y vio la mercadería adentro. La plata moviéndose. Los animales del sacrificio a precios altos. Y vio lo que eso producía: una brecha cada vez más grande entre las personas y el Dios del templo.
Y se enojó. Se encolerizó, le dio rabia, se llenó de ira. Armó un látigo y tiró las mesas.
Vale la pena mirar bien contra qué era esa rabia, porque no era contra la gente que iba a orar. Era contra un sistema piramidal, una estructura económica, una riqueza construida sobre la necesidad espiritual de las personas.
A Dios lo encoleriza que nuestras iglesias sean un mercado de la gracia, donde la materia prima es la necesidad de la gente.
Y ese texto no está ahí solo para informarnos. Es también una invitación a que a nosotros nos dé rabia el mercado de la fe.
Cómo se reconoce
La prueba es corta y no requiere teología. Si te dicen «evangelio» y eso no te sana, no te libera, no te da esperanza — y además excluye a otros — te mintieron. No es evangelio: te están manipulando.
Y ojo, que el precio no siempre es plata. A veces el precio es el mérito: pórtate bien un tiempo y después hablamos — la misma lógica de quién puede sentarse en la mesa. A veces es la vergüenza: quédate callado, no cuentes eso, no dañes el testimonio. A veces es el silencio.
La obra de Dios es por gracia. Los que venden a Dios solo están vendiendo aire.
¿Qué te han hecho pagar por algo que era gratis?
La versión corta salió en Instagram
6 láminas · @teocotidiana