¿Quién puede sentarse en nuestra mesa?
Toda casa tiene sus señas. Y con esas señas aprendimos, sin darnos cuenta, a saber quién es de la casa y quién no.
Toda casa tiene sus señas. La forma de orar. El vocabulario. La ropa del domingo. La lista de lo que uno no hace.
Nadie las escribió en ninguna parte. Uno las aprende viendo: cómo se saluda, cuándo se dice amén, qué canciones se saben de memoria, qué chiste se puede hacer y cuál no. Y con esas señas, sin darnos cuenta, aprendimos algo más: a saber quién es de la casa y quién no.
Es rapidísimo. La persona entra, abre la boca, y en treinta segundos ya sabemos si es de los nuestros. No lo decimos. No hace falta.
Quién no podía subir al templo
Esto no lo inventamos nosotros. En tiempos de Jesús había gente que sencillamente no podía acercarse a Dios, y las razones eran de dos tipos.
Unos no podían por impuros: la ley les cerraba la puerta. Otros no podían por plata: llegar al templo costaba, y el animal del sacrificio costaba más. Y estaba el que juntaba las dos cosas — el enfermo y pobre, doblemente rechazado, doblemente segregado. Y todavía había un escalón más abajo: ser pobre, enferma y mujer. Un rechazo mucho más grande, mucho más profundo, mucho más difícil de sobrellevar.
Y estaban las brechas morales, que son las que todavía nos cuestan. Quienes no se consideraban aptos para acercarse a Dios, pues no se acercaban. Las prostitutas, las mujeres de mala fama, porque eran impuras. Los recolectores de impuestos, que trabajaban para el imperio. Los zelotas, que querían tumbarlo a la fuerza.
Esas son, exactamente, las personas de las que Jesús se rodeaba.
«Amigo de pecadores» era un insulto
Dime con quién andas y te diré quién eres. Los fariseos decían de Jesús que era amigo de pecadores, y no lo decían como elogio: lo decían como prueba. Si anda con esos, tiene que ser uno de esos.
«Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores? Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.»Lucas 5:30-32 · Reina Valera 1960
Fíjate dónde ocurre la escena. No en una discusión teológica ni en una plaza: en una comida. Y fíjate en el verbo del reclamo: coméis y bebéis. Lo que los escandalizaba no era lo que Jesús enseñaba. Era con quién se estaba sentando.
Porque comer con alguien, en esa cultura, no era un trámite. Era decir públicamente: este es de los míos.
A la diestra de las prostitutas, los zelotas y los publicanos
A nosotros nos enseñaron la escena final: Jesús sentado a la diestra del Padre. Y es una imagen preciosa, no la estoy discutiendo.
Pero los que la escribieron llegaron ahí después de un proceso. Antes de verlo allá, lo vivieron sentado a la diestra del campesino, del pescador, de la pecadora. De hombres y mujeres que eran impuros e intocables. De trabajadores rasos, de perseguidos políticos, de desplazados. De gente que había vivido la dificultad de la vida, porque la vida en general es difícil.
No podemos pretender ver a Jesús sentado a la diestra del Dios Padre si no estamos dispuestos a verlo sentado a la diestra de las prostitutas, los zelotas y los publicanos.
Ese es el orden. Primero la mesa de acá, y desde ahí se entiende la de allá.
La mesa no es nuestra
Y aquí está el error que cometemos con las mejores intenciones: creer que la mesa es de la casa, y que por lo tanto nosotros decidimos quién entra.
Cuando decimos «todos son bienvenidos» pero la señora que llega distinta se sienta sola las tres primeras veces, la frase no significó nada. Cuando el muchacho pregunta algo que incomoda y le cambiamos el tema con cariño, ya le dijimos que no cabe. Nadie lo echó. No hizo falta: las señas de la casa hicieron el trabajo.
Yo también las usé. Durante años supe, apenas alguien abría la boca, si era o no era de los nuestros. Y me sentí muy cómodo sabiéndolo.
Poner un puesto más no es un gesto de generosidad nuestro. Es reconocer que el que invita no somos nosotros.
¿A quién no has invitado nunca a tu mesa?
La versión corta salió en Instagram
9 láminas · @teocotidiana