TeoCotidiana
Una plaza llena de gente común vista desde atrás, al atardecer
Reflexión
· 3 min de lectura

Por Tomás Castaño Marulanda

¿Para qué te dio Dios el liderazgo que tienes?

Los héroes de la Biblia no aparecieron porque sí. Aparecieron cuando un pueblo gritó.

En los relatos que Jesús oyó de niño, el Espíritu venía sobre alguien para responder al clamor de un pueblo. El liderazgo no era un premio ni un talento: era una respuesta. Si nadie clamó, vale la pena preguntarse a qué está respondiendo tu cargo.

Jesús creció oyendo historias. Como todos los niños de las aldeas de Israel, se sentaba a escuchar a su papá, a su mamá y a los mayores de Nazaret contar los relatos de los héroes.

Sansón, que orando recibía la fuerza de Dios por el pelo largo y peleaba solo contra muchos. Elías, con un manto que hacía caer fuego del cielo. Moisés, con su báculo, abriendo las aguas para escapar de los ejércitos del faraón.

Y después de cada historia, la misma pregunta, dicha o no dicha: ¿cuándo se levantará de nuevo uno como él? ¿Cuándo volverán los héroes gloriosos que liberaban con fuerza y con victoria las aflicciones del pueblo?

Esas historias no eran entretenimiento. Eran la formación familiar, cultural y religiosa de un pueblo ocupado, y moldearon lo que esperaban del futuro.

El detalle que siempre nos saltamos

Cuando uno vuelve a esos relatos con calma, aparece algo que en los sermones casi nunca se menciona.

Esas personas recibían prestados poderes únicos, fuerza extraordinaria que las volvía casi sobrehumanas, y el texto lo dice de una forma muy concreta: el Espíritu vino sobre ellos. Pero eso ocurría para contestar a algo. Y ese algo tiene nombre: el clamor del pueblo oprimido y devastado por las realidades sociales.

Primero fue el grito. Después el líder.

No hubo un adalid en la Biblia sin un clamor comunitario que lo antecediera. Dios no levantaba gente porque tuviera un talento desperdiciado, ni porque hubiera hecho méritos, ni porque le tocara el turno. Levantaba a alguien porque un pueblo estaba a punto de reventar y alguien tenía que ir.

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El campeón que estaban esperando

Con Roma encima, la cuenta era simple: si nuestro Dios es el más grande, ¿cómo puede ser que otros dioses estén gobernando su tierra? Hacía falta un campeón nuevo. Un mesías rey que conquistara con espada de fuego y con ejércitos a los que se atrevieron a invadir.

Y llegó uno. Pero llegó a otra cosa.

No hizo caer fuego, no armó ejército, no tomó el poder. Anduvo por las aldeas curando gente, dando de comer, contando cuentos campesinos. Y la pregunta que eso deja es incómoda: si el liderazgo de Dios responde al clamor de la gente, ¿qué pasa cuando lo que hacemos ya no responde a nadie?

Un liderazgo que no responde a nadie

Porque eso es lo que nos pasó. Aprendimos a pensar el liderazgo al revés: primero el llamado, después el cargo, después la plataforma, y por último —si sobra tiempo— la gente.

Se nota en las preguntas que nos hacemos. Preguntamos cuál es mi don, cuál es mi propósito, para qué me llamó Dios. Todas empiezan en mí. Casi nunca preguntamos quién está gritando en este barrio, y si alguien fue.

Hay líderes con congregación, con equipo, con agenda llena y con nadie a quien responderle. Un liderazgo así no es malo por lo que hace: es hueco por lo que no está respondiendo. Se sostiene solo, y lo que se sostiene solo termina sirviéndose a sí mismo.

Y no lo digo desde afuera. Yo también me pregunté durante años para qué me había dado Dios lo que tengo, sin preguntarme una sola vez quién estaba clamando cerca de mí.

Lo lindo es que la pregunta se puede dar vuelta, y cuando se voltea, se vuelve fácil de responder. No es ¿qué puedo hacer con lo que tengo? Es ¿quién está gritando, y qué de lo que tengo le sirve?

¿A qué clamor responde lo que tú lideras?

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