TeoCotidiana
Un grupo pequeño de personas conversando en círculo en una sala
Reflexión
· 3 min de lectura

Por Tomás Castaño Marulanda

¿Qué es lo que sostiene una iglesia?

No los cargos, no las jerarquías, no los rituales. Todo eso puede estar en orden y la iglesia seguir estando vacía.

La iglesia no era un lugar al que se iba. Era gente caminando junta, intentando vivir el evangelio. El edificio, el cronograma y los cargos llegaron después — y se nos volvieron lo principal.

Uno pregunta qué sostiene una iglesia y la respuesta llega sola, en forma de organigrama: el pastor, los ancianos, los ministerios, el orden del culto, la reunión de los martes.

Y todo eso puede estar funcionando perfecto. Las cuentas al día, el sonido bien, los cargos ocupados, el cronograma cumplido. Y la iglesia seguir estando vacía. No vacía de gente: vacía por dentro.

Eso no es una crítica a la organización. Es que estamos midiendo la cosa equivocada.

Lo que la iglesia no era

Cuando uno vuelve al principio se encuentra con algo bastante incómodo, porque es exactamente lo contrario de lo que aprendimos.

La iglesia no era un lugar al que se iba. No era un cronograma de actividades que se cumpliera. No era una estructura ritual. La iglesia eran hombres y mujeres que caminaban recordando e intentando vivir el evangelio.

Nada más. Y nada menos, que es lo difícil.

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Si llegabas a otra ciudad, seguías siendo iglesia

Hay un detalle práctico que a mí me voló la cabeza cuando lo entendí.

Si estabas en una ciudad e ibas a una casa donde se reunían algunas personas de esa misma fe, eras iglesia. Eras parte de la asamblea. Y si te ibas para otra ciudad y te reunías con otro grupo de personas, seguías siendo parte de la iglesia.

No había traslado de membresía. No había carta de recomendación de tu pastor anterior. No había que empezar de cero ni probar nada.

La iglesia está constituida por personas: tú y yo. No es un lugar al que vamos todos los días sin falta, de acuerdo con los cronogramas. Es algo que somos todos los días, sin falta, sin importar dónde estemos.

Somos iglesia con los demás y somos iglesia para los demás.

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La salvación no llegó en singular

Aquí hay algo que se nos torció hace rato y casi no lo notamos: vivimos la salvación como un asunto individual. Mi relación con Dios, mi devocional, mi crecimiento, mi propósito.

Pero la salvación de Dios, que es en Jesús, viene de forma comunitaria. Viene en plural. Iglesia es cuando vivimos juntos la esperanza del evangelio; juntos la buena noticia; juntos el mensaje de sanidad y libertad. En el encuentro con el otro — incluso con el otro que no es muy afín a lo que yo digo, a lo que yo pienso, a lo que yo soy dentro de las estructuras sociales.

Ese «incluso» es el que cuesta. Es fácil ser comunidad con los que se parecen a uno. Eso no es iglesia todavía: es afinidad — y termina decidiendo quién puede sentarse en la mesa.

Cuatro paredes

Y por eso las peleas de las iglesias antiguas eran tan poco espirituales y tan concretas. La invitación que aparece una y otra vez no es a tener mejor doctrina: es a que no haya fricciones, ni murmuraciones, ni peleas, ni acepción de personas, ni diferenciaciones sociales.

Iglesia es lo que construimos con el otro. Pero no existe para quedarse enmarcada por cuatro paredes: existe para proyectar la buena noticia hacia afuera.

Entonces la respuesta a la pregunta del principio es más simple y más exigente de lo que parecía. Lo que sostiene una iglesia no es el cargo del que preside ni la puntualidad del cronograma. Es si esa gente está siendo iglesia el martes, en su trabajo, con alguien que no piensa como ellos.

Si eso pasa, el edificio ayuda. Si eso no pasa, el edificio disimula.

¿Cuándo fuiste iglesia por última vez fuera del edificio?

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Jesús sanaba gratis, y con él andaba un grupo de personas, especialmente mujeres, que sostenía ese camino con sus bienes (Lucas 8:3). Lucas nombra a algunas de ellas: María Magdalena, Juana, Susana, «y otras muchas».

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