Yo desde pequeño fui muy «niño espiritual de la iglesia». A los nueve o diez años me negaba a subir a la escuelita de los niños y me quedaba abajo a escuchar los sermones de los grandes, porque a mi parecer eso me hacía más maduro espiritualmente, o algo así.
Y en tres o cuatro ocasiones me dio un vacío interno. Me di cuenta de que «¡uy!, yo tal vez sí blasfemé contra el Espíritu Santo. Tal vez no me voy a ganar el cielo». Me evalué y pensé: «ah, carajo, no voy a ir al cielo, voy a ir al infierno, porque blasfemé contra el Espíritu Santo y ese pecado no tiene perdón».
Años después alguien me escribió al interno por Facebook con la misma angustia. Tenía un amigo que había sido satanista, y ahora, en los caminos de Dios, había descubierto que existe un pecado sin perdón. Siendo satanista había dicho cosas contra Dios, contra Jesús, contra el Espíritu, contra los cristianos. Y pensó lo mismo que yo a los diez: «así sea el mejor cristiano del mundo, me voy para el infierno».
Me fui a estudiar el pasaje para contestarle. Y lo que leí no era lo que me habían enseñado.
Qué dice Mateo 12 sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo
Este es el texto que asusta:
«Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.»Mateo 12:31-32 · Reina Valera 1960
Ese texto suele mirarse sin panorama. Es el final de una discusión que empezó varios versículos atrás, y sin la discusión no se entiende la sentencia.
Un campesino al que la gente llama maestro
Hagamos primero un ejercicio mental. Imagina que estudiaste teología durante muchísimos años. Pasaste por los maestros más duros, tienes pregrado, maestría, doctorado. Y de un momento a otro aparece un campesino de un pueblo perdido del norte del país, que toda la vida ha trabajado al jornal y nunca pisó un seminario, y se pone a ir de pueblo en pueblo predicando algo que a la gente le encanta. Pone las manos sobre los enfermos y se sanan. Y la gente empieza a llamarlo maestro, como si él hubiera estudiado todo lo que tú estudiaste.
Eso es más o menos lo que estaba pasando entre Jesús y los fariseos. Ser escriba o fariseo no surgía de la noche a la mañana: era gente muy estudiada, especializada en cómo se interpretan las Escrituras. Y Jesús, un tektón, un trabajador sin tierra de una aldea de la que «no puede salir algo bueno», estaba siendo reconocido como rabino por el pueblo. Con constancia le buscaban la caída, para demostrarle a la gente que ese al que llamaban maestro no era tan sabio como decían.
Las espigas, la mano seca y la misericordia
En el capítulo 12 de Mateo esa tensión sube en tres escenas seguidas.
Primero, Jesús y sus discípulos tienen hambre en día de reposo y arrancan espigas para comer. Los fariseos preguntan si eso es legal. Jesús les recuerda que David y sus hombres, con hambre, comieron el pan consagrado que no debían comer, y no pasó nada. Y los remata con un profeta:
«Y si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes.»Mateo 12:7 · Reina Valera 1960
Después entra a la sinagoga y hay un hombre con la mano seca. Le preguntan si es legal sanar en día de reposo, y Jesús contesta con una imagen del día a día: si a uno de ustedes se le cae una oveja en un hoyo en día de reposo, ¿no la saca? Pues una persona vale más que una oveja. Y lo sana.
La tercera escena es esta:
«Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba. Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será éste aquel Hijo de David? Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios.»Mateo 12:22-24 · Reina Valera 1960
Un hombre que no veía ni hablaba, ahora ve y habla. La gente se pregunta si ese es el enviado de Dios. Y los expertos, los que tenían los títulos, ven lo mismo y dicen: eso lo hace en nombre de Beelzebú, un dios extranjero, un demonio.
Lo que Jesús llamó imperdonable
Jesús responde con lógica (un reino dividido contra sí mismo no puede sostenerse) y luego dice de dónde viene lo que acaban de ver:
«Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios.»Mateo 12:28 · Reina Valera 1960
Y entonces, solo entonces, viene la frase de la blasfemia. En Marcos el evangelista lo aclara por si quedaba duda: «Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo» (Marcos 3:30).
Fíjate bien en quién y en qué. Los que cometieron ese pecado no eran los pecadores, ni los publicanos, ni las prostitutas, ni los que dudaban, ni un muchacho de diez años con un vacío en el estómago. Eran los hombres más religiosos y más estudiados del lugar. Y lo que hicieron fue esto: ver a una persona sanada, ver la vida de Dios ocurriendo delante de ellos, y decir que eso era obra del diablo, porque no venía por el canal que ellos administraban.
Eso es la blasfemia contra el Espíritu Santo: llamarle malo a lo que trae bienestar y esperanza, para proteger la estructura propia. Decidir que Dios no puede actuar si no es bajo mis reglas.
Por qué tú no lo cometiste
Mira lo que pasó en las tres escenas: hambre, una mano seca, un hombre ciego y mudo. Tres necesidades humanas. Y en las tres Jesús pone la persona por encima del ritual, de la ley y de su cumplimiento riguroso. «Misericordia quiero, y no sacrificio». El pecado imperdonable es el reverso de eso: poner el sistema por encima de la persona hasta el punto de maldecir su sanación.
Jesús dice, en la misma discusión, que «a cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado». Hablar mal de Jesús se perdona. El exsatanista que maldijo a Dios y a los cristianos está incluido ahí, con todas las letras. Pedro lo negó tres veces con juramento y fue perdonado. Pablo persiguió a la iglesia, y él mismo lo cuenta con una palabra que asusta:
«Habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad.»1 Timoteo 1:13 · Reina Valera 1960
Blasfemo, y recibido a misericordia. Lo que no se perdona no es una palabra: es una postura, la de cerrar los ojos a propósito frente a la obra de Dios y llamarla demonio.
Por eso te digo lo que le contesté al que me escribió por Facebook: si tienes miedo de haberlo cometido, no lo cometiste. El que lo comete no tiene miedo; está muy seguro de tener razón. El Espíritu es la vida de Dios ocurriendo, y esa vida es como el viento: sopla donde quiere, sin pedirle permiso a nuestros marcos institucionales.
A mí también me lo dijeron
Cada tanto alguien me escribe para decirme que soy hijo del diablo, que me alejé de Dios, que estoy al servicio del plan de Satanás. Casi siempre por haber dicho que Dios ama a alguien a quien ellos no aman.
A Jesús también le dijeron que lo que hacía era obra de Beelzebú. Y él, con mucha amabilidad (tono sarcástico), les explicó a sus detractores que decirle enviado del diablo a quien practica ser hijo de Dios era el pecado que no tiene perdón.
Así que cuidado con la dirección de la acusación. La blasfemia contra el Espíritu no la comete el que duda, ni el que falla, ni el que un día dijo una barbaridad. La comete el que, viendo a alguien sanado, libre y con esperanza, dice que eso viene del diablo porque no vino por su iglesia.
Lo imperdonable no es fallar ni dudar: es ver a alguien sanando, acompañando, libertando, consolando en el nombre de Dios, y decir que eso lo hizo el diablo.