TeoCotidiana
Una puerta entreabierta en una habitación oscura y una franja de luz sobre el piso de madera
Análisis
· 14 min de lectura

Por Tomás Castaño Marulanda

¿Por qué es abuso aunque haya consentimiento?

Cuando quien te pide es tu pastor, decirle que no se siente como decirle que no a Dios.

Cuando un pastor o un líder cristiano se involucra sexualmente con una persona de su congregación, o con una mujer que lo admira por su ministerio, muchos lo llaman «adulterio», «caída moral» o «un pecado de los dos». Pero entre ellos hay una relación asimétrica de poder, y en una relación así el «sí» no es libre. Por eso, aunque haya consentimiento, es abuso.

El rey David estaba en la terraza de su palacio una tarde cuando vio a una mujer que se bañaba. Preguntó quién era, y le dijeron que se llamaba Betsabé y que era la esposa de Urías, uno de sus soldados, que en ese momento estaba en la guerra. El texto lo cuenta en una sola frase: «Y envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella» (2 Samuel 11:4).

Muchas veces esa historia se predica como «el adulterio de David y Betsabé», y hay quienes todavía dicen que ella lo provocó por bañarse donde la podían ver. Pero cuando Dios mandó al profeta Natán a confrontar a David, Natán no le contó la historia de dos amantes. Le contó otra:

«Había dos hombres en una ciudad, el uno rico, y el otro pobre. El rico tenía numerosas ovejas y vacas; pero el pobre no tenía más que una sola corderita, que él había comprado y criado, y que había crecido con él y con sus hijos juntamente, comiendo de su bocado y bebiendo de su vaso, y durmiendo en su seno; y la tenía como a una hija» (2 Samuel 12:1-3). Cuando llegó una visita, el rico no quiso tocar su ganado: tomó la corderita del pobre y la preparó para su invitado.

David se indignó: «el que tal hizo es digno de muerte». Y Natán le contestó con cuatro palabras: «Tú eres aquel hombre» (2 Samuel 12:5, 7).

En la parábola de Natán no hay dos culpables. Hay un hombre con poder que tomó lo que no era suyo. Kenneth Garrett, un pastor estadounidense que durante doce años fue miembro de una iglesia abusiva, escribe sobre los líderes cristianos que hacen lo mismo hoy: «Como aquel rey antiguo, toman lo que no les corresponde, simplemente porque quieren y porque pueden».

Qué es una relación asimétrica

Una relación es asimétrica cuando una de las dos personas tiene mucho más poder que la otra.

Piensa en lo que tiene un pastor frente a una persona de su iglesia. Tiene el púlpito: lo que dice el domingo, la congregación lo escucha como palabra de Dios. Tiene los secretos: sabe de tu matrimonio en crisis, del duelo que no has podido cerrar, de la depresión, de la deuda, del pecado que le confesaste llorando en la oficina. Tiene las llaves de la comunidad: puede darte un ministerio o quitártelo, puede bendecirte delante de todos o hacerte sentir que estás «en rebeldía». Y muchas veces tiene también tu sustento, porque trabajas para la iglesia, o tu vida social entera, porque todos tus amigos están ahí en la congregación.

La otra persona llega, casi siempre, en un momento de necesidad. Casi nadie busca a su pastor para contarle que todo le va bien. Lo busca cuando se le murió alguien, cuando el matrimonio se está cayendo, cuando llegó a una ciudad nueva sin conocer a nadie, cuando siente que Dios está lejos.

Cuatro investigadoras, teólogas y sociólogas de Alemania y Australia que estudian el abuso de mujeres adultas en la Iglesia católica, escribieron en 2025 que «el acompañamiento pastoral es una relación entre dos personas desiguales dentro de un sistema que tiene sus propios factores de poder desigual». Por eso, dicen, quien entra en esa relación queda vulnerable por el lugar en que se encuentra, «y no solo» por sus heridas o sus carencias. «No existe una situación pastoral "inocente"; ninguna relación pastoral se da "en pie de igualdad"».

Cuando no es tu pastor

Piensa en el pastor de una megaiglesia, en un evangelista de televisión, en un autor de libros cristianos, en un líder con millones de seguidores. Tiene una plataforma: miles de personas lo escuchan en un congreso, en los audífonos camino al trabajo, en un video antes de dormir. Lo presentan como «hombre de Dios». Hay gente que siente que lo conoce porque su voz la acompañó en un duelo, en una depresión o en el regreso a la fe. Y él puede escribirle a cualquiera que lo siga, o pedirle que lo espere después de un evento.

Del otro lado hay una persona que lo admira por su ministerio. No es de su iglesia, y quizá nunca lo ha visto en persona. Pero cuando le llega un mensaje de él, no le llega el mensaje de un desconocido. Le llega el de alguien que, para ella, habla de parte de Dios.

El acceso puede ser un mensaje privado o un encuentro después de un evento, y puede empezar por uno y terminar en el otro. Diane Langberg es una psicóloga estadounidense que lleva más de cincuenta años acompañando a víctimas de abuso y escribió: «Usar nuestra influencia o nuestra reputación para lograr que otros sirvan a nuestros propios fines es un uso equivocado del poder».

Lo que importa es qué poder tenía él frente a ella y para qué lo usó. Un ministerio con mucho público multiplica la asimetría, porque hay más gente que lo admira y, cuando alguien denuncia un hecho de abuso, más gente dispuesta a defenderlo. Sobre por qué cuesta tanto creerles a quienes hablan, Langberg escribe: «No creemos que los líderes poderosos que admiramos puedan abusar de su poder. No queremos ver, porque si vemos tenemos que actuar, o vivir con la culpa de no haberlo hecho».

Por qué ese «sí» no es libre

En derecho existe una figura que se llama consentimiento viciado. Un contrato que alguien firmó engañado, presionado o con miedo se puede anular, aunque la firma sea suya, porque a esa firma le faltó una verdadera libertad.

Algo parecido pasa aquí. El «sí» que una persona le da a su pastor no es el que le daría a un compañero de trabajo. Es el «sí» a alguien que conoce sus heridas y sabe dónde le duele. A alguien de quien depende su lugar en la comunidad. A alguien a quien le enseñaron, desde el primer día, que había que obedecer a los representantes de Dios en la iglesia y no cuestionar. Cuando quien pide es el «ungido», decirle que no se siente como decirle que no a Dios.

Langberg pone el consentimiento en dos condiciones. Para consentir, primero, hay que tener la capacidad de escoger. Y segundo, «consentir significa que es seguro decir que no». Ella misma pone los ejemplos: «Si tienes cinco años y él cuarenta, si él es el jefe y te puede despedir, si alguien tiene el poder de sacarte de tu comunidad, el consentimiento no es posible, porque no es seguro decir que no». Un pastor tiene ese poder. Un líder famoso tiene otro parecido: si ella le dice que no, pierde el lugar especial que él le dio; si cuenta lo que pasó, es su palabra contra la de alguien a quien miles de personas le creen. Por eso la responsabilidad de no cruzar esa línea es entera de él.

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Lo que ya saben otros oficios

En otras profesiones esto se entendió hace mucho tiempo. El código de ética de la Asociación Estadounidense de Psicología les prohíbe a sus miembros tener relaciones sexuales con sus pacientes, y también con quienes fueron sus pacientes durante por lo menos los dos años siguientes al final de la terapia. El código no le pregunta a la paciente si quiso tener esas relaciones íntimas. La responsabilidad, para el código, es entera del terapeuta.

Con los pastores, en algunos lugares es igual y ya hace parte de la ley. En el estado de Texas, en Estados Unidos, el código penal considera que no hay consentimiento cuando un clérigo logra una relación sexual explotando la dependencia emocional que la otra persona tiene hacia él como su consejero espiritual.

Y en 2022, la Conferencia Episcopal Alemana, que reúne a los obispos católicos de ese país, publicó una carta sobre el acompañamiento pastoral de adultos. En ella dijo que en una relación de acompañamiento pastoral ejercida como oficio o por encargo del obispo, el contacto sexual nunca puede llamarse consentido ni puede tolerarse.

Cómo se llega ahí

Esto casi nunca empieza con una propuesta. Empieza con atención: el pastor que se fija en ti más que en los demás, que te dice que tienes un llamado especial. Siguen los mensajes a deshoras, primero con un versículo y después con preguntas personales. Y un día llegan las confidencias de él: que su matrimonio no va bien, que nadie lo entiende como tú.

Wade Mullen es investigador y profesor en un seminario evangélico de Pensilvania, y estudió cómo hablan y actúan quienes abusan en las iglesias. Agrupa esa preparación en tres tácticas. Los halagos, como «eres ungida», «tienes un gran ministerio» o «veo mucho a Dios en ti». Los favores, que dejan una deuda y hacen difícil decir que no. Y las alianzas, la sensación de compartir con el líder algo que nadie más comparte, que muchas veces nace de una vulnerabilidad apresurada, de esas confidencias que llegan demasiado pronto. En inglés a este proceso se le dice grooming, «preparación». Las cuatro investigadoras que cité arriba recogen lo que muestran otros estudios: el abuso «no ocurre por una deficiencia o culpa de la víctima», sino que es «el resultado de estrategias continuas» de preparación por parte de quien abusa.

En la iglesia, esa preparación usa a Dios. «Dios me mostró que tú y yo tenemos una conexión espiritual», «esto es un pacto», «lo que hay entre nosotros es santo», «este beso es un ósculo santo». Con ese argumento del «ósculo santo» les pedía besos a sus feligresas José Francisco Jamocó, el pastor de Bogotá condenado en 2024 a 25 años de cárcel por abuso sexual. Quien habla desde el lugar donde la gente espera oír a Dios usa ese lugar para conseguir lo que de otra manera nadie le daría.

¿Y si se enamoraron?

La objeción aparece siempre: eran dos adultos y se enamoraron. Puede pasar. Los pastores y los líderes son personas, y un pastor puede llegar a sentir algo real por alguien de su iglesia. Y una persona de la iglesia puede sentir algo real por su pastor.

Lo que cambia es lo que hace con eso. Mientras sea pastor, predicador famoso o figura pública ministerial, el poder sigue ahí: el púlpito, lo que sabe de ella, su lugar en la comunidad. Un pastor honesto se lo cuenta a quienes supervisan su ministerio antes de que pase cualquier cosa, deja de acompañarla y no da ningún paso mientras ella siga bajo su autoridad. A los psicólogos, su código les pide esperar por lo menos dos años después de terminar la terapia, y esto tiene razones psicológicas de fondo: el trabajo pastoral suele parecerse al trabajo de los terapeutas con sus pacientes. Lo que un pastor honesto no hace es seguir en su lugar mientras empieza, en secreto, una relación con alguien que depende de él. Con un líder al que ella admira de lejos, la prueba es la misma: si lo que hay entre los dos tiene que esconderse de su equipo y de quienes lo invitan, por lo general está ocurriendo un caso de abuso por asimetría relacional.

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Las palabras que reparten la culpa

Las palabras que usamos cambian a quién culpamos. Cuando a esto le decimos «adulterio», «caída moral», «se enamoraron» o «un pecado de los dos», repartimos la culpa por mitades entre dos personas que nunca estuvieron en pie de igualdad.

Llamarlo «caída» también engaña, porque hace pensar en un tropiezo de un momento, cuando casi siempre hubo meses de acciones intencionales que prepararon a la víctima (el grooming). Sí, como cuando un depredador estudia y acecha a una presa. Así. Y pasa con frecuencia lo que viene después. A ella la sientan en una oficina para que confiese «su parte», la apartan del coro o del ministerio, la empiezan a llamar «la otra» en los pasillos, y en pocos meses tiene que irse. A él, muchas veces —casi siempre—, lo devuelven al púlpito y a sus «responsabilidades» ministeriales, de nuevo a ocupar lugares de poder desde los que puede encontrar nuevas «presas».

Lo que le toca a la iglesia

Cuando esto sale a la luz, la pregunta que debe hacerse la iglesia es qué hizo él con el poder que le confiaron.

Es responsabilidad de la iglesia creerle a la víctima que denuncia y acompañarla, con atención profesional si la necesita, sin pedirle que perdone de inmediato a su agresor ni que se calle y deje todo en silencio «por el testimonio de la iglesia». Es responsabilidad de la iglesia apartar al líder de su lugar de autoridad mientras no se haya escuchado y acompañado a quienes se reconocen como víctimas. Y los ministerios y organizaciones que invitan a un líder a sus eventos tienen una responsabilidad antes de darle un lugar: preguntar si esa persona tiene a quién rendirle cuentas, preguntar si hay personas que se reconocen como sus víctimas, preguntar, si hubo procesos de restauración, quién determinó que ya culminaron y que está en capacidad de retomar el ministerio público, y escuchar, de ser posible, a las víctimas y a quienes las acompañan y representan. Y cuando lo que pasó puede ser un delito, es responsabilidad de la iglesia acompañar a denunciar ante las autoridades a quienes se reconocen víctimas, si así lo deciden, en vez de resolverlo «en casa a puertas cerradas».

Y es responsabilidad de cada persona revisar las palabras que usamos. Cada vez que decimos «se dejó», «ella también tuvo la culpa» o «los dos pecaron», nos ponemos del lado del rico de la parábola, que le roba la corderita a la familia pobre. Y no, cuando hablo de la corderita no estoy hablando de la mujer o de la persona que vive el abuso. Estoy hablando de una metáfora que puede representar, por ejemplo, la dignidad de esa persona, su bienestar en general, su vida espiritual, que los David del mundo terminan robando cuando usan su poder para satisfacer sus deseos personales.

A ti, que dijiste que sí

Si tuviste una relación con tu pastor, con un líder de tu iglesia o con alguien a quien admirabas por su ministerio, aunque nunca hayas sido de su iglesia, y desde entonces te da vergüenza haber dicho que sí: no fue tu culpa. Aunque hayas respondido los mensajes. Aunque hayas ido a las reuniones. Aunque en algún momento hayas creído que era amor. Quien tenía el poder y la responsabilidad de cuidarte era él.

Escribo en femenino porque así pasa casi siempre, pero esto también les pasa a hombres. Si eres uno de ellos, todo esto también es para ti.

Puede que tardes en llamar abuso a lo que viviste, y eso también es parte del camino. Busca a alguien que te escuche, una persona con quien no te sientas juzgado o juzgada: una psicóloga que entienda de estos temas, una persona de confianza fuera de esa iglesia.

Natán no le preguntó a Betsabé qué había hecho. Le dijo a David: «Tú eres aquel hombre.»

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