El 23 de septiembre de 2026, a cuatro o cinco metros bajo tierra, la broca de una perforadora se partió contra una capa más dura que la piedra caliza. Fue en Durupınar, una loma con forma de casco de barco, de ciento sesenta y cuatro metros de largo, en una ladera cerca del pueblo de Doğubayazıt, al oriente de Turquía, a unos veintinueve kilómetros del monte Ararat. El equipo que perforaba dijo que esa capa podía ser madera petrificada.
Tres días después, un periódico europeo tituló: «El arca de Noé está confirmada al cien por ciento, dicen los científicos». Y en la misma nota, más abajo, decía que nadie ha desenterrado ningún barco. En español la noticia salió con títulos parecidos: «¿Encontraron el arca de Noé?», «Luego de 4.300 años, arqueólogos encuentran bajo tierra el posible paradero del arca de Noé».
A mí me emocionaría que la encontraran. Soy creyente. El arca de Noé es parte de lo que leo en la Biblia y de las imágenes y narraciones legendarias con las que crecí, y sería emocionante que apareciera de verdad un arca donde se resguardó la vida de una familia y de muchos animales. Pero más allá de eso, no quiero subirme a la ola de que sí es, sin pruebas fehacientes.
Yo no soy geólogo. Lo que puedo hacer es leer lo que se ha dicho, poner en una misma página argumentos y razones de lo que dice cada lado (científicos creyentes y científicos escépticos), y después decir lo que me mueve, me parece y me asusta de este tipo de noticias y olas de «verificación bíblica».
Lo que dicen los que están perforando
La loma la vio por primera vez un capitán del ejército turco, İlhan Durupınar, en una foto aérea de la OTAN, en octubre de 1959. Por eso lleva su nombre. Desde 1977 la promovió Ron Wyatt, un anestesista estadounidense que buscaba objetos de la Biblia por su cuenta, y desde entonces hay gente que dice que es el arca: mide unos ciento sesenta metros, y Génesis 6:15 dice que el arca medía trescientos codos de largo, que según cómo se mida el codo da más o menos eso.
Lo de 2026 es distinto de lo de antes por una razón: es la primera excavación con permiso oficial. La dirige un arqueólogo turco, Cenker Atila, de la Universidad Cumhuriyet de Sivas, con unos veinte investigadores de cinco países, y la impulsa un grupo llamado Noah's Ark Scans, cuyo fundador, Andrew Jones, es el vicepresidente del proyecto. Estuvieron unos noventa días en el sitio, desde finales de junio.
Esto es lo que ellos reportan. Un radar que penetra el suelo detectó anomalías con bordes regulares, algunas en ángulo recto, y posibles cavidades. Sacaron cerca de mil muestras de tierra en ciento cincuenta puntos, y dicen que adentro de la loma hay un cuarenta por ciento más de carbono que afuera. Recogieron fragmentos de cerámica en la superficie. Perforaron hasta dieciocho metros, encontraron cavidades con lodo y agua, y capas de lo que llaman «material orgánico rico». Y a los cuatro o cinco metros de profundidad, la broca se partió contra una capa más dura que la piedra caliza.
También esto, que se lee menos: Jones dijo que es demasiado pronto para decir que encontraron el arca, que las muestras se van a laboratorios independientes, que los resultados salen en el invierno de 2026 a 2027 y que la publicación completa es para 2027. Y en la misma semana dijo: «Creemos que la formación Durupınar son los restos del arca de Noé». Las dos frases son suyas. El «cien por ciento» no salió de un laboratorio: salió de un titular.
Lo que dicen los científicos que no están en el proyecto
En 1996 el geólogo Lorence Collins publicó en el Journal of Geoscience Education un artículo cuyo título ya lo dice todo: «Falsa "arca de Noé" de Turquía, expuesta como una estructura geológica común». Su conclusión fue que la loma es un sinclinal, un pliegue de capas de roca sedimentaria, y que las «paredes» que otros veían son concentraciones naturales de dos minerales de hierro, limonita y magnetita. Las supuestas anclas de piedra de los alrededores son andesita, una roca volcánica del mismo lugar, no piedras traídas desde Mesopotamia en un barco.
El dato que a mí más me llama la atención es quién firmó ese artículo con él: David Fasold, el hombre que había pasado más de diez años defendiendo que la loma era el arca y que había escrito un libro entero para probarlo. Revisó las muestras con el geólogo y firmó que era natural.
Los arqueólogos que trabajan en universidades dicen algo más de fondo. Jodi Magness, de la Universidad de Carolina del Norte, lo resume así: «La arqueología no es una búsqueda de tesoros». Génesis 8:4 no dice que el arca reposó en el monte Ararat: dice que reposó «sobre los montes de Ararat», en plural, que era el nombre de un reino antiguo, Urartu, que se extendía por lo que hoy es Armenia, el oriente de Turquía y parte de Irán. No hay una montaña que buscar. Eric Cline, de la Universidad George Washington, agrega que aunque alguien encontrara madera, no habría manera de conectarla con Noé.
Y hay contrapartes que no son de científicos escépticos, sino de cristianos que creen en el diluvio al pie de la letra. Answers in Genesis, el ministerio creacionista que construyó una réplica del arca de tamaño real en Kentucky, tiene un geólogo, Andrew Snelling, que desde 2021 dice que Durupınar no es el arca: está en un valle y no en una montaña, descansa sobre lava de un volcán que hizo erupción después del diluvio, y las imágenes de radar «quedan sujetas a la interpretación de quien las interpreta». Snelling ni siquiera espera que el arca exista todavía: cree que la familia de Noé la desarmó para hacer casas con la madera.
Aaron Judkins, un arqueólogo cristiano que dirigió una expedición al Ararat en 2013 y que visitó Durupınar ese mismo año, publicó el 28 de septiembre de 2026 una declaración sobre lo de este mes. Dice que la cerámica recogida en la superficie, sin capa de suelo que la fechara, es la cerámica normal de cualquier aldea antigua de esa región; que las muestras de «madera petrificada» de años anteriores resultaron ser basalto y caliza, sin la estructura celular que la madera petrificada conserva; y que el cuarenta por ciento más de carbono, por sí solo, no demuestra que haya un barco enterrado. Lo mismo advierte, con otras palabras, la nota de El Universo que salió en español. Judkins cierra con una frase que yo firmaría: «La buena teología no necesita mala arqueología». Y yo le añadiría que ni siquiera depende de una buena arqueología: una excavación impecable, con permiso, laboratorio y revisión por pares, tampoco sería la base de lo que creemos sobre esas narraciones.
Ese es el cuadro completo. Puede que en 2027 el laboratorio diga que hay madera. Puede que diga que es piedra, como dijo la geología en 1996. Yo no sé cuál de las dos va a ser el resultado, y no me voy a subir a la ola de ninguna mientras no haya pruebas consistentes y acordadas en la comunidad científica.
El ladrillo
Lo que sí sé es lo que pasa cada vez que sale una noticia así. Pasó con el sudario de Turín, con la tumba de Jesús, con cada piedra con una inscripción. La noticia se vuelve un ladrillo más de un edificio que se está construyendo desde hace años: el de la apologética moderna, la de los que se memorizan los argumentos de sus referentes para contestarle a cualquiera que los cuestione. Cada hallazgo, real o supuesto, se pega en esa pared como una prueba de que Dios existe.
Yo suelo alejarme de esos movimientos, y no porque me falte fe. Es que no creo que si Dios existe sea la pregunta importante. La pregunta es qué clase de Dios promovemos, proclamamos y proponemos. El asunto no es defender la existencia de Dios, sino el tipo de Dios que nos existe. Y el Dios de la apologética suele ser distante, intocable e implacable; el Dios en el que yo creo es humano, cercano y constantemente amoroso.
En agosto de 2026, después del terremoto en Colombia, un grafiti quedó en pie y mucha gente dijo «milagro». Escribí entonces que me costaba imaginar un Dios más preocupado por conservar una pared que por sostener una vida humana. Con la loma de Turquía me pasa igual: no tenemos que convertir cada coincidencia en una intervención divina para encontrar razones para creer.
Lo que Jesús dijo que haría creer al mundo
De niño, en la iglesia, cantábamos una canción que me hacía un taco en la garganta: «Unidos, unidos, en su nombre unidos». Crecí en una iglesia donde se alentaba a expresar las emociones, y lloré más de una vez oyéndola. Con los años entendí de dónde salía esa canción. Salía de la oración de Jesús la noche antes de morir, tal vez el relato más nostálgico del Nuevo Testamento:
«Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.»Juan 17:20-23 · Reina Valera 1960
Jesús tuvo una noche para pedir algo por los que iban a creer después, y no pidió pruebas. No pidió que apareciera una barca ni una piedra ni una inscripción. Pidió que fuéramos uno, para que el mundo crea. Léelo despacio: la condición para que el mundo crea es la unidad de los que ya creen. El mundo no cree porque no hay unidad. Simple, sencillo, desgarrador.
Y unidad no es que una idea rija sobre las otras. Es conversarlas en el amor del evangelio.
La creencia del mundo no pende de las amenazas de infierno. No pende del cientifismo con el que algunos quieren probar la existencia de Dios. No pende de una broca partida en una loma de Turquía. Es la unidad, la cercanía, la solidaridad, la comunión, lo que convence al mundo de que nuestra fe es cierta: que las personas coman en el hambre, sean visitadas en la soledad y vistan en el frío, y que lo hagan juntos los que hasta ayer se peleaban por doctrina. La gente no cree por lo fáctico. Cree por lo práctico.
Por eso, si en 2027 sacan madera de esa loma, yo me voy a alegrar como se alegra uno con cualquier hallazgo, y mi fe va a estar puesta exactamente donde está puesta hoy. Y si sacan piedra, también. Nuestra fe no depende de un vestigio: el autor y consumador de la fe es un Dios vivo que nos habla, habita entre nosotros y nosotras, nos guía a todas las cosas y que, la última noche, pidió unidad «para que el mundo crea».
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Si sacan madera, nadie va a creer por eso. Si sacan piedra, nadie va a dejar de creer. El mundo cree cuando nos ve unidos.