¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.Fito Páez
Hay una pregunta que casi nunca hacemos porque nos parece obvia: ¿para qué sirve un rito? La respuesta rápida suele ser «para celebrar» o «para conmemorar», como si el rito fuera un adorno que se le agrega a un hecho que ya tiene sentido por sí solo. Pero visto más de cerca, el rito hace algo más precario y más necesario: le da una forma compartida a algo que, sin esa forma, quedaría mudo. Un nacimiento, una muerte, el pasaje de la niñez a la adultez, la unión de dos personas: son todos hechos que desbordan al individuo que los vive, que lo exceden. El rito es lo que permite que ese exceso no quede en la pura intimidad de quien lo atraviesa, sino que se vuelva un acontecimiento de todos. Por eso el rito nunca es solo simbólico: es lo que arma comunidad alrededor de lo que, si no, cada uno tendría que tramitar en soledad.
Y ahí aparece algo que me interesa señalar: la comunidad no es solamente el lugar donde el rito ocurre, es también el lugar donde un sujeto se hace. Nadie construye su identidad en el vacío, ni siquiera cuando cree estar haciéndolo «por sí mismo». Los principios, los valores, las convicciones que sostenemos, incluso los que después revisamos o discutimos, los recibimos primero de otros: de una familia, de un barrio, de una tradición religiosa o política, de una escuela, de un grupo de amigos que sostuvo determinados códigos. La comunidad socializa, y al socializar va dando forma a lo que un sujeto puede llegar a pensar de sí mismo y del mundo. Los ritos son, en ese sentido, los puntos de anclaje de ese proceso: marcan que algo cambió, que ahora se es de otra manera, y lo hacen ante otros que lo atestiguan y lo confirman. Sin ese testigo comunitario, el cambio ocurre igual (uno crece, uno pierde, uno se transforma), pero ocurre sin que nadie lo nombre, y eso deja al sujeto más solo de lo que hace falta estar.
La era del vacío
Esto no es un fenómeno de un país en particular, aunque como uruguayo no puedo dejar de sentirlo también en mi propio entorno, donde a veces pienso que nuestra fuerte tradición laica, que tanto nos enorgullece, terminó por vaciar de rito ciertos espacios que antes lo tenían, sin necesariamente reemplazarlos por otros. Pero el fenómeno excede largamente a Uruguay: es algo que atraviesa buena parte de América Latina y que distintos pensadores vienen señalando desde hace tiempo, cada uno con su propio vocabulario. Gilles Lipovetsky lo llamó, ya en los años ochenta, la era del vacío: una época que multiplicó las posibilidades del individuo pero lo dejó, a la vez, sin las referencias que antes sostenían su lugar en el mundo. Zygmunt Bauman habló de una modernidad líquida, donde los vínculos y las instituciones perdieron la solidez que antes les permitía darle forma a una vida. Y más cerca en el tiempo, Byung-Chul Han, en La desaparición de los rituales, sostuvo que lo que perdimos específicamente son esas formas repetidas que le daban un ritmo al tiempo compartido, hoy reemplazadas por el consumo permanente de estímulos sin ceremonia alguna.
Lo interesante, y lo que más me interpela desde mi lugar de trabajo, es que ese vacío no queda en el plano de la reflexión filosófica: aterriza en el cuerpo y en el síntoma. Lo que veo en la clínica hoy, cada vez con más frecuencia, son cuadros que podríamos agrupar bajo un mismo nombre incómodo: ansiedad que no tiene un objeto claro al cual referirse, cuadros depresivos que no responden a una pérdida puntual sino a una sensación más difusa de que «nada alcanza» o «nada tiene demasiado sentido», ataques de pánico que aparecen sin que haya un peligro real que los explique.
La soledad no es una patología
Pero no quisiera que esto se leyera como un diagnóstico generalizado, como si toda una época estuviera enferma. Prefiero pensarlo de otro modo: como la enunciación de un malestar de nuestro tiempo, un malestar cuyo nombre más simple y más extendido es la soledad. Y quiero ser cuidadoso acá: la soledad no es una patología. No hace falta un diagnóstico para nombrarla, ni un cuadro clínico para que duela. Es, más bien, una experiencia que nos atraviesa a todos (a algunos más que a otros, mucho más que a otros) y que se volvió, en las últimas décadas, un fenómeno cada vez más frecuente y más silencioso, precisamente porque no siempre tiene el lenguaje de una enfermedad para hacerse escuchar. Se puede estar profundamente solo sin estar «mal» en ningún sentido que un manual pueda nombrar, y aun así ese padecimiento pesa, organiza el día, se cuela en cómo uno se piensa a sí mismo.
Ahí entra, sospecho, algo de lo que nos pasa con la tecnología. Nunca estuvimos tan conectados y, al mismo tiempo, tan solos: la pantalla nos permite hablar con cualquiera, en cualquier momento, y sin embargo muchas veces sustituye el encuentro en lugar de facilitarlo. La inteligencia artificial puede «sostener» una charla, hasta acompañar, pero no reemplaza el cuerpo del otro en la misma habitación, ni el silencio compartido que ningún chat puede sostener. Hace unos meses, después de una larga videollamada con una amiga que vive en otro país, ella me dijo, jugando con el lenguaje: «che, tenemos que vernos... de-en serio». Como si hiciera falta inventar una palabra nueva para separar el «vernos» de las pantallas del «vernos» que todavía no tiene sustituto: el que se juega en un abrazo, en una mesa compartida, en un cuerpo que ocupa lugar en el mismo espacio que el mío.
Hay una frase que circuló mucho este último tiempo, popularizada de nuevo por una serie, aunque tiene raíces bastante más antiguas: nadie se salva solo. Me parece que ahí está, en cuatro palabras, el núcleo de lo que vengo tratando de decir. Y me parece, también, que es exactamente lo que el cristianismo vino a plantear desde el principio, mucho antes de cualquier institución, de cualquier norma moral: que nadie se salva solo, porque la salvación (o llamémosla de un modo más laico, el sostén, el alivio, el sentido) nunca fue un asunto individual. Es, después de todo, lo que significa una comunidad: la promesa de que nadie tiene que abrazarse solamente a sí mismo, porque hay otros brazos disponibles para hacerlo.
¿Qué clase de comunidad?
Frente a este panorama, suele aparecer una respuesta casi automática: «hace falta más comunidad, más rito, más iglesia». Y en parte estoy de acuerdo. Pero antes de llegar ahí, me parece necesario hacer una pregunta incómoda hacia adentro de la propia tradición cristiana: ¿qué clase de comunidad, qué clase de rito? Porque no cualquier forma de reunión aloja al que sufre. Hay comunidades religiosas que, lejos de ofrecer una mesa donde sentarse, funcionan como un tribunal: donde primero hay que demostrar pureza para tener lugar, donde la norma llega antes que la escucha, donde la respuesta moral se adelanta y tapa la pregunta que el otro todavía no terminó de hacer. Ese tipo de comunidad no alivia la soledad: la agrava, porque le suma al sujeto un motivo más de exclusión.
El camino a Emaús
Y ahí es donde necesito volver a la figura de Jesús, no como dogma sino como gesto. Porque lo que encuentro en los evangelios, leído sin la armadura doctrinal que se le agregó después, es exactamente lo contrario de ese tribunal. Hay una escena que me conmueve particularmente: el camino a Emaús. Dos discípulos caminan devastados, sin entender lo que acaba de pasar, y un desconocido se les acerca y camina con ellos. No los corrige. No les explica de entrada quién es ni qué deberían sentir. Simplemente pregunta «¿de qué van hablando?» y se queda escuchando el relato de su propio dolor, contado por otros, sin apuro por revelarse.
Lo que más me interesa de esa escena es cuándo se revela, finalmente. No en el momento en que interpreta las Escrituras para ellos (algo que también hace, en el camino), sino un poco después, ya en la casa, cuando toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da.
«Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron.»Lucas 24:31 · Reina Valera 1960
No lo reconocen en la palabra explicada, sino en el gesto compartido. Jesús no se revela explicando el sentido del dolor que acababan de atravesar: se revela partiendo el pan con ellos. Como si el sentido, cuando llega, llegara siempre después del gesto y no antes.
Cum panis
Ese gesto tiene, además, un rastro que me parece hermoso seguir en la propia lengua. La palabra «compañero» viene del latín cum panis: el que comparte el pan con vos. No el que piensa igual, no el que cree lo mismo, no el que pertenece a la misma institución: el que se sienta a la misma mesa. Ser compañero de alguien es, en su raíz más literal, partir el pan junto a esa persona. Y no puedo dejar de preguntarme, entonces, cuánto de esa compañía, tan simple, tan corporal, tan poco doctrinal, seguimos ofreciendo hoy. Tenemos, quizás como nunca, más conexión y menos compañía: podemos hablar con cientos de personas por día sin compartir una mesa con ninguna. ¿Somos compañeros de alguien, en este sentido tan concreto? ¿Cuántas de nuestras comunidades, religiosas o no, siguen ofreciendo mesa, o se conformaron con ofrecer contenido?
Quizás valga la pena, entonces, volver al principio. No al principio de una doctrina, ni al de una institución con siglos de historia acumulada, sino a un principio mucho más humilde y mucho más anterior: el de un grupo de amigos. Antes de tener templos, jerarquías o catecismos, lo que existió fue eso: un puñado de personas que se juntaban regularmente a comer juntas, a poner en común lo que tenían, a sostenerse en las buenas y en las malas, sin más credencial para pertenecer que las ganas de compartir la vida con otros. No hacía falta demostrar una fe perfecta ni una moral intachable para tener un lugar en esa mesa: hacía falta, simplemente, querer estar. Toda la arquitectura que vino después (normas, ritos formales, estructuras de poder) se construyó sobre ese cimiento tan simple, y muchas veces terminó tapándolo en lugar de sostenerlo. Volver al principio, en ese sentido, no es una nostalgia por recuperar una época dorada que además nunca estuvo libre de conflictos, sino una pregunta bien concreta: ¿qué pasaría si una comunidad de fe volviera a definirse, antes que nada, como un grupo de amigos que se cuida?
Iglesiar
Me gusta pensar la fe, entonces, menos como sustantivo y más como verbo. El autor argentino Adrián Intrieri usa la palabra «iglesiar» para nombrar justamente esto: la iglesia no como una institución a la que se pertenece (un sustantivo, un edificio, una membresía) sino como algo que se hace, en presente y en compañía de otros: se iglesia cuando se comparte la mesa, cuando se escucha sin apuro, cuando se acompaña a alguien en su Emaús particular. Esa distinción, entre la iglesia como sustantivo y el iglesiar como verbo, es, me parece, el corazón de todo lo que vengo tratando de decir en este texto: los ritos no se conservan, se hacen; la comunidad no se hereda intacta, se ejerce; y el compañerismo no es una condición que se tiene, sino un gesto que se repite.
Por eso, más que preguntarme qué debería hacer «la iglesia» frente a la era del vacío, prefiero preguntarme, en el terreno del verbo: ¿dónde estamos iglesiando hoy? ¿En qué mesas, con quiénes, partiendo qué pan? Sospecho que ese Jesús que caminaba hacia Emaús sin imponerse, que se sentaba a comer con quien nadie sentaba a nadie, seguiría hoy buscando esas mesas antes que los púlpitos: la de una marcha, la de una ronda de escucha, la de cualquier lugar donde alguien sostenga a otro sin pedirle antes que se explique o se justifique. Puede que ahí, en esa mesa mínima y cotidiana, esté lo único que realmente podemos ofrecerle a alguien que atraviesa el vacío: no una respuesta que lo tape, sino compañía, cum panis, que lo acompañe mientras, quizás mucho después, algo se le revela por sí mismo.
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Si de algo sirve todavía la fe, en medio de tanta institución caída, es de eso: de una forma cotidiana y sin estridencias de seguir ofreciendo el corazón, un poco cada día, a quien tengamos cerca.