TeoCotidiana
Un escenario de iglesia vacío e iluminado, visto desde las sillas
Reflexión
· 6 min de lectura

Por Tomás Castaño Marulanda

Pastores intocables: ¿hasta dónde llega la autoridad de un pastor?

Toqué en el grupo de alabanza y me bauticé para poder subirme al altar. Lo que aprendí después sobre dónde el cuidado deja de serlo.

El encargo del pastorado es cuidar, no mandar. Todo lo que se pasa de ahí —tu pareja, tu casa, tu plata, tu cama— ya no es autoridad espiritual: es poder. Y el poder que nadie puede tocar se pudre.

Toqué la guitarra en la iglesia donde crecí. Varios años. No canto bien y no toco bien, pero en las iglesias locales basta con saber medianamente unas notas y entonar más o menos para volverse acreedor de algo: uno puede escalar hasta el púlpito.

Escalar. Esa es la palabra, y la escribo a propósito.

Empecé a tocar antes de bautizarme, y eso se volvió tema de corrillo: había alguien «en el altar» que no estaba bautizado. Entonces me bauticé. No porque hubiera entendido algo nuevo, no porque me hubiera pasado nada por dentro. Me bauticé porque el reglamento interno de esa iglesia decía que para estar en el altar había que estarlo.

Lo cuento porque la pregunta con la que la gente llega a buscar casi nunca es la que escribe. La escrita dice «cómo debe ser un pastor según la Biblia». La real, la que uno se hace en voz baja y a veces con miedo, es otra: ¿hasta dónde puede meterse esta persona en mi vida?

Por qué el púlpito terminó siendo el «Lugar Santísimo»

Convertimos el salón de reunión en una réplica a escala del templo antiguo. Están los atrios: la puerta, el andén, donde uno saluda y se despide, cuenta chistes y ve a la gente que quiere porque creció ahí. Está el Lugar Santo, que son las sillas, donde nos sentamos a recibir. Y está el Lugar Santísimo, que es la tarima, donde están —según— los sacerdotes y los levitas.

Trasladamos lenguajes y símbolos de la antigüedad bíblica y los montamos encima de una congregación del siglo XXI, y eso produce algo muy concreto: relaciones verticales. Aprendimos, sin que nadie lo dijera nunca en voz alta, que mientras más cerca estemos del púlpito más cerca estamos de Dios. Y más lejos de la gente y de sus pecados.

Mira bien lo que hace esa creencia. Acercarse a Dios y alejarse de la gente en el mismo movimiento. Es justo al revés de lo que hizo Jesús.

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Cuando cuidar se convierte en mandar

He conocido pastores que le dijeron a la gente de su congregación que no debía estar con su familia el Día de la Madre, porque el deber del cristiano es primero «cuidar de la congregación», y que si uno cuida de la congregación entonces Dios cuida de la familia de uno. He visto familias partirse en pedazos por esa idea. Y cuando se parten, ninguno de ellos asume nada: la culpa se le devuelve a la persona por no haber dado suficiente.

He conocido pastores que definen quién va a ser tu pareja. Que opinan sobre la crianza de tus hijos y sacan la vara si se enteran de que no les pegas. Que se meten a decidir cómo y en qué posición pueden acostarse dos personas casadas. Los reyezuelos de los mundillos evangélicos, de la pequeña burbuja de poder. Les hemos hecho reyes también de nuestras camas.

Y digo hemos porque esto no lo montaron ellos solos. Lo sostuvimos entre todos y todas: cada vez que aplaudimos al que no se deja preguntar, cada vez que le pusimos el nombre de «humildad» a quedarnos callados.

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Qué dice la Biblia de los pastores que se apacientan a sí mismos

Aquí sí vale la pena abrir el libro. No para defenderse con él: para leerlo.

«¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores a los rebaños? Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, mas no apacentáis a las ovejas. No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, no volvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida, sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia.»Ezequiel 34:2-4 · Reina Valera 1960

Fíjate contra quién habla ese texto. No contra la oveja descarriada: contra los que estaban encargados de ir a buscarla. La denuncia va hacia arriba, no hacia abajo. Y el reclamo no es doctrinal, no les pregunta qué creen. Les cuenta lo que no hicieron: no fortalecieron a la débil, no curaron a la enferma, no vendaron a la que tenía la pata rota. Es una lista de cuidados que no se dieron.

Y cuando a Pedro le toca explicarles a los ancianos cómo se hace, lo dice sin adornos:

«Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.»1 Pedro 5:2-3 · Reina Valera 1960

«No como teniendo señorío.» Está escrito ahí, en la misma Biblia que se usa para exigir sujeción. Y llevamos siglos leyendo la parte de la sujeción y saltándonos esta.

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Jesús no fue un showman

Jesús ya había visto ese modelo funcionando, y lo nombró:

«Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.»Marcos 10:42-43 · Reina Valera 1960

«Pero no será así entre vosotros.» Esa frase es una raya trazada en el piso. De un lado, la manera en que el mundo organiza el poder: alguien arriba, muchos abajo, y una distancia que hay que cuidar. Del otro, lo que Jesús estaba proponiendo, que era tan extraño que le tocó explicarlo dos veces seguidas.

Y no lo dijo desde una tarima. No deslumbró desde lo alto del templo, que era justamente lo que le habían ofrecido en el desierto. Anduvo por las aldeas, tocando y dejándose tocar, incluso por los que todo el mundo llamaba intocables: el leproso al que nadie se arrimaba, la mujer que llevaba doce años sangrando, el cobrador de impuestos con el que no se comía.

El problema no es subir a un escenario. Alguien tiene que hablar, alguien tiene que enseñar, y eso no tiene nada de malo. (De hecho, el liderazgo en la Biblia siempre respondía al clamor de alguien.) El problema es creerse la estrella y no querer bajarse.

Cómo se reconoce a un pastor de verdad

Se le reconoce por el olor.

Huele a la gente porque está metido entre ella. Sabe cómo se llaman los hijos de la señora que hace el aseo. Sabe quién lleva seis meses sin trabajo y ya dejó de contarlo por vergüenza. Se ha sentado en una sala a las once de la noche con alguien que no sabía cómo seguir. Y cuando se equivoca lo dice, porque no tiene ningún pedestal que sostener.

No hacen falta menos pastores. Hacen falta menos estrellas intocables y más gente que se «ensucie» con la vida real. Que Dios te dé de esos. Y si te tocó de los otros, que te dé también la libertad de irte sin sentir que estás abandonando a Dios — porque no lo estás abandonando. Dios no se quedó allá adentro.

¿A qué huele tu fe: a gente o a fama?

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