La gente sale a la calle con cartones pintados a mano. Con arengas, con tambores, con bailes. En general son marchas pacíficas: colores, cantos, gente representando lo que está viviendo.
Y en algún momento alguno raya un muro. Alguno rompe algo.
Con eso basta. Se desata la fuerza del Estado, y en la misma bolsa entran todos los que iban caminando: vándalos, subversivos, delincuentes. La destrucción de unos pocos sirve para deslegitimar a todos los demás.
Y muchos de los que van caminando ahí son miembros de iglesias.
Por eso dentro de las iglesias se abrieron dos trincheras. Están los que dicen que hay que salir y mostrar el descontento. Y están los que dicen que hay que someterse a las autoridades, que no se puede decir nada en contra del Estado ni de sus representantes, y que el que diga algo merece la condenación eterna.
«Dios los puso ahí»
Ese es el argumento, y conviene mirarle la consecuencia.
Si Dios puso a quien gobierna, entonces todo lo que ese gobierno diga y haga es lo que Dios quiere hacer a través de él. Y cualquier rechazo a sus decisiones es un acto del mal.
Mira dónde deja eso a la gente. Si suben el pasaje y no me alcanza para ir a trabajar, callarme es obedecer a Dios. Si la policía mata a alguien en mi barrio, callarme es obedecer a Dios. Si el hospital no atiende a mi mamá, callarme es obedecer a Dios.
Esa lectura convierte el silencio en una virtud espiritual. Y le hace un favor a los malos gobernantes, empezando por los que se presentan a sí mismos como los enviados de Dios a gobernar.
La Biblia entera es una declaración política
Mira de qué está hecha, de principio a fin.
Empieza con un pueblo esclavizado. Gente puesta a hacer trabajos forzados para levantarle las ciudades a otro, sin que eso les diera de comer. Y lo que arranca la historia es un clamor que sube: «los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron… Y oyó Dios el gemido de ellos» (Éxodo 2:23-24). Dios no aparece para consolarlos adentro de la esclavitud. Aparece para sacarlos.
Sigue con los jueces. Israel sembraba, y cuando llegaba la cosecha subían los madianitas y se llevaban todo: «destruían los frutos de la tierra… y no dejaban qué comer en Israel, ni ovejas, ni bueyes, ni asnos» (Jueces 6:4). Gente a la que le robaban la comida año tras año. Y lo que Dios hace no es enseñarles resignación: levanta liderazgos para que defiendan su territorio.
Después vienen los reyes, que se piden y se sostienen para lo mismo: que alguien defienda la tierra de los que vienen a quitarla.
Y termina con los profetas prometiendo un sistema distinto. No un consuelo para el alma: un reinado donde el que trabaja come de lo que trabaja.
Esclavitud, tierra, comida, cosecha, salario, territorio, gobernantes. De eso está hecha la Biblia. Y en la iglesia nos enseñaron a leerla como si fuera un libro de vida interior.
El profetismo clásico —del que sacamos versículos sueltos y los usamos como promesas para nuestra vida— era otra cosa. Era denuncia. Y era denuncia contra decisiones de gobierno que estaban dejando a la gente sin comida.
Los profetas denunciaban que las élites se estaban enriqueciendo con el trabajo de las personas de base, mientras esas personas eran cada vez más pobres. Denunciaban que el sacerdocio se había convertido en un eslabón más de esas decisiones políticas —para ascender, para tener poder, para tener dinero— y que había dejado de hacer lo suyo, que era cuidar a los más vulnerables del pueblo.
Ezequiel le habla a «los pastores de Israel». En ese texto la palabra pastor no significa lo que significa hoy: era la manera de decir gobernante. Y lo que les reclama es que se apacientan a sí mismos, que se enriquecen con las ovejas y que no fortalecieron a la débil ni curaron a la enferma. Eso está desarrollado en hasta dónde llega la autoridad de un pastor.
El profetismo era acción social. Un levantamiento que ponía en palabras y en gestos simbólicos la denuncia contra los que estaban arriba tomando decisiones que producían pobreza abajo. Y venía de todas partes: hubo profetas de familias de élite y hubo profetas campesinos.
Jesús entró parodiando un desfile militar
Nos da miedo decir que el evangelio es político. Y lo es.
Cuando Jesús entra a Jerusalén, entra montado en un burro. Los generales romanos entraban a las ciudades conquistadas montados, aclamados por sus tropas, con el botín detrás. Jesús emula esa entrada y la voltea: un campesino aclamado por pobres y por mujeres desplazadas de sus territorios.
No es un desfile religioso. Es una parodia del desfile imperial, hecha delante de todo el mundo.
Y días después entra al templo y voltea las mesas de los que estaban cambiando monedas.
«Y entrando Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo; y volcó las mesas de los cambistas.»Marcos 11:15 · Reina Valera 1960
Sus decisiones cotidianas también lo eran. Ir a las afueras de la ciudad, donde estaban los leprosos a los que nadie se acercaba, es una decisión política. Dejarse tocar por mujeres con mala fama es una decisión política. Cada vez que se paraba del lado del que estaba abajo, estaba diciendo algo sobre quién manda y sobre qué vale una persona.
Los que rompen
Queda la pregunta incómoda, y no vale esquivarla: ¿y los que destruyen?
Romper la vitrina de un negocio no es profetismo, y ponerle a eso el nombre de denuncia es engañarse. Pero mira el uso que se le da. Basta que unos pocos rompan para que todos los demás dejen de existir en el relato. Los que iban cantando, la señora que salió con su cartón, el muchacho que fue a bailar — todos quedan convertidos en delincuentes, y con eso ya no hay que escuchar lo que decían.
Ese es el negocio de la deslegitimación. Y funciona porque nos ahorra la parte difícil, que es preguntarnos por qué hay tanta gente en las calles.
Entonces sí
Sí puede un cristiano protestar. Puede marchar, puede cantar, puede escribir en un cartón, puede decir en voz alta que algo está haciendo daño.
Si creemos que en Jesús se cumplen las denuncias de los profetas antiguos, entonces hay que decirlo completo: Jesús es el levantamiento social del mismo Dios contra las malas gobernanzas, contra el descuido de las personas, contra las élites que se aprovechan del trabajo de los de abajo.
Y como en por quién debe votar un cristiano, la vara es la misma para todos: se denuncia lo que hace daño, venga del gobierno que venga.
El silencio nunca fue neutral. Cuando alguien te pide que te calles en nombre de Dios, vale la pena preguntarse a quién le sirve ese silencio.