TeoCotidiana
En una iglesia con luces de escenario al fondo, un hombre con la cabeza baja pone la mano en el hombro de la persona que está a su lado
Reflexión
· 12 min de lectura

Por Tomás Castaño Marulanda

¿Qué es un buen pastor?

Hay predicadores que suben a la tarima a decirte que tu fuerza interior y tu dedicación te van a llevar a lo más alto de la montaña.

La iglesia no necesita coaches que le digan que es capaz sin importar los obstáculos que se le atraviesen: necesita pastores y pastoras que la acompañen cuando no lo es.

En marzo de 2020, pocos días después de que la Organización Mundial de la Salud declarara la pandemia de covid-19, me asustaba lo que veía en las noticias. Me asustaba la economía, me asustaba que algo les pasara a mi mamá y a mi hijo, me asustaba enfermarme. Una noche de esos días, imaginando lo que podía pasar, empecé a respirar agitado y contuve las ganas desesperadas de llorar.

Esos mismos días abrimos en TeoCotidiana un acompañamiento pastoral por internet. Quien lo necesitara nos escribía por mensaje privado a la página de Facebook y nos contaba por qué, y nosotros le asignábamos un pastor o una pastora. En dos días reunimos a nueve pastores y pastoras de cinco países para acompañar a quienes escribieran. Y también escribieron pastores que pedían ser pastoreados.

Yo hablaba de la esperanza del evangelio en esos días, y no lo hacía sentado en una cúspide de fe inagotable ni de capacidad inmutable. Hablaba de la buena noticia desde la vulnerabilidad, y para quienes también se sentían vulnerables.

«Tú puedes»

Nuestra generación ensalza la capacidad. En los congresos, con los auditorios llenos de luces y en los videos cortos que pasan uno detrás de otro en el celular se repiten las mismas frases: «tú puedes», «nada se te puede enfrentar», «lo que hay en ti es sorprendente». Tenemos cientos de predicadores de una vida positiva, coaches de la súper fe, oradores profesionales que emocionan a multitudes con una idealización romántica de la vida.

¿Y qué le dicen esas voces a quien hizo correctamente todo lo que le mandaron y aun así no pudo? A quien se endeudó para montar su negocio, trabajó doce horas diarias y de todos modos tuvo que cerrarlo. A quien lleva meses mandando hojas de vida y ya no sabe qué contestar cuando le preguntan cómo va la búsqueda. A quien oró por el diagnóstico de su mamá y el diagnóstico no cambió, con el paso del tiempo el proceso médico se hizo más y más difícil. A esas personas el «tú puedes» les llega como una acusación: «si no pudiste, fue porque no creíste lo suficiente, no te esforzaste lo suficiente, no declaraste con suficiente fuerza la victoria que querías». Declarar es lo que enseñan en algunas iglesias: decir en voz alta, con fe, lo que quieres, como si ya hubiera pasado.

El evangelio reivindica la debilidad y lo frágil. Hay buena noticia precisamente porque Dios habita y ocurre entre quienes no pueden.

Los «superapóstoles» de Corinto

Pablo llegó a Corinto, una ciudad griega con puerto, a comienzos de los años cincuenta del primer siglo. Llegó solo, desde Atenas (Hechos 18:1). Allí encontró a Aquila y a Priscila, un matrimonio judío que hacía tiendas de campaña, el mismo oficio suyo, «y, como hacía tiendas de campaña al igual que ellos, se quedó para que trabajaran juntos» (Hechos 18:3). Así se sostuvo durante el año y medio que vivió allí (Hechos 18:11): trabajando con sus manos y anunciando a Jesús sin cobrarle a nadie (2 Corintios 11:7). De esa predicación nació la iglesia de Corinto.

Cuando Pablo se fue, llegaron otros predicadores. Traían cartas de recomendación, una especie de credencial (2 Corintios 3:1), hablaban bien y sabían impresionar. Al lado de ellos, Pablo quedó mal parado, y en la iglesia que él mismo había fundado empezaron a decir:

«Sus cartas son duras y fuertes, pero él en persona no impresiona a nadie y como orador es un fracaso.»2 Corintios 10:10 · Nueva Versión Internacional

Pablo no lo negó. «Quizás yo sea un mal orador», les contestó en una carta (2 Corintios 11:6), y a los recién llegados los llamó, con ironía, «superapóstoles» (2 Corintios 11:5).

En griego, Pablo escribió hyperlían apóstoloi (ὑπερλίαν ἀπόστολοι). Apóstoloi quiere decir «enviados». Hyperlían junta dos palabras, hypér, «por encima», y lían, «demasiado», y en todo el Nuevo Testamento aparece solo dos veces, las dos en esta carta (2 Corintios 11:5 y 12:11). Sería algo así como «los apóstoles en exceso», «los requeteapóstoles». En esa frase Pablo no los llamó falsos: se burló de la imagen que vendían de sí mismos, la de las credenciales, la buena oratoria y el saber impresionar.

Pero le dolía más lo que esos predicadores tan bien hablados les estaban haciendo a los corintios, y que ellos les aguantaban: «Aguantan incluso a cualquiera que los esclaviza o los explota, o se aprovecha de ustedes, o se comporta con altanería, o los golpea» (2 Corintios 11:20).

Para ganar esa comparación, lo esperable habría sido que Pablo mostrara mejores credenciales que las de ellos. Hizo la lista de sus debilidades. Contó que cinco veces había recibido de los judíos, como castigo, treinta y nueve azotes, uno menos que el límite de cuarenta que ponía la ley (Deuteronomio 25:3); que tres veces lo golpearon con varas y una vez lo apedrearon; que naufragó tres veces, y que pasó hambre, sed, frío y desnudez (2 Corintios 11:24-27). Y cerró esa lista con una pregunta:

«Cuando alguien se siente débil, ¿no comparto yo su debilidad?»2 Corintios 11:29 · Nueva Versión Internacional

Los superapóstoles se paraban delante de la gente a impresionarla. Pablo se ponía al lado de quien estaba débil, porque él también lo había estado. Para mí, eso es un pastor.

Y su debilidad no era cosa del pasado, como un «cuando yo era débil, porque ahora mi experiencia y posición me hacen más notablemente fuerte». Un poco más adelante cuenta que tenía una espina clavada en el cuerpo. No dice qué era. Dice que tres veces le rogó al Señor que se la quitara, y que la respuesta no fue quitársela:

«Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.»2 Corintios 12:9 · Nueva Versión Internacional
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Un camino hacia abajo

El coach te promete la cima de la montaña. El camino de Jesús baja. En la carta a la iglesia de Filipos, Pablo cuenta ese camino:

«Quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!»Filipenses 2:6-8 · Nueva Versión Internacional

La cruz, en ese tiempo, era la muerte de los bandoleros, de los rebeldes y de quienes traicionaban al imperio romano. En la carta a los Gálatas, Pablo recuerda lo que la ley de Moisés decía de quien terminaba colgado así: «Maldito todo el que es colgado de un madero» (Gálatas 3:13). ¿El camino al éxito que nos venden desde la tarima se parece al del Maestro?

Jesús, el que se llamó a sí mismo el buen pastor (Juan 10:11), hizo ese camino. El buen pastor es él. No nosotros, no tú, no yo. Quien pastorea una comunidad es una oveja más del rebaño, con miedos, con cansancio y con días en que tampoco puede con todo lo que le ocurre.

Pastores de ovejas

Quienes oyeron a Jesús hablar del buen pastor conocían bien el oficio. En las historias de Israel, el rebaño lo cuidaban muchas veces el hijo menor o las hijas de la casa. Cuando el profeta Samuel llegó a la casa de Isaí a buscar entre sus hijos al próximo rey, David no estaba con sus hermanos: «Queda el más pequeño —respondió Isaí—, pero está cuidando el rebaño» (1 Samuel 16:11). Raquel llegó con las ovejas de su padre al pozo donde estaba Jacob, «pues era ella quien las cuidaba» (Génesis 29:9), y las siete hijas del sacerdote de Madián sacaban agua para darles de beber a las ovejas de su padre (Éxodo 2:16).

El pastor o la pastora caminaba todo el día buscando pasto y agua, y defendía al rebaño de los animales del monte. David le contó al rey Saúl que, cuando un león o un oso se llevaba una oveja, él lo perseguía y lo golpeaba hasta que la soltaba (1 Samuel 17:34-35). Al final de la jornada, el pastor encerraba las ovejas en un corral, a veces junto con las de otros rebaños, y por la mañana sacaba las suyas. Por eso Jesús contó que el pastor llamaba por nombre a sus ovejas, que iba delante de ellas y que ellas lo seguían porque reconocían su voz (Juan 10:3-4).

Pero entre los rabinos, los maestros de la ley judía, era un oficio mal visto. Unas generaciones después de Jesús, en la Mishná, la colección de enseñanzas de los rabinos que se puso por escrito hacia el año 200, un maestro aconsejó no enseñarle a un hijo el oficio de pastor, ni el de arriero ni el de marinero, porque eran oficios de ladrones (Kidushín 4:14). Y el Talmud, la gran colección de comentarios a la Mishná que los rabinos terminaron siglos después, cuenta que los sabios no aceptaban como testigos en un juicio a los cobradores de impuestos ni a los pastores; a estos, porque soltaban el rebaño a pastar en tierras ajenas (Sanedrín 25b). Ese oficio, el del hijo menor al que dejaban cuidando el rebaño, fue el que Jesús escogió para hablar de sí mismo.

La imagen del pastor ya la había usado el profeta Ezequiel, casi seis siglos antes de Jesús, contra los poderosos. Era sacerdote y vivía deportado en Babilonia cuando le llegó la noticia de que Jerusalén había caído (Ezequiel 33:21). Ezequiel señaló a los responsables de esa ruina: los pastores de Israel: los reyes y los jefes, que se aprovechaban del pueblo mientras las ovejas andaban dispersas por montes y colinas sin que nadie las buscara (Ezequiel 34:6). Dios les anunció que les quitaría el rebaño, para que dejaran de apacentarse a sí mismos, es decir, de alimentarse a costa de las ovejas (Ezequiel 34:10). Y prometió:

«Yo mismo me encargaré de buscar y de cuidar a mi rebaño.»Ezequiel 34:11 · Nueva Versión Internacional

Me gusta pensar que quienes conocían esa promesa se acordaron de ella cuando Jesús, después de hablar del pastor y su corral, pasó a hablar de sí mismo:

«Conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí… y doy mi vida por las ovejas.»Juan 10:14-15 · Nueva Versión Internacional
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Características de un buen pastor

Quien pastorea lo hace bien cuando se parece a Jesús y no se olvida de que también es oveja: una oveja que acompaña a otras ovejas. Un buen pastor o una buena pastora se sabe vulnerable. Se presenta como un ser humano frágil y débil, y deja de lado la pose de quien nunca está triste ni se equivoca. Mira a la gente de su comunidad como personas con necesidades espirituales y emocionales, nunca como posibles diezmadores, gente que le dé a la iglesia el diez por ciento de lo que gana. Pone la dignidad de cada persona por encima de las tradiciones y de las reglas: no le revisa a nadie cómo se viste ni le pide que reporte cuántas horas leyó la Biblia y oró en la semana. Y nunca usa su título para aprovecharse de nadie.

En muchas iglesias se vende otro modelo. Hay una carrera por ser reconocido como líder o como lideresa: se pagan cursos, se leen pilas de libros sobre liderazgo y se sube por una escalera de niveles que en algunas congregaciones se llaman consolidación, encuentro, posencuentro, escuela de líderes uno, dos y tres. En lo más alto de esa carrera está el conferencista, que llega al congreso, da su charla, vende su libro a la salida y se va al aeropuerto. Nadie le reclama que no sepa cómo se llama la gente de las sillas: vino a dar su charla.

Un buen pastor o una buena pastora se hace familiar y asequible. Se le puede hablar en la puerta del salón o en la tienda de la esquina, sin pasar por un asistente, y te saluda por tu nombre.

Y acompaña. Acompañar es contestar el mensaje de quien escribe que ya no puede más, y escribirle otra vez al día siguiente para preguntarle cómo amaneció. Es ir a la casa de quien acaba de recibir un diagnóstico y ayudarle a llenar los papeles para la autorización del tratamiento. Es atreverse a decir «yo también tengo miedo» cuando es verdad.

Un pastorado sin título

Necesitamos otras personas, pastores o no, que nos animen, que nos alienten y que nos levanten cuando el camino se pone difícil, y que se queden a nuestro lado aunque no tengan una frase que arregle lo que está pasando.

El encargo de animar a otros no era solo de quienes dirigían. A toda la iglesia de Tesalónica, Pablo le escribió: «estimulen a los desanimados, ayuden a los débiles y sean pacientes con todos» (1 Tesalonicenses 5:14).

Cuando era joven, yo hice parte del liderazgo juvenil de mi iglesia. Era un pastorado sin título, pero era un pastorado: pasaba horas visitando a los jóvenes, orando con ellos, conociéndolos, dándoles algún consejo.

Ese pastorado sin título también ocurre lejos de cualquier iglesia. Lo hace la compañera de oficina que nota que hace días no sales a almorzar y un mediodía arrastra su silla hasta tu escritorio. Tu hermana, que se aprende el nombre de tu psicóloga para preguntarte cómo te fue con ella. El vecino que se ofrece a recoger a tus hijos en el colegio la semana del trasteo. Nadie les ha dado un título, y a nadie le hace falta un curso de liderazgo. Tú puedes ser cualquiera de esas personas, aunque nunca te subas a una tarima.

Si eres pastor o pastora y estás agotado o agotada, también tienes derecho a pedir que alguien te pastoree. Y si eres de quienes ya no pueden más con las cargas del ministerio y de la vida en general, no tienes que fingir que sí «eres capaz porque eres cabeza y no cola». Busca a alguien de confianza y cuéntale lo que te pasa.

Un buen pastor no te dice desde la tarima que sí puedes: se sienta a tu lado cuando no puedes.

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