TeoCotidiana
Una avenida ancha y casi vacía en Palermo, Buenos Aires, con carriles marcados, árboles a un lado y edificios al fondo
Avenida del Libertador, Palermo, Buenos Aires · bullit · CC BY 3.0 · Wikimedia Commons
Reflexión
· 13 min de lectura

Por Nacho GW

Ataque a mujeres trans en Palermo: ¿de qué lado de la calle está nuestra fe?

Violencia, dulzura y la incómoda tarea de hacernos prójimos.

Quienes pasan de largo también lo han visto. Ver no alcanza.

Hay noticias que interrumpen el día. Uno intenta seguir con lo que estaba haciendo, responder un mensaje, preparar algo para comer, volver al trabajo. Pero una imagen permanece. Nos acompaña durante horas, como una pregunta que todavía no encuentra dónde sentarse. En estos primeros días de noviembre circularon videos de un ataque contra trabajadoras sexuales trans en los Bosques de Palermo, en Buenos Aires. Un grupo de jóvenes las persiguió y agredió con palos y otros objetos. Las agresiones fueron filmadas y difundidas en redes, acompañadas de burlas. Al pasar las primeras 24 horas, la justicia apenas está abriendo las investigaciones. De hecho aún se ven las filmaciones de los atacantes en redes sociales.

El ataque en los Bosques de Palermofilmar para que alguien celebre

Me cuesta dejar de pensar en ese último gesto: filmar. En la expectativa de que alguien, del otro lado de una pantalla, celebre. La violencia encuentra allí una segunda escena, un público al que ofrecerle la humillación de otro ser humano.

Escribo conmovido. También desde el afecto por una tierra que quiero profundamente. Argentina forma parte de mi vida: allí tengo amigos, amores, comunidades, maestros y una parte de mi formación. Me duele lo que ocurre en sus calles porque esas calles también alojan algo de mi historia. Pero la pregunta desborda a un país. Hace semanas pienso en la violencia que atraviesa nuestras sociedades latinoamericanas, en el cansancio de conversar como si estuviéramos siempre a punto de enfrentarnos. Y, como cristiano, me pregunto qué estamos haciendo con la fe en medio de todo esto.

Qué nos permite ver. Qué nos ayuda a escuchar. Y qué, a veces, nos enseña a dejar afuera.

Polarización políticacuando el otro se vuelve una amenaza

Las diferencias políticas son necesarias. Expresan intereses, experiencias y proyectos que merecen discutirse. Una sociedad democrática necesita conflictos que puedan hacerse palabra, organización y debate. Lo que me preocupa es el momento en que el desacuerdo empieza a organizar toda nuestra percepción del otro. Antes de escuchar qué dice, necesitamos averiguar a qué grupo pertenece. Una vez ubicado, creemos conocerlo: sus intenciones, su inteligencia, su valor moral. Su palabra llega a nosotros con la sentencia escrita.

Pienso en las recientes elecciones en Brasil y en la tensión que atraviesa al país, alimentada por la desconfianza en las instituciones democráticas y por una forma de vivir la política que reparte los papeles de antemano: un candidato encarna «el bien» y el otro, «el mal». Cuando esa lógica se impone, quien vota distinto empieza a parecernos una amenaza, alguien cuya palabra ya no merece ser escuchada. ¿Cómo sostener una vida en común si aceptar la legitimidad del adversario se vive como una traición a las propias convicciones? Pienso también en las conversaciones argentinas, donde las identidades políticas pueden volverse fronteras afectivas: con quién se comparte una mesa, a quién se escucha, de quién se sospecha antes de que abra la boca.

Hay una comodidad en esa división. Nos ahorra el trabajo de conocer. También nos protege de algo inquietante: la posibilidad de que alguien con quien discrepamos tenga algo verdadero para decirnos.

En Queridos fanáticos, Amos Oz nos invita a «mirar la realidad tal y como se ve desde la ventana del vecino». Pienso en la sencillez de esa imagen: acercarnos lo suficiente para comprender qué ve el otro, qué le duele, qué teme perder. Tal vez escuchar empiece ahí, en aceptar que desde nuestra ventana no se ve todo. Y que alguien que piensa distinto también guarda una historia que merece ser escuchada.

Me interesa detenerme ahí. En esa pequeña exclamación que también puede crecer dentro de nosotros. En el placer de tener razón, en la satisfacción de humillar con una respuesta brillante, en el alivio de descubrir que el equivocado siempre vive enfrente.

Sin embargo, sería injusto confundir todas las situaciones. Un desacuerdo político y una agresión contra personas trans no son dos versiones de un mismo desencuentro. Hay cuerpos expuestos, desigualdades concretas y responsabilidades diferentes. Invitar al diálogo exige reconocerlas. Nadie debería tener que negociar su derecho a existir sin ser golpeado. La fraternidad empieza a volverse creíble cuando sabe proteger.

Discursos de odiolas palabras que preparan un lugar para la crueldad

No podemos explicar una agresión mediante una única causa ni atribuirla automáticamente a un discurso político determinado. La responsabilidad de quienes atacaron debe investigarse. Pero también necesitamos preguntas que alcancen al ambiente en el que vivimos.

¿Qué ocurre cuando la humillación se vuelve una forma prestigiosa de hablar? ¿Qué aprendemos cuando el insulto consigue aplausos, cuando una persona vulnerable aparece presentada como una amenaza, cuando el sufrimiento ajeno se transforma en entretenimiento?

Las palabras participan de la construcción de ese mundo. Pueden acercarnos a una vida que desconocemos o ayudarnos a mantenerla lejos. Pueden hacer que alguien sea reconocido como vecino, compañera, hija, amiga. También pueden reducirlo a una etiqueta detrás de la cual dejamos de percibir una historia.

Me inquieta esa pérdida de percepción. El momento en que ya no vemos a una persona asustada, sino a alguien a quien suponemos que está permitido asustar.

Por eso, frente a lo ocurrido en Palermo, la pregunta por nuestras comunidades es inevitable. Qué bromas dejamos pasar. Qué desprecios justificamos porque vienen de alguien que piensa como nosotros. Qué violencias nos conmueven de inmediato y cuáles requieren que primero revisemos la identidad de la víctima. También nuestras indignaciones tienen puntos ciegos.

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Milei en una iglesia de Neuquéncuando el púlpito ofrece certezas políticas

El 31 de octubre, Javier Milei participó de la inauguración del nuevo auditorio de una iglesia en Neuquén. En su discurso vinculó los valores judeocristianos con los fundamentos morales de su gobierno y con la defensa de la vida, la libertad y la propiedad. Recurrió, además, a pasajes bíblicos para explicar su concepción de la política y de la economía.

Al leerlo, me preocupa especialmente el acercamiento entre la legitimación de un programa de gobierno y la autoridad de lo sagrado. La comparación entre las promesas de la política tradicional y las tentaciones del maligno introduce una división que merece ser examinada: de un lado, el camino de la justicia; del otro, la seducción que conduce a la perdición. Esa es mi lectura crítica del discurso, no una explicación causal del ataque de Palermo.

Los creyentes tienen derecho a participar en política y a sostener convicciones. Precisamente por eso necesitamos conservar la libertad de discutirlas. Una decisión económica puede ser evaluada, cuestionada y corregida. Si la investimos de autoridad divina, ¿qué lugar queda para quien discrepa?

El peligro alcanza a cualquier orientación política y a cualquier iglesia. Aparece cuando Dios termina hablando con el vocabulario de nuestro partido, confirmando nuestras preferencias y desaprobando siempre a los mismos.

Pienso en los mercaderes de la fe: quienes convierten la confianza religiosa en obediencia, ofrecen enemigos a cambio de pertenencia y usan el nombre de Dios para clausurar preguntas humanas. Ninguna tradición cristiana está completamente a salvo de esa tentación.

La defensa de los valores merece una pregunta sencilla: ¿qué vidas encuentran amparo en ellos? Si proclamamos la dignidad humana, esa dignidad debe alcanzar también a quien incomoda nuestras costumbres y nuestras interpretaciones.

De lo contrario, estamos defendiendo un privilegio al que le hemos dado un nombre más hermoso.

Anne Dufourmantellela dulzura tiene algo que decir

Hace tiempo encuentro en Anne Dufourmantelle una palabra que quisiera acercar a esta conversación: dulzura. En su obra Potencia de la dulzura, la filósofa la piensa como una fuerza de transformación, ligada a la acogida y capaz de resistir a la violencia. También advierte sobre su reducción a una amabilidad infantil, inofensiva, fácilmente vendible.

A partir de esa lectura, me pregunto qué significaría practicarla entre nosotros. Tal vez comenzar por renunciar a la satisfacción de aplastar al otro. Escuchar sin preparar, mientras habla, el argumento que lo dejará en ridículo. Admitir que nuestras convicciones pueden necesitar una revisión. Acercarnos a una experiencia que no comprendemos sin exigirle que se traduzca inmediatamente a nuestras categorías.

Hay una firmeza posible en ese gesto. La de quien puede decir «esto no» y sostener el límite sin convertir la crueldad en método.

Sería profundamente injusto pedirles dulzura a las mujeres agredidas como condición para solidarizarnos con ellas. Tienen derecho a la rabia, a reclamar protección y a exigir justicia. La pregunta por la dulzura nos compromete, sobre todo, a quienes podemos decidir cómo respondemos desde un lugar menos expuesto.

¿Cómo ofrecer una presencia que no invada? ¿Cómo acompañar sin apropiarnos del relato? ¿Cómo defender sin convertir a la persona defendida en una ilustración de nuestra bondad?

Desde mi trabajo como terapeuta, vuelvo con frecuencia a esa dificultad. Escuchar implica soportar que el otro tenga algo propio, algo que no coincide con lo que esperábamos encontrar. La hospitalidad empieza a adquirir profundidad cuando podemos alojar también esa diferencia. Quizá nuestras comunidades necesiten aprender a escuchar sin que cada encuentro se vuelva una ocasión para corregir.

«Nuevos comienzos» · PDF · 17 páginas
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El buen samaritanoun herido al costado del camino

El Evangelio de Lucas cuenta una historia que conocemos tanto que corremos el riesgo de dejar de oírla. Un hombre es asaltado y queda herido junto al camino. Un sacerdote lo ve y pasa de largo. Después hace lo mismo un levita. Finalmente, un samaritano se acerca, atiende sus heridas y se ocupa de que tenga dónde recuperarse (Lucas 10, 25–37).

Hay algo perturbador en la sencillez del relato. Quienes pasan de largo también lo han visto. Ver no alcanza.

Podemos reconocer el sufrimiento, nombrarlo correctamente, incluso sentir pena, y seguir nuestro recorrido. El samaritano introduce una interrupción: se acerca. Permite que la vida de un desconocido modifique lo que tenía previsto hacer con la suya. Leo esta parábola como una pregunta dirigida a mi propia fe. ¿Qué ocurre entre reconocer una herida y dejar que nos concierna?

Hoy el camino puede atravesar los Bosques de Palermo. Puede llegar hasta una puerta parroquial, un consultorio, una mesa familiar. Y la persona herida puede ser alguien cuya identidad hemos discutido durante horas sin escucharla nunca.

El relato no nos ofrece una entrevista previa para determinar si el herido merece ayuda. Tampoco hace depender el cuidado de una promesa de conversión. La urgencia del cuerpo interrumpe esas condiciones. Quizá por eso cuesta tanto hacernos prójimos. Implica abandonar, por un momento, la posición de quien clasifica desde lejos.

Y hay otra incomodidad: quien se acerca es un samaritano. El cuidado puede venir de alguien que nuestra comunidad no reconoce como modelo de fe. También necesitamos humildad para recibir esa enseñanza.

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Las primeras comunidades cristianasuna comunidad que recuerde de dónde viene

El cristianismo nació dentro del mundo judío, bajo dominio romano, y reunió desde temprano a personas de condiciones diversas. Sería una simplificación imaginar sus primeras comunidades como grupos sin conflictos, compuestos exclusivamente por pobres y perseguidos.

Pero en los textos que nos transmitieron hay una insistencia que no deberíamos domesticar: la atención a quienes quedan relegados, el compartir, la dignidad de quienes cuentan poco en las jerarquías de su tiempo.

Las primeras comunidades cristianas fueron dando forma a una manera de vivir la fe junto a otros: reunirse en las casas, compartir el pan, poner los bienes al servicio de las necesidades comunes (Hechos 2, 42–47). La vida de cada uno encontraba lugar en la preocupación de los demás. Volver a ese comienzo puede ayudarnos a recordar algo sencillo: una comunidad se construye cuando hay lugar en la mesa y alguien dispuesto a acompañar lo que nos toca vivir.

También sería poco honesto afirmar que el cristianismo nunca intentó conquistar ni imponer. Nuestra historia contiene formas de dominación que necesitamos reconocer. El retorno al Evangelio exige asumir esa historia y revisar lo que seguimos reproduciendo.

Anunciar una fe supone ofrecer una palabra que el otro pueda recibir libremente. El acompañamiento se corrompe cuando la ayuda lleva escondida una obligación de adhesión. Una persona debería poder encontrar abrigo en nuestras comunidades sin tener que convertirse en prueba de nuestro éxito religioso.

La fraternidad necesita esa gratuidad.

La visita de León XIV a Uruguay, Argentina y Perú

En unos días, León XIV visitará Uruguay, Argentina y Perú, en un viaje previsto del 6 al 17 de noviembre. Para quienes viven la fe católica será una ocasión significativa. Quisiera que también fuera una oportunidad para preguntarnos por las vidas que permanecen fuera de nuestras celebraciones. Podremos preparar encuentros, cantos y liturgias. Ojalá preparemos, además, una mayor disposición a escuchar lo que nos cuesta oír. Las voces de quienes han sido lastimados dentro de nuestras instituciones. Las de quienes se alejaron para poder respirar. Las de quienes nunca imaginaron que una iglesia pudiera ser un lugar seguro para ellos.

¿Qué haría Jesús hoy?después de la celebración

Me pregunto qué haría hoy el carpintero de Nazaret. La pregunta tiene un riesgo: responder demasiado rápido y conseguir que Jesús coincida, otra vez, con nosotros.

Prefiero dejar que sus gestos nos examinen. Mirar a quién se acerca, qué sufrimientos interrumpen su camino, qué usos del poder confronta. Preguntarnos qué tendríamos que cambiar para acompañarlo.

Pablo invita a vencer el mal con el bien (Romanos 12, 21). Esa orientación necesita tomar cuerpo: proteger a quien está en peligro, acompañar una denuncia, sostener redes de cuidado, revisar una práctica discriminatoria, intervenir cuando el desprecio circula en nuestra propia mesa.

Y escuchar a las personas trans como interlocutoras, con saberes, proyectos y demandas propias. Su lugar en esta conversación no puede quedar reducido al de víctimas que despiertan nuestra sensibilidad.

No tengo una respuesta suficiente para la violencia de nuestras sociedades. Desconfío de las soluciones que prometen resolverla con una consigna. Pero me preocupa que la dificultad termine convirtiéndose en una excusa para la resignación.

Hay algo que podemos empezar a hacer cerca. En la comunidad de la que formamos parte, en las palabras que elegimos, en el límite que ponemos a una burla, en la puerta que abrimos sin condiciones.

Quiero una fe que me ayude a permanecer sensible. Que me permita celebrar y, al mismo tiempo, advertir quién no ha podido llegar a la mesa. Que no convierta la tranquilidad de mi conciencia en su principal tarea.

La liturgia puede enseñarnos a agradecer, a compartir el pan, a reconocernos necesitados unos de otros. Quisiera que ese aprendizaje nos acompañara al salir del templo.

Porque afuera sigue habiendo alguien que tiene miedo.

Y sería triste haber hablado tanto del amor sin que esa persona encuentre dónde ponerse a salvo.

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Nadie compró una sanidad. Alguien sostuvo el pan del camino.

Jesús sanaba gratis, y con él andaba un grupo de personas, especialmente mujeres, que sostenía ese camino con sus bienes (Lucas 8:3). Lucas nombra a algunas de ellas: María Magdalena, Juana, Susana, «y otras muchas».

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