Me recuerdo a los catorce, quince años, sentado en el cuarto solo, dándole vueltas horas a esto: si yo había sido escogido para el cielo, ¿iría al cielo hiciera lo que hiciera? Y si no había sido escogido, ¿iría al infierno aunque viviera en santidad, intentando toda la vida ser cristiano?
Y mientras tanto, muchas generaciones jóvenes con miedo, sin entender o saber si la salvación se pierde o no se pierde. Mientras tanto, muchas personas viven una transacción moral activa y constante, intentando intercambiar «ser buenas» con tal de ganar un tiquete al cielo. Mientras tanto, muchas personas viven un cristianismo que, más que buscar vivir el amor de Dios, busca huir del infierno.
¿Qué dice la Biblia sobre perder la salvación?
Esa pregunta lleva cuatro siglos siendo una discusión entre tradiciones teológicas, cada una con su doctrina y sus textos.
De un lado, la tradición calvinista, con la doctrina de la perseverancia de los santos: el que fue salvado de verdad no se pierde, porque la salvación es obra de Dios de principio a fin. Su texto de cabecera es este:
«Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.»Juan 10:28 · Reina Valera 1960
Y con él van Romanos 8, Filipenses 1:6 y Efesios 1.
Del otro, la tradición arminiana, con la seguridad condicional: la salvación se recibe por gracia, pero la persona sigue siendo libre y puede abandonarla. Su texto de cabecera:
«Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento.»Hebreos 6:4-6 · Reina Valera 1960
Y con él van Hebreos 10:26, Gálatas 5:4 y la vid y los pámpanos de Juan 15.
Y no son solo dos. Los molinistas, desde el mismo siglo XVI y siguiendo al jesuita Luis de Molina, proponen que Dios sabe lo que cada persona haría libremente en cada circunstancia, y con ese conocimiento ordena el mundo sin forzar a nadie. El teísmo abierto de Gregory Boyd dice que el futuro está en parte abierto también para Dios, porque nos hizo libres de verdad. Cuatro siglos de seminarios y libros, y ahora videos de YouTube, en los que cada tradición le explica a la otra por qué sus textos no dicen lo que parecen decir.
¿Qué significa «predestinado» en la Biblia?
En medio de esa discusión, la palabra que a mí más me asustaba era una: predestinado.
La palabra sí está en la Biblia. Pablo la usa:
«Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo.»Romanos 8:29 · Reina Valera 1960
Lo que no está en la Biblia es la doctrina que yo aprendí: la de unos escogidos para el cielo y otros escogidos para el infierno desde antes de nacer. Esa es una construcción teológica que Calvino sistematizó en el siglo XVI. Que una palabra exista en la Biblia no quiere decir que la manera en que la interpretamos fuera la intención del autor al ponerla ahí.
Predestinado quiere decir destinado de antemano: creado con un propósito. Y en el relato fundante la humanidad entera fue creada con propósito. La humanidad entera, en Adán, cayó de ese destino. Y la humanidad entera, en Jesús, el segundo Adán, encuentra un horizonte para volver a él: ser hechos, como dice Pablo, conformes a la imagen de su Hijo.
A mí suele parecerme sospechoso que quienes predican que unos fueron escogidos para el cielo y otros para el infierno estén tan seguros de ser los escogidos desde antes de la fundación del mundo para ser salvados, los que van a ir al cielo. Los del infierno siempre son los demás.
Esa doctrina no produce fe. Produce lo contrario de lo que dice este texto:
«En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.»1 Juan 4:18 · Reina Valera 1960
Una fe sostenida por el miedo a perderse no produce santos. Produce personas asustadas. Personas que se visten como les dicen, hablan como les dicen y dejan de ir a donde les dicen, no porque hayan encontrado a Dios sino porque no quieren perderlo.
Dios espera que tus acciones las determine el amor, no el miedo. No busca atemorizarte con el infierno: busca brindarte su cielo en medio de tus dificultades. Dios no quiere tu terror. Quiere tu bienestar.
La pregunta que Jesús nunca se hizo
¿De verdad te imaginas a Jesús y a sus seguidores debatiendo miles de horas sobre calvinismo, arminianismo y predestinación?
Eran un grupo de campesinos, trabajadores del día a día, preocupados por el pan de cada día, que contaban cuentos de sembradores que salen a sembrar mientras vivían realidades de muerte y miedo, en medio de aldeanos que esperaban al mesías que arrasaría a Roma a espada. Esa pregunta no es de ellos. Es nuestra.
Lo de ellos era otra cosa. Cuando Jesús habló de perderse, no dio un tratado. Dijo esto de sí mismo:
«Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. […] Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.»Juan 6:37 y 6:39 · Reina Valera 1960
Fíjate quién tiene el trabajo de no perder. No dice «procuren no perderse». Dice «que no pierda yo nada». El que cuida de que nadie se pierda es él. La salvación de Dios no es algo que alcancemos. Es alguien que nos alcanza.
Judas y Pedro fallaron la misma noche
Queda la objeción de siempre, y es justa. Está bien que nadie me arrebate de la mano de Dios, pero ¿y si soy yo el que la suelta?
La noche de la última cena dos la soltaron.
Judas la soltó. Y esa misma noche Jesús hizo esto:
«Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos.»Juan 13:5 · Reina Valera 1960
Judas estaba ahí. Jesús le lavó los pies a Judas. Y un rato después, en la misma mesa:
«Y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote hijo de Simón.»Juan 13:26 · Reina Valera 1960
Darle a alguien el pan mojado, en una mesa de esa época, era un gesto de cercanía del anfitrión. Jesús sabía lo que Judas iba a hacer, y le lavó los pies y le dio el bocado. Lo amó hasta el final.
Pedro la soltó tres veces antes de que cantara el gallo. Y Jesús ya le había hablado de eso:
«Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.»Lucas 22:31-32 · Reina Valera 1960
«Una vez vuelto». Jesús no le dice a Pedro que no va a caer. Le dice que va a volver.
Ese gallo pudo haber sido un gallo de verdad, o pudo haber sido otra cosa. Los romanos dividían la noche en cuatro guardias y a la tercera la llamaban gallicinium, «canto del gallo»; el cambio de guardia en la fortaleza Antonia, pegada al templo, se anunciaba a esa hora con un toque de trompeta. Marcos usa esa misma lista de guardias cuando dice «al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana» (Marcos 13:35).
En cualquiera de los dos casos, Pedro negó a Jesús antes de que terminara la noche, y el sonido que le recordó sus tres negaciones era el mismo que anunciaba que ya venía el día. A mí el canto del gallo me recuerda las traiciones, haberlo negado más veces de las que pensé ser capaz. Pero también me anuncia la promesa del día nuevo. El gallo no canta para hundirte en la culpa: canta para anunciarte que la noche no es eterna.
Los dos fallaron. La diferencia está en lo que hizo cada uno con su falla.
Judas devolvió las monedas:
«Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!»Mateo 27:3-4 · Reina Valera 1960
La palabra que usa Mateo ahí, la que nuestra Biblia traduce «arrepentido», no es metanoia, la que el Nuevo Testamento usa para el arrepentimiento que cambia de camino. Es metamelomai: el pesar por lo que uno hizo. Y lo que sigue en la historia muestra cuál de los dos fue. Judas sintió el peso de lo que hizo, confesó «he pecado», y se lo confesó a las únicas personas que no tenían perdón para darle: a los que lo habían usado. «¡Allá tú!». Se quedó solo con su culpa, y no esperó al tercer día.
Pedro también se quebró:
«Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.»Lucas 22:61-62 · Reina Valera 1960
Lloró, se escondió, y cuando todo pasó volvió a lo único que sabía hacer: «Voy a pescar» (Juan 21:3). Pero el sepulcro vacío traía un mensaje con su nombre:
«Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo.»Marcos 16:7 · Reina Valera 1960
«Y a Pedro». El que lo negó es el único al que el ángel nombra. Y en la playa, después de desayunar, Jesús le preguntó tres veces si lo amaba, una por cada negación, y tres veces le encargó sus ovejas (Juan 21:15-17). Ni un reproche. Tres preguntas y un trabajo.
Los dos fallaron la misma noche. La diferencia no fue el tamaño de la falla: fue que Pedro se quedó, con su vergüenza encima, hasta que el perdón fue a buscarlo a la playa.
Jesús no ama para que nos arrepintamos. Ama porque es su naturaleza. Y sea cual fuere nuestra decisión, sigue amando.
¿Se puede perder la gracia de Dios?
Por eso «nadie las arrebatará de mi mano» no es un argumento para ganar un debate. Es lo que le dice un pastor a una oveja asustada. Y Pablo dice lo mismo con una lista:
«Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.»Romanos 8:38-39 · Reina Valera 1960
Ni ninguna otra cosa creada. Tú eres una cosa creada. Yo también. Ni tú ni yo podemos hacer que ese amor deje de alcanzarnos.
No hay nada que yo pueda hacer que le haga amarme más. No hay nada que yo pueda hacer que le haga amarme menos. No es una doctrina la que nos sostiene. Es una mano la que nos sostiene. La mano eterna de Dios, que siempre quiere amarnos y con su amor salvarnos.
Que si se pierde, que si no se pierde: la salvación se vive
Me importa muy poco si la salvación se pierde o no. Mi ocupación y mi foco están puestos en vivir y enseñar una salvación cotidiana, una que ocurre hoy, porque el reino de Dios ya vino, está entre nosotros, ha caído sobre toda carne, y nos resucita de las muertes que la realidad cultural, religiosa y política nos imprime.
Una vez estaba sentado en la Plaza Minorista, en Medellín, esperando mi almuerzo. No es un lugar elegante, pero venden el mejor pescado de la ciudad: un pedazo de bagre frito, un caldo que de solo recordarlo se me hace agua la boca, arroz, ensalada y toda la limonada que uno quiera. Un muchacho pasó vendiendo galletas. Ese día tuve con qué, y lo invité a sentarse y a pedir un almuerzo también. No tenía cómo almorzar; estaba resignado a no comer, porque tenía que llevar la mayor cantidad de plata posible a su casa.
Se sentó con los ojos encharcados. Conversamos de su vida, nos reímos un rato, le conté mis propios momentos difíciles y cómo Dios me había sostenido en ellos. Oré por él. Le dije que podía acercarse a Dios sin que nadie lo guiara, y lo invité a caminar con Jesús en su vida de todos los días.
Meses después me llegó su solicitud de amistad en Facebook. Me agradeció por ese día, por el almuerzo y la conversación, y me contó lo mucho que estaba buscando a Jesús desde entonces.
No hubo infierno de por medio. No hubo un «usted es un depravado pecador». Hubo empatía, solidaridad y dignidad, y ahí estaba el evangelio. Eso es la salvación que se vive: la que llega en un almuerzo, en un perdón, en alguien que no aguantaba más y encuentra en ti un lugar seguro. De qué nos salva Dios a cada uno, lo escribí en ¿de qué nos salva Dios?.
A mí el evangelio me ha venido salvando hace muchos años. Me salvó de la realidad absurda del conflicto colombiano, me salvó de una vida alienada, me salvó de la indolencia del desamor. Y me sigue salvando, a diario. Por andar asustados de la condenación eterna nos estamos perdiendo la buena noticia de la salvación de hoy.
La condenación no es lo que viene después. Es la oscuridad en la que ya vivíamos. Jesús es la luz que la interrumpe:
«Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.»Juan 3:17 · Reina Valera 1960
Encontrarme con el Jesús del evangelio me ha hecho pensar menos en la vida después de la muerte y más en la muerte que vivimos en vida, y en la vida que él nos trae sobre esa muerte. Vivir a Jesús hoy es la única garantía de seguir viviendo a Jesús siempre. Lo demás, lo que venga después, vendrá sin importar cuánto lo discutamos.
Si llevas años viviéndote condenado
Así que si llevas años viviéndote condenado, respira. Esto es para ti.
El evangelio no comienza con una amenaza. Comienza con una cercanía. Un maestro que dijo que su trabajo era no perder a nadie, que lava los pies del que lo va a entregar, una mano de la que nadie te puede arrebatar. Dios nunca te va a soltar.
Si lo que necesitas hoy es que alguien te diga que no estás condenado, empieza por aquí.
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Que si se pierde, que si no se pierde: la salvación se vive.
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