Yo no tenía nada inteligente que decirle.
Lo que hice fue escucharla. Después oré por ella. Y le insistí en una sola cosa: que Dios no estaba ahí para castigarla ni para echarla al infierno, sino para abrazarla y acompañarla en medio de lo que estaba viviendo. Que la idea de Dios, desde siempre, ha sido estar en medio de lo difícil para nosotros, que quiere cambiar nuestro miedo y dolor y culpa en realidades de bienestar y amor.
Si escribiste esa pregunta en el buscador, lo más probable es que estés donde estaba ella.
Ella creía que el cuerpo estaba dictando sentencia
Eso es lo que hace la teología del castigo: convierte cualquier cosa que te pase en la factura. En la cuenta de cobro que Dios te pasa para recordarte cuán mala persona eres, y cuán digno o digna de condenación.
El sangrado no era Dios cobrando venganza. Era su cuerpo, que acababa de pasar por una cirugía clandestina. En nuestros países eso es un negocio, y de los grandes: sin asepsia, sin control, sin un cuidado intencional por el bienestar de la mujer. Entra, paga, corta, sale.
Y no es un caso raro. La Organización Mundial de la Salud calcula que la mayoría de los abortos que se practican en América Latina y África son peligrosos: unos tres de cada cuatro. Y que cada año siete millones de mujeres de países en desarrollo terminan hospitalizadas por las complicaciones.
Si estás leyendo esto con esa misma idea encima, no la sacaste del evangelio. Te la enseñaron.
Los gritos a la entrada, la soledad de la salida
Hay una imagen que no me puedo sacar de la cabeza, y tiene que ver con la entrada de las clínicas legales de aborto en países como Estados Unidos.
A la entrada hay gente gritando. Gritándoles que es pecado lo que van a hacer. Intentando persuadirlas de que no entren, intentando culpabilizarlas, intentando que el miedo haga el trabajo. Es la teología del miedo aplicada en la puerta, contra una mujer que llega decidida y que casi siempre llega sola.
Y a la salida no hay nadie.
Nadie se queda a esperarla. No hay una mano que la abrace, no hay una cercanía para la mujer que ya hizo lo que hizo. Los mismos que gritaban a la entrada ya no están. Porque el grito era contra la decisión, no a favor de ella.
Yo he pensado mucho en qué haría si me encontrara a una mujer entrando a ese lugar. Le regalaría mi empatía. Buscaría conocer un poco más de su historia y de las razones de su decisión. Daría todo lo que estuviera en mis manos, me pondría a su servicio, e intentaría que en esa empatía y en esa ayuda ella no tomara esa decisión.
Pero sin amenazas de infierno. Ya es suficiente infierno pasar por una ruptura, por el señalamiento de la sociedad y por la culpa propia.
Y si al fin decide entrar, la esperaría. Si ella me lo permite, la abrazaría. Y daría todo lo que estuviera a mi disposición para que tenga bienestar físico y emocional.
Porque en esa soledad de la salida —acompañada por alguien conocido, tal vez, o por nadie— está la figura de un Jesús lleno de empatía que la abraza con amor para borrarle la vergüenza.
Si tú saliste de un lugar así y no había nadie esperándote, eso es lo que quiero que sepas: sí había alguien. Aunque no lo vieras y aunque nadie te lo haya dicho después.
Un Dios que se baja de los pedestales
Lo que yo creo de Dios es esto: que Jesús es la imagen de un Dios que se baja de los pedestales para habitar con nosotros y con nosotras en nuestro día a día. No uno que mira desde arriba a ver quién falla.
Por eso lo que a esa muchacha le hacía falta esa noche no era un veredicto. Era el rostro compasivo, acompañante, abrazador y empático de Dios en medio de las dudas y de las culpas.
He orado muchas veces por las mujeres que han abortado, y siempre pido dos cosas. Que se encuentren con el abrazo de Dios y se sepan amadas. Y que Dios las sane del dolor físico, y también de las dolencias sociales: las de la familia, las de los amigos, y las de los cristianos que las rechazan, las condenan y las llenan de discursos de odio.
Si eres una de ellas, esa oración es por ti.
Aclaremos algo
No estoy de acuerdo con el aborto. Lo he dicho muchas veces y lo sigo diciendo, y este artículo no viene a proponerlo, ni a defenderlo, ni a decir que da lo mismo.
Viene a otra cosa. Porque el debate no es si estamos o no de acuerdo: ya es una realidad, y el tamaño de esa realidad se puede medir. La Organización Mundial de la Salud calcula 73 millones de abortos al año en el mundo. Tres de cada diez embarazos terminan así. Y América Latina tiene la tasa más alta del planeta.
Setenta y tres millones. Eso ocurre todos los días, y ocurre también dentro de nuestras iglesias aunque no nos demos cuenta, o nos hagamos los que no nos damos cuenta. Y frente a alguien que ya está adentro de esa realidad, la pregunta cristiana deja de ser cómo condenarla mejor.
Y antes de seguir hay que poner un texto completo, porque solemos citar la mitad:
«Como está escrito: No hay justo, ni aun uno.»Romanos 3:10 · Reina Valera 1960
«por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia.»Romanos 3:23-24 · Reina Valera 1960
Ni aun uno. Ahí no hay lista de casos, ni escalafón de gravedades: estamos todos adentro, y estamos adentro por la misma razón.
Entonces sí, la mujer que abortó es pecadora. Pero no por haber abortado. Lo es exactamente por lo mismo que tú y que yo: ser pecador tiene que ver con ser humano.
Y por eso mismo quedamos justificados todos por lo mismo, que no es nuestro comportamiento.
Qué lleva a una mujer hasta ahí
Las razones casi nunca son las que se suponen desde afuera.
Es que no tiene con quién contar. Es la falta de oportunidades, y eso lo niega mucha gente de clase media que jamás ha pisado las periferias de nuestras ciudades. Es la certeza de que ese niño o esa niña no va a tener dónde vivir bien. Es una violación, a veces del propio familiar.
Y hay una que nos toca de frente: hay mujeres que abortan para que su comunidad eclesial no se entere. Porque ya vieron cómo quedan marcadas las que resultan embarazadas sin estar casadas, y saben que esa marca no se borra con los años. El discurso que iba a cuidar la moral terminó empujando la decisión que decía combatir.
Los hombres también abortan
Y en esa cuenta falta alguien.
Un hombre aborta cuando abandona a su suerte a la mujer que dejó embarazada. Cuando tiene sexo sin pensar en anticonceptivos ni en las consecuencias. Cuando no pone medio dólar para lo que ella necesita. Cuando la maltrata física, emocional o psicológicamente durante ese embarazo. Cuando no aporta un ambiente de bienestar para ella y para el bebé, siga o no siga con ella.
Todo eso empuja hacia la misma puerta. Pero al final la cuenta se le pasa a una sola persona, y al otro no le pasa nada.
Lo que nos toca
Nos volvimos expertos en pelear por los derechos de los no nacidos y nos descuidamos en accionar el amor en unas sociedades que no dan bienestar. Ese desbalance deja ver una moralidad endeble.
Gritar en la puerta es lo más fácil y lo más inútil que podemos hacer. El lugar de la iglesia es construir una realidad social donde tomar esa decisión sea cada vez menos factible. Y eso se hace con acompañamiento, con oportunidades, con comida, con una comunidad donde una mujer embarazada y sola no tenga que esconderse.
Es el amor el que transforma, no nuestras acusaciones.
Cada quien va a vivir su propio proceso
A ti te espera lo mismo que a todos: tu propio proceso. El camino con Jesús irá transformando lo que haya por transformar, paso a paso, poco a poco, día a día. Igual que a quienes no han abortado ni lo piensan como posibilidad.
El evangelio no es una fábrica de cristianos en serie. Cada quien vive a Jesús desde su propia realidad, y cada quien está en un momento distinto del camino.
En ese camino, en ese proceso, en esa progresión de altibajos constantes que llamamos vida, Dios nos recuerda que busca estar cerca en cada momento —aunque sean momentos difíciles y oscuros— para brindarnos su abrazo, su ternura y su amor inquebrantable.
Entonces sí
Volvamos a tu pregunta, que es con la que llegaste.
Sí. Dios te perdona.
Somos justificados y justificadas sea cual fuere la categoría moral que le demos a nuestras fallas humanas. El perdón nunca dependió de esa escala.
Si tu pregunta empieza con otro «si» —si fui infiel, si le fallé, si peco muchas veces—, esa la respondí completa en ¿Dios me perdona si…?.
Dios te sigue amando, te acerca, te dignifica. Le sigues importando como siempre. Dios no para de amarte.
https://teocotidiana.org/dios-me-perdona-si-aborte/
La versión corta salió en Instagram
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