
Somos la generación que creció buscando ser santos para ser bendecidos con un buen matrimonio, con prosperidad y con bienestar.
Crecimos, y nos dimos cuenta de que, así lucháramos por ser moralmente perfectos, a veces la vida se vuelve un desastre. Aparece el cáncer que no anunció su llegada, y del que nos dimos cuenta cuando ya era tarde. La inversión no da ni para pagar los préstamos. Y en las festividades falta el hermano, el papá, el abuelo o el amigo.
La promesa al revés
Si portarse bien trae la bendición, lo malo tiene que ser culpa de alguien que está fallando. En muchos sermones te dicen: «Tu familia no ha recibido la sanidad que Dios quiere darle porque sigues viviendo de tal o cual manera. No has dado suficiente, no has cambiado suficiente, no has obedecido suficiente».
Así, en medio del golpe de las situaciones adversas, uno termina revisando también su vida en busca del pecado oculto que explique lo que está pasando.
Graneros llenos
En el Deuteronomio, la bendición se medía en lluvia. Israel vivía de sembrar, y Dios le prometió que, si obedecía, iba a enviar «la lluvia oportuna sobre su tierra, en otoño y en primavera, para que obtengan el trigo, el vino nuevo y el aceite» (Deuteronomio 11:14). Y si el pueblo adoraba a otros dioses, Dios iba a cerrar los cielos para que no lloviera (Deuteronomio 11:17). Era una promesa para el pueblo entero.
En Proverbios, esa misma cuenta llega al granero de cada casa:
«Honra al Señor con tus riquezas y con los primeros frutos de tus cosechas. Así tus graneros se llenarán a reventar y tus bodegas rebosarán de vino nuevo.»Proverbios 3:9-10 · Nueva Versión Internacional
Los proverbios son refranes. Dicen cómo suele ir la vida, como el «al que madruga Dios le ayuda» de nuestras abuelas. Pero cualquiera conoce a alguien que madruga a trabajar todos los días y aun así no completa para el arriendo. La misma Biblia que guarda esos refranes guarda también al Eclesiastés, que vio «hombres justos a quienes su justicia los destruye y hombres malvados a quienes su maldad les alarga la vida» (Eclesiastés 7:15).
El evangelio de la prosperidad leyó los refranes y dejó de leer al Eclesiastés. Convirtió el proverbio en un contrato: si das, Dios tiene que devolverte; si «siembras» billetes en la ofrenda, la cosecha tiene que llegar; y si todavía no tienes carro, es porque el diablo te tiene atado. Esa predicación crece donde hay necesidad, y ahí la vulnerabilidad se vuelve negocio: a quien tiene menos le piden que siembre «sin medida» para alcanzar el milagro.
Un hombre bueno
«En la región de Uz había un hombre íntegro e intachable que temía a Dios y vivía apartado del mal. Este hombre se llamaba Job.»Job 1:1 · Nueva Versión Internacional
En un mismo día, Job lo perdió casi todo. Unos asaltantes se llevaron los bueyes y los asnos, otros se llevaron los camellos, y mataron a los criados. Un fuego que cayó del cielo quemó las ovejas. Un viento fuerte del desierto derribó la casa en la que sus siete hijos y sus tres hijas estaban de banquete. Murieron todos. Después le salieron úlceras desde la planta de los pies hasta la coronilla, y Job se sentó en medio de las cenizas a rascarse con un pedazo de teja.
Siete días en el suelo
Tres amigos se enteraron y salieron cada uno de su lugar para acompañarlo: Elifaz, Bildad y Zofar. Cuando lo vieron de lejos casi no lo reconocieron, y se echaron a llorar a gritos.
«Y durante siete días y siete noches se sentaron en el suelo para hacerle compañía. Ninguno de ellos se atrevía a decirle nada, pues veían cuán grande era su sufrimiento.»Job 2:13 · Nueva Versión Internacional
Después Job rompió el silencio para maldecir el día en que nació (Job 3:1), y los amigos empezaron a hablar. El primero fue Elifaz:
«Ponte a pensar: ¿Quién que sea inocente ha perecido? ¿Cuándo se ha destruido a la gente intachable? La experiencia me ha enseñado que los que siembran maldad cosechan desventura.»Job 4:7-8 · Nueva Versión Internacional
La mayor parte del libro de Job es un poema, una conversación larga entre él y sus amigos. Casi todo lo bonito que se dice sobre Dios sale de la boca de los amigos, y varias de esas frases han terminado en las tarjeticas con versículos de promesas que se reparten en las iglesias. Fueron ellos quienes defendieron la «soberanía» de Dios, la idea de que Dios manda sobre todo y nadie tiene derecho a reclamarle, sin saber en carne propia lo que sufría Job.
Job, en cambio, reclamó:
«¡Ya estoy harto de esta vida! Por eso doy rienda suelta a mi queja; desahogo la amargura de mi alma. Le he dicho a Dios: No me condenes. Dime qué es lo que tienes contra mí.»Job 10:1-2 · Nueva Versión Internacional
Desde la tempestad
Casi al final de sus discursos, Job pidió una respuesta como quien pone una demanda ante un juez: «Estampo aquí mi firma; que me responda el Todopoderoso» (Job 31:35). Y Dios le respondió desde la tempestad (Job 38:1), con una pregunta detrás de otra:
«¿Dónde estabas cuando puse las bases de la tierra? ¡Dímelo, si de veras sabes tanto!»Job 38:4 · Nueva Versión Internacional
Durante cuatro capítulos le preguntó quién le había puesto límites al mar, si era Job quien alimentaba a los cuervos cuando sus crías andaban sin comida (Job 38:8-11 y 38:41) y quién mandaba las lluvias torrenciales «para regar regiones despobladas, desiertos donde nadie vive» (Job 38:25-26). En el Deuteronomio, la lluvia era la recompensa del pueblo que obedecía. Aquí cae donde nadie puede merecerla, para que brote la hierba (Job 38:27).
Pero en ninguno de esos capítulos Dios le explicó a Job por qué se le habían muerto los hijos. No le habló de ningún pecado ni de ningún castigo. Lo que sí hizo fue responderle, que era lo que Job había pedido. A mitad de camino, Job apenas contestó: «¡Me tapo la boca con la mano!» (Job 40:4).
Al final del libro, Dios se dirigió a Elifaz:
«Estoy muy enojado contigo y con tus dos amigos porque, a diferencia de mi siervo Job, lo que ustedes han hablado de mí no es verdad.»Job 42:7 · Nueva Versión Internacional
Creo que lo falso era la cuenta que Elifaz y sus dos amigos le repitieron de muchas maneras: si a Job le iba mal, algo habría sembrado. Bildad llegó a decirle que, si sus hijos habían pecado, Dios «les dio lo que su pecado merecía» (Job 8:4). Dios les pidió entonces a los tres amigos que fueran donde Job a ofrecer un sacrificio por ellos mismos, y les dijo que Job, el hombre al que habían acusado, iba a orar por ellos (Job 42:8).
Tu relación con Dios no la determinan la iglesia, ni los dogmas, ni los amigos que te explican por qué te pasa lo que te pasa. Job reclamó, y terminó diciendo: «De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos» (Job 42:5).
Una vez busqué a propósito hablar con una familia a la que se le había muerto una hija de unos seis años. Fue devastador para ellos. Lo que les decían en la iglesia, en los lugares de la fe, era que todo pasaba por algo, que todo tenía un propósito, que Dios les iba a dar algo mejor después. Y ellos me dijeron: «Nosotros no queremos algo mejor. Queremos a nuestra hija. No hay nada que Dios nos pueda dar que sea mejor que el tiempo que podíamos disfrutar con ella».
Les hablé de Job. Les conté que en ese libro quien cuestiona a Dios es Job, y que los versículos bonitos para cuidar la soberanía divina los dicen los amigos. Que la conversación de Dios con Job nace precisamente de la confrontación, de la inconformidad de Job con lo que estaba viviendo. Les dije que podían ser inconformes, que podían cuestionar a Dios, y que Dios iba a salir a su encuentro a conversar con ellos sobre esas inconformidades. Quienes cuidaron la soberanía divina no fueron reconocidos por Dios. Quien cuestionó fue encontrado justo.
La torre de Siloé
Unas personas le contaron a Jesús que Pilato, el gobernador romano de Judea, había matado a unos galileos mientras ofrecían sus sacrificios. Jesús les contestó: «¿Piensan ustedes que esos galileos por haber sufrido así eran más pecadores que todos los demás galileos? ¡Les digo que no!» (Lucas 13:2-3). Y él mismo trajo otro caso, esta vez un accidente:
«¿O piensan que aquellos dieciocho que fueron aplastados por la torre de Siloé eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? ¡Les digo que no!»Lucas 13:4-5 · Nueva Versión Internacional
Siloé era un sector del sur de Jerusalén, junto a un estanque del mismo nombre. Jesús no explicó por qué se cayó la torre, ni por qué murieron esas dieciocho personas y no otras. A los muertos les quitó la sospecha de que se lo merecían.
Después de una tragedia, como los temblores fuertes que hace poco vivieron varios países del continente, hay una frase que sale casi automática: «Gracias a Dios estás bien». Es alivio, es cariño, es gratitud porque alguien que queremos está a salvo. Pero me cuesta decirla, porque en medio de esa alegría también están quienes perdieron su casa, quienes resultaron heridos y quienes todavía no saben qué hacer con lo que les pasó. Y no quiero que mi gratitud por unos termine convirtiéndose, sin querer, en una explicación sobre los otros.
No sé por qué unos salen ilesos y otros no. Pero Jesús no caminó entre quienes sufrían en su tiempo buscando a quién culpar. Caminó entre ellos para acompañarlos, consolarlos y devolverles la dignidad.
Un entierro en Naín
Jesús llegó a Naín, un pueblo al sur de Nazaret, y a la entrada se encontró con un entierro. El muerto era el hijo único de una viuda, y mucha gente del pueblo iba con ella (Lucas 7:11-12).
En ese tiempo, la herencia de un hombre pasaba a sus hijos varones, y una viuda dependía de ellos para comer y tener techo. Quien respondía por ella era el muchacho que estaban enterrando.
Al ver a la mujer, Jesús se compadeció de ella (Lucas 7:13). La palabra griega que usó Lucas viene de la que nombra las entrañas: a Jesús se le movieron las tripas por esa mamá.
«Entonces se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: —Joven, ¡te ordeno que te levantes! El que había estado muerto se incorporó y comenzó a hablar; luego Jesús se lo entregó a su madre.»Lucas 7:14-15 · Nueva Versión Internacional
Dios entiende
Entonces, ¿por qué a la gente buena le pasan cosas malas? No tengo una explicación sencilla para el dolor, y creo que sería irrespetuoso convertirlo en una respuesta religiosa fácil. La vida es azarosa, no está trazada, y las rutinas se nos interrumpen con momentos tristes sin que se nos pida permiso.
Creo que, cuando la vida se vuelve un desastre, Dios entiende lo que te pasa, y no te pone deberes ni exigencias para estar contigo. Simplemente está, es y acompaña, porque es un Dios familiar, cercano, amor.
Dios no está en nuestra historia para garantizar que no haya momentos de tristeza. Está para consolar cuando hay muerte, cuando hay sufrimiento y dolor, cuando hay malestar en vez de bienestar. Y Dios sabe lo que es sufrir, porque en Jesús vivió la pobreza y supo cómo duelen el cuerpo y el alma.
Soy ateo de cualquier dios que disfruta de la crueldad, que se gloría del sufrimiento y que mira de lejos, con desdén, la pequeñez y la debilidad humana.
Siéntate a su lado
Y si eres tú quien está pasando por algo así: lo que estás viviendo no es una lección que Dios te puso, y mucho menos un castigo. Necesitas un grupo de apoyo, de familia y de amigos, que te recoja cuando no puedas más.
Y si eres de quienes acompañan: «Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran», escribió el apóstol Pablo (Romanos 12:15). Si alguien que quieres está en la sala de espera de un hospital, en el entierro de su mamá o haciendo cuentas porque lo echaron del trabajo, no le busques la culpa, el pecado, ni la lección. Siéntate a su lado. Llévale algo de comer. Pregúntale qué necesita.
A Job lo acompañaron mejor siete días de silencio que todos los discursos de sus amigos.
Cada semana escribo sobre Jesús, la iglesia y la vida real. Si quieres que te llegue, deja tu correo.
Revisa tu correo y confirma — ahí va el capítulo.
Cada artículo nuevo también sale en el canal de WhatsApp. Síguelo y te llega ahí, sin depender de ningún algoritmo.
Seguir el canal en WhatsAppSi algo de esto te sirvió, te habló al corazón o quieres contarme tu historia, escríbeme a teocotidiana [arroba] gmail.com.
https://teocotidiana.org/por-que-a-la-gente-buena-le-pasan-cosas-malas/
Todos los días hay algo nuevo en Instagram y en Facebook.






