Escribe «Dios me perdona si» en el buscador de Google, y el buscador termina la frase solo:
si aborto · si fui infiel · si le fallé · si me arrepiento · si peco muchas veces · si me quito la vida · si cometí adulterio · si juré en vano.
Eso no lo escribe alguien con curiosidad teológica. Eso lo busca alguien que se sabe de memoria el número del pastor y no lo marca. O bien por vergüenza, o bien por miedo, o bien porque ocupa un lugar en el liderazgo y dejar notar que hay fallas y pecados podría automáticamente sacarle de los lugares de servicio y privilegio que tanto le ha costado construir en la iglesia.
Y ninguna de esas búsquedas pregunta si Dios perdona. Todas preguntan si perdona eso. Como si hubiera una lista, y como si el que pregunta ya sospechara que lo suyo quedó por fuera.
De dónde salió la lista
La lista no la inventó Google. La aprendimos: que después de equivocarnos toca alejarse un rato, esconderse, castigarse, o hacer suficientes cosas buenas para volver a sentirse cerca de Dios.
Y así el perdón deja de ser un regalo y se vuelve un trámite con requisitos. Hay que llorar lo suficiente. Hay que sentir el remordimiento adecuado. Hay que aguantar un tiempo prudente antes de volver a acercarse.
Se nota en cosas chiquitas. La persona sigue yendo a la iglesia, sigue cantando, pero cuando pasan la copa por la fila la deja pasar. Nadie le dijo nada. Ella sola se puso en la lista de los que no. De quienes ya «abusaron» de la gracia, y a los que Dios no va a tener más en cuenta ni va a amar más.
Pero el amor de Dios no funciona así. No hay nada que puedas hacer que haga que Dios te ame menos. Y tampoco hay nada que puedas hacer que haga que Dios te ame más. Su amor no aumenta cuando aciertas ni disminuye cuando fallas.
Quizá te dijeron que si hacías eso que hiciste, Dios se iba a alejar de ti. El evangelio muestra otra cosa: un Dios que se acerca, que busca, que levanta, que abraza.
El papá que sale corriendo
El hijo de la parábola se gastó todo y terminó cuidando cerdos. Y arma un discurso para volver:
«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.»Lucas 15:18-19 · Reina Valera 1960
Ese es el guion. Se lo aprendió en el camino. Va a pedir que lo bajen de hijo a empleado, porque en su cabeza el que falla ya no puede seguir siendo hijo.
Y entonces pasa esto:
«Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.»Lucas 15:20 · Reina Valera 1960
Cuando aún estaba lejos. El papá no esperó a que llegara, no esperó a oír el discurso, no esperó a evaluar si el arrepentimiento era sincero. Salió corriendo cuando todavía era un punto a lo lejos del camino.
El hijo igual alcanza a decir su frase. Y el papá ni la contesta: se voltea y pide el mejor vestido, un anillo y unos zapatos. Le devuelve el lugar antes de que él termine de pedir perdón.
Y entonces, ¿cómo sé si Dios me perdonó?
Esa es la otra pregunta que la gente escribe. Y lo que anda buscando quien la escribe es un recibo: una señal, una paz que llegue, una sensación distinta al despertarse. Como esa sensación no llega —o llega y a los tres días se va—, concluye que el perdón no se dio, no se concretó, sigue faltando algo.
Pero estás buscando el comprobante de algo que no se cobra. Si el perdón dependiera de que lo sientas, entonces dependería de tu estado de ánimo, de si dormiste bien, de si ese día te acordaste. Y no depende de eso.
Dios no está esperando el momento para señalar tu caída. Está ahí, en medio de ella, para levantarte.
Cambiar por miedo
Nada de esto significa que dé lo mismo lo que hagamos. Hay consecuencias sobre nuestras acciones, sobre lo que decidimos y sobre lo que no decidimos, y no se borran porque Dios perdone.
Lo que sí hay que sacar del panorama es la idea de que esas consecuencias son el castigo. Asumir las consecuencias no es un castigo de Dios. Dios quiere acompañarnos en medio de ellas, para que aprendamos a ser mejores personas en lo que decidimos, en lo que hacemos y en cómo tratamos al otro.
La culpa puede modificar conductas por un tiempo. La vergüenza puede producir obediencia momentánea. Pero ninguna de las dos tiene el poder de renovar el corazón. Cambiar por miedo nunca ha transformado profundamente a nadie.
Por eso Jesús no empezó señalando personas. Empezó caminando con ellas.
El evangelio no dice «cambia y entonces Dios te amará». El evangelio dice «Dios te ama, ahora camina con él». No somos aceptados porque cambiamos: empezamos a cambiar porque descubrimos que ya fuimos aceptados. Es lo mismo que está en juego cuando preguntamos de qué nos salva Dios.
Si tu pregunta está en esa lista
Si abortaste. Si fuiste infiel. Si sostuviste una mentira durante años. Si le fallaste a alguien que confiaba en ti. Si llevas tanto tiempo cayendo en lo mismo que ya te da pena volver a pedir perdón por lo mismo.
No tienes que aprenderte un discurso bien elaborado o una oración perfecta. No tienes que sentir lo que crees que deberías estar sintiendo. No tienes que esperar a estar limpio para acercarte.
El hijo traía el suyo aprendido, y el papá lo vio primero. Eso es lo que dice el texto: lo vio cuando aún estaba lejos. Y para ver a alguien cuando todavía es un punto a lo lejos del camino, hay que llevar rato mirando. Todos los días. Por si acaso.
Dios se mueve para abrazarte en medio de tus fallas, te recibe, te incluye… Te perdona.