Me llamó una compañera de trabajo. Se le había muerto una sobrina.
Y lo que más le preocupaba a la familia, por encima de todo, no era el vacío ni la pregunta de qué se habría podido hacer distinto. Era si la niña se había ido para el infierno.
Tenía once años.
Eso es lo que la tradición enseña sobre quien muere así: que se va al castigo eterno, a unas llamas que arden literalmente, en un cuerpo que ya no encuentra el alivio de la muerte. Esa familia, además de enterrar a una niña de once años que tuvo que haber vivido momentos muy difíciles para llegar a quitarse la vida, tuvo que vivir con la idea de que su alma iba a estar en sufrimiento incesante por los siglos de los siglos.
Mientras pensaba en ella no podía dejar de pensar en mi propio hijo. ¿Qué podría llevarlo algún día hasta ahí? ¿Qué puedo hacer para que sus pensamientos estén lejos de esa idea? Porque nuestros niños y nuestras niñas no son el reflejo solamente de la familia en la que nacen: son el reflejo de la sociedad entera, de las realidades que les heredamos, de nuestras alegrías y de nuestras tristezas.
Y no pasa solamente con el suicidio. Pasa con el que murió de una sobredosis. Con el que se cayó borracho en una calle a la que nadie se asoma en las noches. Con el que se fue después de una vida que a la familia y los vecinos les pareció un desastre. Hay muertes que la gente lee como una sentencia, y a esas personas las enterramos con la etiqueta puesta: murieron malditas. Y la etiqueta no se entierra con ellas: se queda en la casa, pegada a los que se quedaron.
Te lo contesto antes de explicártelo, por si no llegas hasta el final: no, el suicidio no es el pecado imperdonable. Esa categoría existe en la Biblia, pero habla de otra cosa, y más abajo la leemos entera.
El suicidio es un tabú dentro de los esquemas de pensamiento evangélico. Casi nunca se habla de esto, y cuando al fin se toca el tema es sobre todo para hablar de condenación: desde el miedo, desde la amenaza, desde la insistencia en el infierno eterno.
Y lo peor no es solo que sean crueles. Es que no funcionan. No dan la esperanza que sí puede dar el evangelio. Asustan, pero no aportan en imprimir bienestar o en acompañar y abrazar el corazón desesperado.
¿Qué pasa con los que se suicidan? ¿A dónde van? Hay preguntas que la iglesia aprendió a responder demasiado rápido, en automático, casi como un cálculo seco uno más uno igual a dos. Y sin empatía, sin alma, sin solidaridad por la familia que sufre, sin un filtro que permita el acercamiento a personas que tienen pensamientos suicidas.
Tengo que decirte desde dónde hablo, porque no vengo a opinar sobre algo que no conozco. Me recuerdo a los catorce, quince años, solo en el cuarto, dándole vueltas horas a esto: si yo había sido escogido para el cielo, ¿iría al cielo a pesar de ser suicida? Y si no había sido escogido, ¿iría al infierno a pesar de no haberme suicidado, a pesar de intentar toda la vida ser cristiano?
Mira la trampa: por cualquiera de los dos caminos, condenado. Y no me la puso la tristeza. Me la puso la doctrina.
La teología que condena es un armazón de miedo que se basa en atemorizar a las personas para empujarlas a tomar decisiones morales, no desde el amor y el bienestar del evangelio y la experiencia transformadora de la relación con Dios, sino desde la certeza de que si se hace algo vamos a despertar en el infierno. Una transacción moral: me porto bien para que no me castiguen.
Suelo vivir a Dios más desde la cercanía relacional. Dios papá (y mamá) que me ama y a quien amo, y que me guía a tomar decisiones en bienestar a base de ese amor, no con un discurso incuestionable de miedo infundado.
El suicidio no es el pecado imperdonable
Casi todas las personas que en el buscador de Google escriben sobre este tema lo hacen para saber si el suicidio es un pecado imperdonable. Una de las frases más buscadas al respecto de este tema y la fe es «¿el suicidio es un pecado imperdonable?». Con esa pregunta llega la gente. No llega preguntando por el duelo, ni por la depresión, ni por cómo acompañar a la familia que quedó. Llega preguntando si hay perdón.
Esa categoría de «pecado imperdonable» existe, pero habla de otra cosa. Y está en un solo lugar:
«Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada.»Mateo 12:31 · Reina Valera 1960
La primera mitad es la que nadie cita. Todo pecado será perdonado. Una sola excepción, nombrada con precisión. No hay lista. No hay segundo renglón. La palabra suicidio no aparece ahí ni de cerca, y tampoco la adicción, ni la calle, ni la vida desordenada.
Mira a quién se lo dijo. No se lo dijo a una persona desesperada en medio de un desorden de ansiedad, o teniendo que vivir las crisis económicas de nuestros países pobres. Se lo dijo a los fariseos, los intérpretes oficiales de la ley, que llevaban rato buscándole la caída: que por qué sus discípulos arrancaron espigas un sábado teniendo hambre, que si acaso era legal sanarle la mano seca a un hombre en día de reposo. Y cuando Jesús le devolvió la vista y la voz a un hombre atormentado, delante de todo el mundo, ellos se metieron entre la gente a decir que eso lo hacía en nombre de Beelzebú, un dios falso. Ahí, contra ellos, es que Jesús habla del pecado que no se perdona.
Ese texto no habla de tiquetes para el cielo ni de puestos en el infierno. Habla de los administradores de la fe que no son capaces de reconocer a Dios en la gente que no les cabe en el marco. Y el versículo termina apuntando al lado contrario del que se cree: la persona que está pensando en quitarse la vida no está ahí. Los que están son los que la señalan.
Son dos idiomas distintos:
Tú tan: infierno, muerte eterna, condenación y juicio.
Y Jesús tan: el reino de los cielos ha llegado,
tu fe te ha salvado, levántate y anda,
ni yo te condeno,
perdónalos porque no saben lo que hacen.
Debajo de esta pregunta casi siempre hay una enfermedad, y eso hay que decirlo con todas las letras: el cerebro, como el resto del cuerpo, como el corazón o el páncreas, también se puede enfermar. Tu dolor no es un pecado, y tu diagnóstico no es una falta de fe.
¿A dónde van? Lo honesto es decir que no sabemos
No lo sabemos.
No sabemos qué ocurrió en los últimos momentos de una persona. No sabemos qué luchas llevaba en silencio. No sabemos si alcanzó a clamar, si alcanzó a confiar, si pidió perdón por dentro. No conocemos el peso que llevaba en el alma. Y sobre todo, no conocemos nada de lo que ocurría entre esa persona y Dios.
En el año 73, tres años después de que cayera Jerusalén, novecientas sesenta personas quedaron encerradas en la fortaleza de Masada, junto al mar Muerto. La rampa que estaban construyendo los romanos ya llegaba al muro. Al amanecer iban a entrar. Esa noche murieron todos: hombres, mujeres y niños, familias enteras. Habían dado la guerra por perdida y no estaban equivocados.
No sé a qué se estaba enfrentando esa niña de once años. No sé cuáles eran los ejércitos que ella vio venir y que la hicieron desistir de su vida. No sé cuáles eran los peligros aterradores que estaba viviendo. Nadie de los que la querían alcanzó a ver lo que ella estaba viendo.
Pero hay algo que sí sabemos: que Dios es bueno, y que su justicia siempre viene acompañada de misericordia.
«Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva.»Ezequiel 33:11 · Reina Valera 1960
Pasamos demasiado tiempo vigilando la vida ajena y demasiado poco dejando que el evangelio confronte la propia. Nadie puede tirar la primera piedra. Y el único que sí podía decidió ofrecer perdón antes que condenación.
A un hombre que moría maldito, Jesús le prometió el paraíso
Ese día, al lado de Jesús, había un hombre muriéndose. Y es él quien me cambió la pregunta entera.
Era un condenado. Y no uno de esos condenados injustamente que a uno le da fácil defender: él mismo lo reconoció en voz alta, delante de todos.
«Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos.»Lucas 23:41 · Reina Valera 1960
Estaba muriendo bajo sentencia pública, a la vista de todo el que pasara por ese camino. No tenía tiempo de reparar nada. Ninguna vida corregida después, ninguna obra que compensara, ninguna oración bien aprendida, ningún testigo que hablara bien de él. Le quedaban tal vez unos minutos, a lo sumo unas horas, y ese tiempo se le estaba yendo en morirse.
Lo único que alcanzó a hacer fue pedir que se acordaran de él.
«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.»Lucas 23:43 · Reina Valera 1960
Hoy. No dentro de un proceso. No después de arreglar su vida. Ese día, y no otro, justo a puertas de encontrarse con la muerte, recibió la esperanza de disfrutar del paraíso.
Su propia Ley ya había dictado sentencia sobre esa forma de morir:
«Si alguno hubiere cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis en un madero, no dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero… porque maldito por Dios es el colgado; y no contaminarás tu tierra.»Deuteronomio 21:22-23 · Reina Valera 1960
Esa muerte no era solo una ejecución. Era una declaración pública, y cualquiera que pasara por el camino sabía leerla: el que cuelga ahí está maldito por Dios. Tan maldito que ni el cuerpo podía quedarse hasta el otro día, porque contaminaba la tierra. La sentencia no la firmaba solo Roma. La firmaba, según ese texto, el cielo.
Y esa fue exactamente la muerte que le tocó a Jesús. Pablo no le da vueltas:
«Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero).»Gálatas 3:13 · Reina Valera 1960
Tres hombres muriendo bajo el mismo signo, el mismo día, en la misma loma. Si morir de una forma que la Escritura llama maldita fuera el criterio final de Dios, el primer condenado sería él.
Entonces ese no es el criterio.
A un hombre que se estaba muriendo maldito, Jesús le prometió que iba a estar con él. No le explicó nada. No le pidió nada. No le revisó la vida. No le preguntó cómo había llegado hasta ahí. Le prometió compañía y le prometió paraíso.
Y se lo prometió en el último momento. No cuando todavía quedaba tiempo de enderezar los pasos, sino cuando ya no quedaba un paso más que dar. Justo ahí, en la hora en que todos daban por perdido a ese hombre —la Ley, los soldados, quienes pasaron viendo a los hombres malditos colgados de un madero ese día—, justo ahí apareció la esperanza.
¿Y para quién se escribió ese relato? No para el hombre que murió ahí, que ya no lo iba a leer. Se escribió para los que quedaron mirando. Para las mamás, los hijos y los hermanos de los miles a los que Roma colgó de un madero —en el asedio de Jerusalén llegaron a crucificar quinientas personas por día, hasta que se acabó la madera de los alrededores—. Cada una de esas cruces tenía una familia debajo.
Esa era la gente para la que se contaba esta historia. Gente que tenía en su propia casa muertes de las que la Ley decía que eran malditas, y que se hacía la misma pregunta que se hizo la familia de esa niña. Y lo que le llegó no fue un dictamen sobre dónde habían quedado los suyos: fue la escena de un hombre muriendo maldito al que le prometieron el paraíso.
Hay esperanza en el último momento. Hay esperanza cuando ya no queda tiempo para arreglar las cosas, para echarse para atrás. Hay esperanza incluso en las muertes que todo el mundo lee como maldición. Y no la promete alguien que mira de lejos: la promete Dios encarnado, que muere con nosotros en nuestras muertes más cruentas, que siente con nosotros en nuestro dolor más profundo, que vive con nosotros en medio de nuestras realidades más humanas.
Lo que sí podemos hacer
Si estás leyendo esto llorando a alguien que ya no está, la única respuesta honesta que te puedo dar es esta: no sé qué pasó en los últimos minutos de esa persona, pero sé que no los pasó sola.
Y si el que lo está pensando eres tú, esto es para ti solo. No tienes que ser fuerte. No tienes que estar arreglado, santo y sin problemas para poder hablarle a Dios.
Quiero orar para que sientas el abrazo de Dios ahí donde estás leyendo, que su amor te inunde por completo, que su fuerza te llene, que sepas que Dios está contigo y para ti.
Quiero invitarte también a que busques a alguien con quien estar. Cuando Jesús estuvo angustiado hasta la muerte, en el huerto, no se encerró a aguantárselo solo: se llevó a tres amigos y les pidió que no se durmieran.
«Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.»Mateo 26:38 · Reina Valera 1960
Pedir compañía no es fallarle a la fe. Es lo que él hizo.
Y hoy, llámale a alguien. Escríbele a alguien. Marca uno de los números que están al final de este texto. Del otro lado va a haber alguien.
Si llegaste hasta aquí para saber cómo estar para una persona con pensamientos suicidas:
Sé un lugar seguro para que la gente diga cómo está de verdad. No necesariamente un lugar donde se dan respuestas: uno donde las personas pueden hablar sin sentir que de alguna manera le están evaluando la moral.
Ya basta de espiritualizar el suicidio y de satanizar a quien tomó esa decisión. Como iglesia nos toca vincularnos a las realidades de la sociedad en la que vivimos: entender y acompañar las enfermedades de nuestro tiempo, en vez de nombrarlas como demonios.
Guarda silencio humilde frente a los casos de suicidio. Los argumentos soberbios llenos de infierno, condena y castigo eterno no le aportan nada a nadie. No le sirven al que murió y hacen daño al que quedó.
Ora, pero trasciende esa oración. Que tu vida sea una práctica de bendición y de bienestar para la gente, y no solo una lista de peticiones.
Y si alguien te está diciendo, como puede, que la está pasando mal: quédate. No necesitas la frase correcta. Casi nunca existe la frase correcta. Tal vez tú seas el último mensaje de esperanza que esa persona reciba.
Porque somos seres humanos y somos frágiles. Nos quebramos una y otra vez, y a veces nos volvemos a levantar y otras veces seguimos aporreados. Dependemos del abrazo de nuestra tribu, de la familia, de los amigos. Y es en eso —en esa fragilidad y no en otra cosa— en lo que la palabra de Dios decidió convertirse.
Nuestro papel no es determinar dónde va a pasar cada quien la eternidad. Es ser eternidad y vida mientras podamos, para los demás.
La belleza del evangelio radica en la promesa de que Dios está ocurriendo incluso en los momentos más dolorosos y difíciles de la vida, y que en las muertes él nos resucita, y que en los azotes nos da la capacidad de estar alegres, y que en el señalamiento él nos abraza.
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