Yo crecí en un barrio caliente de Medellín, en los noventa, con el olor a marihuana entrando por la ventana desde la esquina donde los muchachos disparaban para arriba a los del otro combo. Y crecí en una iglesia pentecostal, con la convicción de no querer defraudar a Dios y de no quemarme en el infierno eternamente.
Del infierno han hecho la razón de ser del mensaje cristiano. ¿Cuál buena noticia? ¿Cuál esperanza al cautivo, cuál sanidad al enfermo? El mensaje central que muchos recibimos fue el infierno: sus llamas, su eternidad, sus torturas. Una mayoría muy grande de las personas que asisten a una iglesia están más preocupadas por no condenarse que por caminar con Jesús.
En los noventa, por lo menos en el mundo pentecostal, eso tuvo su auge: personas que decían haber ido al infierno y vuelto. Grababan casetes contando lo que vieron, los invitaban de iglesia en iglesia y los auditorios se llenaban. Interesantemente, venían con un mensaje poderosísimo: que las mujeres no se pusieran pantalón, que no se escuchara música secular, que ciertos peinados te llevaban al infierno. Yo no he ido al infierno. No le creo a los que dicen que fueron.
¿Qué dice la Biblia sobre el infierno?
En la Reina Valera que leemos, la palabra «infierno» traduce casi siempre una sola palabra en boca de Jesús: Gehena. El Seol y el Hades, que son simplemente el lugar de los muertos, se traducen aparte, aunque en versiones más viejas también aparecían como «infierno».
Gehena no es una palabra griega inventada para hablar del más allá. Es el nombre de un lugar: el valle de Hinom, que queda al sur de Jerusalén y que cualquiera de los que escuchaban a Jesús podía ir a ver esa misma tarde. Allá, en tiempos de los reyes, se habían quemado niños en sacrificio a otros dioses, y el rey Josías lo profanó para que nadie volviera a usarlo:
«Asimismo profanó a Tofet, que estaba en el valle del hijo de Hinom, para que ninguno pasase su hijo o su hija por fuego a Moloc.»2 Reyes 23:10 · Reina Valera 1960
Ese valle quedó maldito. Jeremías anunció que lo iban a llamar «valle de la Matanza» y que ahí enterrarían por no haber más lugar; Isaías puso ahí los cadáveres de los rebeldes, tirados fuera de la ciudad. Y la tradición que muchos aprendimos dice que en tiempos de Jesús era el basurero de Jerusalén, con el fuego siempre encendido; los historiadores discuten ese dato, porque el registro más antiguo es medieval. Lo que nadie discute es que cualquiera que escuchaba a Jesús sabía qué era ese valle. Cuando Jesús describió esto, sus oyentes lo escucharon pensando en el olor de la comida podrida y las montañas de basura quemadas de día y de noche:
«Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.»Marcos 9:43-44 · Reina Valera 1960
El fuego que no se apaga y el gusano que no muere no son la descripción de una cámara de tortura. Son una cita. Jesús está repitiendo a Isaías:
«Y saldrán, y verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí; porque su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará, y serán abominables a todo hombre.»Isaías 66:24 · Reina Valera 1960
Lo que se pudre afuera de la ciudad, con sus gusanos y su fuego. Jesús tomó la imagen más asquerosa y cotidiana que tenía a la mano, como tomó la del sembrador, la de la levadura y la de la oveja perdida.
De dónde salieron las llamas, los demonios y las tenazas
Nuestras ideas del infierno son ideas medievales. Salen de la literatura de la Edad Media, con las imágenes que eran naturales en esa época: guerras, pandemias, cuerpos con erupciones en la piel. Por ahí ocurrió la peste negra, en el siglo catorce, y todas esas imágenes de dolor sirvieron para relatar lo que la mente de esa época se imaginaba como castigo eterno.
Después vinieron las pinturas, los sermones, y en nuestra época los casetes de los que «fueron y volvieron». Pero cuando de Jesús se trata, él está hablando de Gehena: de lo que pasa en las afueras de la ciudad con lo que la ciudad desecha.
Lo que nos brinda la Escritura son narraciones con imágenes cotidianas que la gente conocía bien. La interpretación más fácil es el literalismo. Pero Jesús nos habla a partir de símbolos en todo lo demás; ¿por qué habría de ser diferente con esta palabra?
¿El infierno es eterno? Lo que yo no sé
¿Que si creo que hay un lago literal de fuego y azufre esperando a quienes erraron en sus vidas, donde vamos a llorar por los siglos de los siglos? No lo sé. No confío en los que dicen saberlo.
Lo digo con tranquilidad: yo tengo dudas sobre muchísimas cosas, y una de las cosas sobre las que más tengo dudas es esta. Cada vez estoy más lejos de entender la escatología como eso que hay «en el más allá», y más cerca de entenderla como la construcción de una vida en armonía, que se parezca al bienestar que Dios quiere para su creación en el más acá.
Creo que hay un después. No sé si es como nos lo enseñaron. Lo cierto es que no vivo el hoy para comprar el más allá; eso atenta contra la dinámica misma de la gracia. Ninguno de nosotros es capaz de asegurarse un puesto en el abrazo de Dios. De eso hablo en ¿se puede perder la salvación?.
Lo que hago yo con esa palabra
Todos sacamos la basura de la casa. Hay cosas que no sirven, que se empacan en una bolsa y se sacan para que no estorben, y allá afuera se van consumiendo con el tiempo. En la Jerusalén de Jesús, eso lo hacía el fuego. Así entiendo yo el fuego del que habla Jesús. No es para torturarnos. Es para consumir la basura que cargamos.
Cuando me acerco a un concepto del que no tengo certezas, lo que busco es cómo me habla hacia adentro. Y hay cosas mías que van para la Gehena. Mi orgullo va para la Gehena. Mi legalismo va para la Gehena. Mi desamor, mi superioridad moral, mi necesidad de tener razón. Al limpiar la vida hoy, el infierno deja de ser una amenaza futura y se convierte en un residuo del pasado.
Y dejo de pensar si los demás se van o no al infierno, y empiezo a pensar en cómo acompañar los infiernos que otras personas ya están viviendo.
¿Y si el mensaje central de Jesús nunca fue el miedo?
Sí, Jesús habló del juicio. Habló de Gehena. Habló de la responsabilidad humana. Pero una y otra vez vuelve al mismo anuncio: el Reino de Dios ha llegado. Y ese Reino se hacía visible cada vez que un enfermo era sanado, un excluido era recibido, un pecador era perdonado y una mesa era compartida.
«Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.»Juan 3:17 · Reina Valera 1960
A muchos nos enseñaron a creer con el susto puesto, y a ese miedo le pusieron el nombre de «evangelio». Pero el evangelio no es la amenaza. Es la buena noticia de que, en el camino del amor que enseñó Jesús, ya no hay condenación.
Tenerle miedo al infierno no nos hace mejores personas. Solo nos hace personas asustadas.
Mi foco no es el infierno sino el cielo. Mi foco no es el diablo sino Jesús. Mi foco no es el pecado sino la gracia. Mi foco no es la culpa sino el perdón. Mi foco no es la condenación sino la salvación.
No me interesa quién va o no va para el infierno. Me interesa cómo podemos ser cielo de Dios en medio de realidades tortuosas, difíciles, a veces infernales, de las personas en el aquí y en el ahora.
El fuego del que habló Jesús no es para quemarte. Es para quemar lo que te impide amar.