TeoCotidiana
Martín Lutero, con hábito de monje, levanta un martillo frente a la puerta de una iglesia donde cuelgan sus tesis; dos hombres lo miran. Pintura de Ferdinand Pauwels, 1872
Imagen: «Lutero clava sus 95 tesis en la puerta», Ferdinand Pauwels, 1872 · Dominio público · Wikimedia Commons
Análisis
· 14 min de lectura

Por Tomás Castaño Marulanda

¿Qué abusos denunció la Reforma protestante?

La mitad de cada moneda iba a pagar la deuda de un arzobispo con un banco.

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero, un monje que enseñaba Biblia en la universidad de Wittenberg, en Alemania, le envió a Alberto de Brandeburgo, arzobispo de Maguncia, noventa y cinco tesis contra la venta de indulgencias. Ese día se recuerda como el comienzo de la Reforma protestante. La Reforma le dijo no a los abusos económicos y espirituales de la iglesia de su siglo. Hoy, en nuestros espacios de fe, hay abuso económico, de poder, espiritual, emocional, psicológico, físico, e incluso sexual. Necesitamos otra reforma.

En la primavera de 1517, un fraile dominico llamado Johann Tetzel predicaba en Jüterbog, una ciudad a menos de cuarenta kilómetros de Wittenberg, al otro lado de la frontera de Sajonia. Iba de ciudad en ciudad ofreciendo una indulgencia: una carta con el sello de la Iglesia que prometía rebajar el castigo que, según se enseñaba entonces, las almas tenían que pagar por sus pecados en el purgatorio después de la muerte. Se podía comprar para uno mismo o para un muerto: para el papá que ya había muerto, para la esposa, para el hijo. A Tetzel se le atribuye un estribillo que resumía lo que se predicaba: «En cuanto suena la moneda en la caja, el alma salta del purgatorio». Ya circulaba desde antes de él. Pero esa era la promesa.

En Sajonia no lo dejaban predicar: Federico el Sabio, el príncipe elector, se lo había prohibido. Lutero contó años después que mucha gente de Wittenberg caminaba hasta Jüterbog para comprar las cartas.

Ese 31 de octubre, junto con la carta al arzobispo, iban las tesis. Durante siglos se contó que ese mismo día Lutero las clavó con un martillo en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. Los historiadores lo discuten desde hace más de sesenta años, porque nadie lo vio y él nunca habló al respecto.

La piel y los huesos de las ovejas

La indulgencia que predicaba Tetzel tenía una historia que la gente que compraba indulgencias no conocía.

Alberto de Brandeburgo, que ya era arzobispo de Magdeburgo y administraba el obispado de Halberstadt, quiso ser también arzobispo de Maguncia. La ley de la Iglesia no permitía tener tantos cargos juntos, así que Alberto le pagó a Roma para poder ocupar el cargo. El dinero siempre ha movido la burocracia, también la de la Iglesia. Para pagar, se endeudó con los Fugger, una familia de banqueros de Augsburgo. Y para pagarles a los Fugger, el papa León X lo autorizó a predicar en sus territorios la indulgencia de San Pedro. La mitad del dinero iría a Roma, para construir la basílica de San Pedro. La otra mitad, a pagar la deuda de Alberto con el banco.

Quien echaba la moneda en la caja creía que estaba sacando del fuego a su papá y ayudando a levantar la iglesia del apóstol. No sabía que la mitad de lo que pagaba se iba para un banco a salvar a un arzobispo de la quiebra.

Varias de las tesis de Lutero salen a defender al pobre:

«Hay que instruir a los cristianos que aquel que socorre al pobre o ayuda al indigente, realiza una obra mayor que si comprare indulgencias».Tesis 43 · Martín Lutero, 1517

En otra pide enseñarles a los cristianos que, si no les sobra, no gasten en indulgencias lo que necesitan para su casa (tesis 46). Y en otra dice que, si el papa conociera los cobros de los predicadores, preferiría que la basílica de San Pedro se redujera a cenizas «antes que construirla con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas» (tesis 50). Más adelante recoge las preguntas que, según él, se hacía la gente sencilla. Una de ellas: por qué el papa, que tenía más fortuna que los más ricos, no construía la basílica con su propio dinero «en lugar de hacerlo con el de los pobres creyentes» (tesis 86).

Eso es abuso económico: una institución religiosa que se sostiene con la necesidad de la gente, y que le cobra a quienes no tienen de sobra por algo que Dios nunca ha vendido.

Lo que se vendía era miedo

La indulgencia funcionaba porque había miedo. Miedo de que el papá estuviera sufriendo. Miedo de morirse sin haber pagado el castigo de los pecados. Y quien tenía en la mano el remedio para ese miedo era la Iglesia, la misma que leía la Biblia en la misa en latín, una lengua que casi nadie en el pueblo entendía, y la que determinaba qué es lo que significa lo que está escrito y lo que Dios quiere, es decir, administraba la voluntad de Dios.

Por eso Lutero no se quedó en el dinero. En 1520 escribió A la nobleza cristiana de la nación alemana. Allí dice que los defensores del poder de Roma se habían rodeado de tres murallas, «de modo que nadie ha podido reformarlos»: decían que el poder de la Iglesia estaba por encima del poder de los príncipes, que solo el papa podía interpretar la Escritura, y que solo el papa podía convocar un concilio para corregirlo. Contra la primera muralla escribió: «por el bautismo todos somos ordenados sacerdotes». Entre los cristianos, explicaba, la diferencia está en el oficio que cada persona cumple, y no en que unos estén más cerca de Dios que otros. Y en 1522 publicó el Nuevo Testamento traducido del griego al alemán que hablaba la gente en la casa y en el mercado, para que la gente pudiera oírlo y leerlo sin que alguien se lo administrara desde el púlpito.

Mucho antes, Jesús les había reclamado algo parecido a los intérpretes de la ley de su tiempo. Ellos se habían quedado con la explicación de la Escritura como quien se guarda la llave de una casa: no entraban ellos a conocer a Dios, y tampoco dejaban entrar a quienes lo buscaban.

«¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley! porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis.»Lucas 11:52 · Reina Valera 1960

Eso es abuso espiritual: usar el lugar que uno ocupa en la comunidad de fe, y el nombre de Dios, para controlar a las personas. Ponerse en la puerta, entre la gente y Dios, y cobrar por dejarla pasar. Lo expliqué con más calma en ¿Qué es el abuso espiritual?.

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La Reforma también abusó

Los protestantes solemos contar esta historia como si fuéramos los buenos de la historia. Pero la Reforma también usó su poder contra «los de abajo», las personas sin poder en la estructura eclesial.

En 1525, cuando los campesinos de Alemania se levantaron contra los señores que los tenían asfixiados con tributos, Lutero escribió Contra las hordas ladronas y asesinas de los campesinos, y les pidió a los príncipes que los aplastaran. En esa guerra murieron entre setenta mil y cien mil personas. En 1527, el Consejo de Zúrich, que ya era una ciudad protestante, mandó ahogar en el río Limmat a Félix Manz, porque bautizaba a adultos que ya habían sido bautizados de niños. A los anabaptistas, como se llamó a quienes bautizaban así, los mataron católicos y protestantes por igual. Y en 1553, en Ginebra, quemaron vivo a Miguel Servet, un médico español que negaba la Trinidad. Juan Calvino, el reformador de esa ciudad, fue quien lo hizo arrestar y escribió la acusación.

Entre nosotros los evangélicos hay un orgullo que repite que el abuso es un problema de la Iglesia católica. Que allá están los escándalos, los sacerdotes, los encubrimientos, y que aquí no. Y no. Las denuncias de abuso sexual, de abuso de poder, de abuso económico también nos alcanzan a nosotros, en iglesias grandes y en iglesias de barrio, en denominaciones históricas y en iglesias que empezaron en un garaje. Decir que quienes abusan «no son la verdadera iglesia» es lavarnos las manos. Somos la iglesia, y hemos pecado.

Siempre por reformar

Cada 31 de octubre muchas iglesias protestantes celebran el Día de la Reforma, y en muchas de ellas se repite una frase en latín: Ecclesia reformata semper reformanda, «la iglesia reformada, siempre por reformar». No es de Lutero ni de Calvino. Viene de teólogos holandeses del siglo diecisiete, y en el siglo veinte la hizo famosa el teólogo suizo Karl Barth. Dice que una iglesia que se reformó una vez no quedó terminada. Tiene que seguir revisándose.

La frase obliga a mirar hacia adentro. Mirar la Reforma solo tiene sentido si nos seguimos evaluando, si nos seguimos cuestionando, si estamos dispuestos a cambiar lo que hace daño, también en las iglesias y en las maneras de gobernar y estructurar la iglesia que nacieron de la Reforma misma.

La primera de las noventa y cinco tesis dice:

«Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: "Haced penitencia...", ha querido que toda la vida de los creyentes fuera penitencia».Tesis 1 · Martín Lutero, 1517

Lutero citaba las palabras con que Jesús empezó a predicar (Mateo 4:17). En el griego del evangelio, ese «haced penitencia» es metanoeite, de metanoia: cambiar de manera de pensar, transformarse. Y lo que vale para cada creyente vale también para la iglesia. Necesitamos un arrepentimiento estructural. Que se arrepienta el pastor que abusó, y que cambie también la manera en que organizamos el poder dentro de la iglesia, la que le permitió abusar durante años sin que alguien pudiera detenerlo.

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Las indulgencias de hoy

¿Por qué hablar de lo que pasó en 1517 para hablar del abuso en nuestras iglesias? Porque la manera en que se abusaba de la gente en ese entonces se parece mucho a la manera en que se abusa de la gente hoy.

En 1517, la Iglesia leía la Biblia en latín y decidía qué quería Dios. Hoy es el pastor que dice desde el púlpito «no lo digo yo, lo dice la Palabra», para que nadie se atreva a hacerle una pregunta. En 1517, la mitad de las monedas que pagaba la gente iba a salvar a un arzobispo de la quiebra. Hoy hay iglesias donde la gente se empobrece cada vez más y el pastor se enriquece cada vez más. En 1517, el papa, el arzobispo y el predicador de indulgencias no le rendían cuentas a la gente que pagaba. Hoy hay pastores que no le rinden cuentas a nadie, porque son el dueño de la iglesia, el presidente de la junta y el que firma los cheques.

Lutero no atacó a la Iglesia desde afuera. Era monje, sacerdote y profesor de esa misma Iglesia, y desde adentro dijo que no. Eso es lo que nos toca hoy a quienes somos parte de las iglesias evangélicas: decirle no al abuso que pasa en nuestras propias congregaciones, con nuestros propios pastores, en nuestras propias denominaciones.

Hoy nadie vende cartas para sacar almas del purgatorio. Pero se siguen vendiendo cosas parecidas, y se siguen cobrando usando el miedo como la forma de obligar a las personas a pagarlo.

Abuso económico es la «siembra» que te piden para que llegue tu milagro, el «pacto» de dinero para que sane tu hijo, el diezmo que se cobra con la amenaza de que si no lo das, Dios te va a quitar lo que tienes (sobre eso escribí en ¿Qué dice la Biblia sobre el diezmo?). Es también lo que le hacen a la persona que trabaja años en la iglesia sin horario fijo, sin sueldo y sin seguridad social, «para el Señor».

Abuso de poder es el pastor que gobierna su congregación como un pequeño reino, que decide con quién te puedes casar, en qué puedes trabajar, si puedes estudiar y a quién puedes visitar, y que a veces le deja el trono a su hijo o a su hija.

Abuso espiritual es el «no toques al ungido» que te cierra la boca. El «estás en rebeldía» cuando haces preguntas incómodas. El «si te vas de esta iglesia, Dios te va a abandonar» para amarrarte siempre a su reino pequeño.

Abuso emocional y psicológico es la vergüenza y la culpa que te hacen sentir delante de todos, el pecado que confesaste llorando en la oficina del pastor y que después salió a la luz en un sermón que te nombró delante de toda la gente, el aislamiento de quien se va, a quien los demás dejan de saludar para no «contaminarse» de la rebeldía.

Y hay abuso físico, y hay abuso sexual. Muchas veces no empieza por ahí. Antes de un abuso sexual suele haber meses de abuso de autoridad, de abuso emocional, de abuso espiritual, que le fueron quitando a la persona la posibilidad de decir que no. Sobre eso escribí en ¿Por qué es abuso aunque haya consentimiento?.

Y alrededor de todo eso, como en 1517, está el dinero. El pastor denunciado al que trasladan a otra ciudad mientras baja el escándalo. Los líderes que callan para no espantar a quienes dan las ofrendas, para cuidar «el testimonio» o «la obra» de la denominación o iglesia. La víctima a la que le piden que perdone y no diga nada en público. Eso es silencio cómplice.

La reforma que nos falta

Necesitamos una reforma estructural que ponga el cuidado de las personas en un lugar más importante que la institución, que el cargo y que el nombre del pastor. El cuidado es la base de la fe: Jesús reconoció como suyos a quienes le dieron de comer al que tenía hambre, a quienes vistieron al que estaba desnudo, a quienes visitaron al enfermo y fueron a ver al que estaba en la cárcel (Mateo 25:35-40). Y en nuestras iglesias hablamos muy poco de cuidado.

Las cinco «solas» que se repiten cada 31 de octubre (solo la Escritura, solo la gracia, solo la fe, solo Cristo, solo a Dios la gloria) resumen ideas de los reformadores, aunque como lista de cinco se armaron en el siglo veinte. Fueron respuestas necesarias para la realidad política y religiosa del siglo dieciséis. Hoy necesitamos respuestas para la nuestra. Yo creo que en la Reforma faltó una: solo comunidad del amor. Una comunidad donde el amor al prójimo se note en cómo se trata a la gente, sobre todo a quien tiene menos poder. Sobre todo a quien ha vivido el abuso espiritual.

Que cuando alguien denuncia un abuso, la iglesia le crea, la acompañe y le busque ayuda profesional, en vez de pedirle silencio. Que el líder denunciado se aparte de su lugar de autoridad mientras se escucha a las víctimas y se investiga lo que pasó. Que cuando lo que pasó puede ser un delito, la iglesia acompañe a la víctima a denunciarlo ante la justicia, si ella así lo decide, en vez de resolverlo «en casa» a puerta cerrada. Que antes de darle a alguien el púlpito, un grupo de jóvenes o un ministerio con niños, haya una evaluación psicológica hecha por profesionales que determine la idoneidad para hacerlo. Que el pastor o el equipo de liderazgo le rindan cuentas a personas que no dependan de ellos ni reciban sueldo de ellos. Que haya protocolos de cuidado, sobre todo con niños, niñas y adolescentes. Y que el pastorado deje de ser un trono para volver a ser lo que Jesús hizo con sus discípulos: acompañar, servir y cuidar.

Si por el bautismo todos somos sacerdotes, como escribió Lutero, nadie en la iglesia está tan arriba que no se le pueda cuestionar, y nadie está tan abajo que no se le deba escuchar.

Si te reconociste aquí

Si te cobraron por un milagro, si te callaron con el «no toques al ungido», si te fuiste de tu iglesia y te trataron como a un traidor, si viviste algo que todavía no te atreves a llamar abuso: lo que te pasó no fue tu culpa. Denunciar el abuso no es atacar a la iglesia. Quienes destruyen el propósito de la iglesia son quienes abusan, y quienes los cubren.

Jesús no está de ese lado. Jesús está del lado de quien fue herido.

Busca a alguien que te escuche sin juzgarte: una psicóloga o un psicólogo que entienda de abuso en espacios de fe, una persona de confianza fuera de esa congregación que proclama la incuestionabilidad del liderazgo. Y si un día quieres volver a congregarte, que sea en una comunidad donde te cuiden.

La Reforma empezó cuando un monje le dijo no al abuso dentro de su propia iglesia. Hoy nos toca decirlo en nuestras realidades contextuales: NO MÁS abuso y no más silencio cómplice.

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