
Nidia tenía diecisiete años cuando llegó a una iglesia evangélica de Cali buscando un refugio. Lo contó ella misma, años después, en Mesa Segura, el pódcast de la Red Colombiana contra el Abuso en Espacios de Fe, de la que hago parte. Según contó, su pastor le prohibió estudiar y le limitó la vida personal para que nada le quitara «el primer lugar a Dios». Usó rituales que llamaba «ungimiento total» y «actos proféticos» para tocarla, y le repetía que no se podía hablar mal «del ungido de Jehová». Contó que eso se prolongó durante veinticuatro años, y que solo en 2023 entendió que había sido víctima de violencia y de violación.
Lo que Nidia contó es abuso sexual, y es también un abuso que usó a Dios como base para someterla a los pedidos de su pastor: la prohibición de estudiar en nombre de dedicarle más tiempo a Dios, los rituales con nombre de unción, el pastor convertido en alguien a quien no se podía señalar. Prohibir el estudio es usual en líderes espirituales que quieren alejar a las personas de conocimientos que no concuerdan con sus propias estructuras de pensamiento. La última parte, la del pastor que no se podía señalar, fue la que la dejó sola, porque su círculo social más importante estaba dentro de la iglesia y nadie iba a creer algo malo que se dijera en contra del «ungido de Dios». Eso le quitó a quién contarle lo que ocurría.
Usar lo sagrado para dañar
Lo sagrado es todo lo que en una comunidad de fe tiene el peso de algo divino, de Dios: un versículo, una profecía, una oración, el púlpito, la palabra «unción», el título de pastor. Cuando eso se usa para que alguien obedezca, calle o entregue su dinero, su tiempo o su cuerpo, lo sagrado se convierte en una herramienta de control y manipulación de quien es reconocido o reconocida como la autoridad espiritual.
Esa autoridad no la tiene solo el pastor. La tiene también el líder de jóvenes, el profeta, el consejero, el maestro de escuela dominical, quien dirige la alabanza: cualquier persona a quien la iglesia le dio un lugar que en el imaginario general está por encima de las otras personas.
El abuso espiritual hiere el alma, y también el cuerpo, como en lo que contó Nidia. Confunde porque llega envuelto en palabras «de Dios». Cuando un pastor dice «Dios me dijo», la discusión se acaba, porque llevarle la contraria se vuelve llevarle la contraria a Dios. Hay iglesias donde se enseña que Dios le revela al pastor o al profeta lo más íntimo de la vida de cada creyente. Con esa idea, el líder decide con quién te casas, dónde trabajas o si te puedes ir a otra comunidad de fe (spoiler alert casi siempre esto es un pecado), y lo presenta como «la voluntad de Dios».
Esto no pasa solo en iglesias evangélicas. En la Iglesia católica se habla también de abuso de conciencia. Pasa sobre todo en la confesión y en la dirección espiritual, donde quien acompaña llega a conocer los miedos, las culpas y los secretos de la otra persona. El abuso empieza cuando usa todo eso para decidir por esa persona: qué debe hacer, de qué se debe arrepentir, a quién debe obedecer. Con el tiempo, ella deja de escuchar su propia conciencia y solo oye la voz de quien la acompaña. El papa Francisco usó esa expresión en 2018, en su Carta al Pueblo de Dios, cuando escribió sobre el sufrimiento de muchos menores por los abusos sexuales, de poder y de conciencia que cometieron un buen número de clérigos y personas consagradas.
El abuso no empieza de un día para otro
Quien llega a una iglesia buscando refugio llega con las defensas bajas. Desde niños aprendemos a confiar en quien tiene autoridad: en la mamá, en la abuela, en el médico que dice qué tomar para la enfermedad, en la maestra que dice cuándo se acaba la clase o cuáles rutas tomar en el aprendizaje. En la iglesia esa confianza se le entrega entera al pastor y al equipo de liderazgo, porque nos enseñaron que ellos y ellas están en el lugar de Dios. Lo representan.
Quien abusa lo sabe. Va despacio. Casi nunca un líder que abusa propone algo sexual en el primer encuentro. Si lo hiciera, chocaría con todo lo que la persona ha aprendido de lo que es bueno y malo, habría rechazo y posiblemente se iría de inmediato. Primero, domingo tras domingo, predica que la unción pasa por él o que Dios le muestra cosas, realidades que a los demás no posiblemente porque no son tan santos, tan ungidos y tan espirituales. Después se le acerca, muchas veces en la consejería, que es el espacio más íntimo de una iglesia y por eso el que más se presta para manipular.
En ese camino vienen el control de con quién sale y a qué horas, la culpa si falta a un culto, el trabajo sin pago en nombre del servicio. Todo eso le parte la vida en dos a la persona, lo de la iglesia que es sagrado e incuestionable y lo del mundo que es de donde poco a poco necesita alejarse, y le deja un solo lugar adonde existir, ser más en la iglesia es un discurso constante. Cuando él cruza la línea, ella ya aprendió a no resistirse frente a él, que es quien representa a Dios y no puede ser cuestionado. También a no dejar el testimonio de la iglesia en exposición. Un caldo de cultivo para el abuso espiritual.
Lo que no se podía decir
La frase que el pastor le repetía a Nidia, que no se podía hablar mal «del ungido de Jehová», se oye en muchas iglesias. En ellas, quien dice en voz alta el abuso que está ocurriendo termina señalado como el problema. Quien pregunta por el dinero se vuelve rebelde. Quien cuenta que el pastor la tocó queda como quien divide. Quien se va queda «en pecado». Y si la persona se atreve a decir que algo no está bien, escucha de parte de las personas de la misma iglesia que «Dios conoce el corazón del pastor», que «no es para tanto», que «está exagerando», que seguro todo es un malentendido o una mala interpretación de lo ocurrido, hasta que empieza a dudar de lo que vio con sus propios ojos.
La versión que queda es la del pastor. Cuando alguien se va de una iglesia así, no es quien se fue el que explica por qué: lo explica el pastor, el domingo, desde "el altar", arriba en el púlpito donde ostenta el lugar de poder, y la congregación le cree.
En Berea, en cambio, la gente no le creía a nadie solo por su cargo. El libro de Hechos cuenta que escudriñaban «cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11), aunque quien les enseñaba era Pablo. Una iglesia sana no pide confianza a ciegas.
Por qué se tarda tanto en verlo
Lo que Nidia contó duró veinticuatro años sin ser asimilado como abuso. Desde afuera, alguien puede preguntar cómo es posible. Desde adentro, para cualquier persona que vive algo así, la pregunta es otra: ¿cómo iba a verlo antes?
El pastor no es un desconocido. Es quien te bautizó, quien oró por tu mamá cuando estuvo enferma, quien te casó, a quien la iglesia entera llama hombre de Dios y padre espiritual.
En la iglesia, además, se aprende mirando. Cuándo pararse, cómo orar, cómo se recoge la ofrenda: todo se aprende viendo a los demás, y lo que se ve se vuelve normal. Quien abusa aprovecha eso para que lo que hace a puerta cerrada también parezca normal. Muchas personas se dan cuenta solo cuando salen, o cuando oyen a alguien ponerle nombre a lo que vivieron.
Y está el miedo a quedarse sin iglesia y sin amigos. Un abrazo que dura demasiado o una pregunta íntima a solas en la oficina se sienten mal, pero no hay permiso para cuestionarlos. Cuando eso se mezcla con la autoridad espiritual y con la culpa, la persona no lo registra como un peligro. Lo registra como algo que debe estar bien aunque parezca extraño. Por eso, a quien por fin cuenta su historia no hay que preguntarle por qué no habló antes ni por qué no gritó ni por qué se dejó. Esas preguntas acusan, y la verdad psicológica, emocional y física es mucho más profunda de lo que racionalizamos desde afuera de la experiencia.
Por qué duele tan hondo
Cuando quien te hace daño es tu pastor, el daño llega hasta tu manera de ver a Dios. Muchas personas que salieron de iglesias así terminan con un Dios parecido a quien las dañó: un Dios que nunca está satisfecho, un Dios que espera el error para castigar, o un Dios que ve el abuso y no hace nada. Incluso un dios que está de parte del abusador, porque ese siempre es el que recibe el perdón, la misericordia, la gracia y los aplausos cuando confiesa "su pecado".
Por eso hay personas que, después de salir, no pueden orar sin miedo ni abrir la Biblia sin escuchar la voz de quien la usaba para someterlas. Y esa herida no se queda en una sola vida. Alcanza a la familia, a los hijos que crecen oyendo «no vayas a ninguna iglesia, no confíes en ningún pastor».
Lo que no es abuso espiritual
No todo lo que duele en una iglesia es abuso. Que el pastor cambie el culto de jóvenes al viernes aunque a ti te servía el sábado, que alguien te llame aparte porque te vio tratar mal a alguien de tu casa y quiere ayudarte, que la iglesia pida puntualidad para el ensayo de alabanza: nada de eso, por sí solo, es abuso espiritual.
La diferencia está en para quién se usa el poder. La autoridad que se parece a Jesús cuida, protege, se deja preguntar y rinde cuentas. La que abusa se protege a sí misma, castiga las preguntas y no le rinde cuentas a ninguna persona o institucionalidad. Pedro les escribió a los ancianos de las iglesias: «Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey» (1 Pedro 5:2-3).
El buen pastor
La relación entre el pastor y sus ovejas, la que hace tan difícil ver el abuso, es una imagen de la Biblia. Y la Biblia la usa para defender a las ovejas. Seis siglos antes de Jesús, el profeta Ezequiel recibió de Dios una palabra contra los pastores de Israel: «¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! […] Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, mas no apacentáis a las ovejas» (Ezequiel 34:2-3). En el lenguaje de Ezequiel, los pastores eran todas las personas encargadas de liderar al pueblo: los sacerdotes y los líderes espirituales, pero también los reyes y los líderes políticos. Dios les había encargado cuidar a la gente. Lo que el profeta denunció fue que no la cuidaron, y que sus decisiones desde el poder les hacían daño a las ovejas: vivían de ellas y se habían enseñoreado de ellas «con dureza y con violencia» (Ezequiel 34:4).
Jesús tomó esa misma imagen. En el evangelio de Juan se presentó como el buen pastor, y lo distinguió del ladrón que entra al redil: «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas» (Juan 10:10-11).
Ahí está la medida. El buen pastor da su vida por las ovejas. Quien abusa roba el bienestar, mata la confianza y destruye la imagen de Dios en las personas agredidas: se queda con la vida de ellas.
Si te reconociste aquí
Puede que hayas leído hasta aquí reconociéndote en una o en varias de estas escenas. Puede que te hayas ido de tu iglesia sin despedirte, que cruces la calle cuando pasas frente al templo o que cambies de emisora cuando suena una alabanza que cantabas antes. También es posible que al estar frente a una congregación tu cuerpo reaccione con ataques de pánico y ansiedad. Y puede que todavía te preguntes si fuiste tú quien falló.
Muy pocas veces el abuso es un caso aislado, casi que es natural saber que si hay un caso de abuso que sale a la luz, van a salir en algún momento otros de esa misma persona dentro de esa misma iglesia.
Lo que te dolió era real. El miedo nunca fue un camino para acercarte a Dios, y nadie tenía derecho a usar su nombre para quedarse con tu tiempo, tu dinero, tu cuerpo o tu silencio. Nidia, que hoy cuenta su historia en público, dice: «La fuerza con que hablo es: hay esperanza».
Esa esperanza no es solo de Nidia. Podemos construir espacios de fe cada vez más libres de control, de coerción, de miedo y de abuso: iglesias donde se pueda preguntar sin que eso signifique perder el ministerio, donde a quienes denuncian se les escuche en lugar de expulsarlos, donde quien lidera rinda cuentas y nadie tenga que callar. Eso empieza cada vez que alguien rompe el silencio y otras personas deciden creerle. Si necesitas contárselo a alguien, escríbeme.
Si para quedarte en una iglesia tienes que dejar de pensar, de preguntar y de hablar, eso no es obediencia. Es abuso espiritual.
Cada semana escribo sobre Jesús, la iglesia y la vida real. Si quieres que te llegue, deja tu correo.
Revisa tu correo y confirma — ahí va el capítulo.
Cada artículo nuevo también sale en el canal de WhatsApp. Síguelo y te llega ahí, sin depender de ningún algoritmo.
Seguir el canal en WhatsAppSi algo de esto te sirvió, te habló al corazón o quieres contarme tu historia, escríbeme a teocotidiana [arroba] gmail.com.
https://teocotidiana.org/que-es-el-abuso-espiritual/
Todos los días hay algo nuevo en Instagram y en Facebook.






