Había un pastor en mi ciudad al que era usual escuchar decir esto, mientras uno asistía a cualquier evento donde a él le tocara hablar:
«Metan la mano al bolsillo. Si sacan el de veinte mil, ese es el del diablo. Si sacan el de cincuenta mil, ese es el de Dios.»
Para ponerlo en contexto: no es una cantidad exuberante. Pero hay personas que si no tienen esos cincuenta mil pesos pasan mucha hambre durante el mes. Esos cincuenta mil salvan un montón de las necesidades y de las posibilidades que uno tiene entre una quincena y otra.
Y hay familias que al escuchar eso se ponen mal. Porque tengo que dar la ofrenda, que es de Dios. Y tengo que esforzarme en dar lo mucho, así no tenga nada.
Dios como un fondo de inversión
De ahí salen esos discursos en los que Dios es una especie de transacción. Trae mil y Dios te da cien mil. Trae tanto y Dios te recompensa el doble. Dios como un fondo donde uno invierte algo de dinero y los retornos son mucho mayores que lo invertido. Y engancha, sobre todo, con quien no tiene un sustento digno: esa persona lleva lo poco o lo nada que tiene, esperando el retorno del fondo económico divino.
Ahí las promesas del evangelio se volvieron el producto que se vende desde el púlpito. Vas a sanar si pagas. Si siembras, si consignas, si entregas, Dios te hace el milagro. No hay una sanación gratuita: hay una sanación pagada. Esos discursos están embellecidos en la forma en que se exponen, pero detrás hay una demanda constante por dinero — y no de lo que sobra, sino con sacrificio, porque hay que demostrarle a Dios cuán sacrificados somos.
Y ahí conectado está el diezmo, vuelto amenaza: si no diezmas Dios te maldice, te va mal, y todo aquello por lo que trabajas te lo quita, porque esos diezmos son de Dios y se los estás robando. Los que se benefician son un grupo muy chiquito: los reyes de estas burbujas, donde ellos son el poder absoluto, la palabra de Dios andante.
De dónde vengo
Yo vengo de familias pastorales. Mi tío es pastor. Mi mamá es pastora —sí, hay mujeres pastoras—. El esposo de mi tía es pastor. Y mi abuelo fue pastor durante un montón de años, y ayudó a fundar iglesias en pueblos de este país.
Y en distintos momentos difíciles, primero con mi mamá y después con mi propia familia, nosotros comimos de los mercados que nos dio la iglesia.
Por eso sé que hay iglesias que no se acercan al dinero desde la avaricia, desde el «dame dinero que yo me enriquezco», sino desde el servicio y desde la necesidad de subsistir ellos y sus familias.
He visto varios memes en las redes donde se le invita al pastor a que trabaje para tener un salario. Conociendo desde adentro cómo se vive el pastorado, puedo decir que ser pastor ya es un trabajo gigante — aunque hay muchos que no lo asumen así: que no estudian, que no se preparan, que no acompañan a sus ovejas, y que solo están dispuestos a montarse al púlpito a decir lo que se les ocurra.
Y esas iglesias humildes tienen cuentas: algunas pagan arriendo, y las que no, igual pagan servicios y pagan el aseo. Las iglesias tienen baños, y los baños necesitan papel higiénico. Si hay música, hay instrumentos. Y ojalá algún día esté en la mente de todas pagarle a quien sirve con su arte y con su profesión.
Entonces, ¿de dónde sale ese dinero? Por eso yo me debato constantemente entre hablar a favor o en contra del diezmo.
Qué era el diezmo
El diezmo nace como financiación del templo: su estructura, sus servidores y sus obligaciones — entre ellas cuidar a las viudas y a los huérfanos, que es la manera de nombrar, en ese mundo, a todos los que no podían trabajar para ganarse el pan.
Los sacerdotes no tenían otra función social, y fueron la única tribu que no recibió tierra en el reparto:
«Y he aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por heredad, por su ministerio, por cuanto ellos sirven en el ministerio del tabernáculo de reunión.»Números 18:21 · Reina Valera 1960
Y las demás tribus diezmaban el fruto de la tierra o una parte de los animales. No era dinero, no era moneda. Era alimentación para las familias de los sacerdotes.
Hay una parte que casi nunca se lee. El texto explica qué hacer si vives lejos y no puedes cargar la cosecha hasta allá:
«…entonces lo venderás… y darás el dinero por todo lo que deseas, por vacas, por ovejas, por vino, por sidra, o por cualquier cosa que tú deseares; y comerás allí delante de Jehová tu Dios, y te alegrarás tú y tu familia.»Deuteronomio 14:25-26 · Reina Valera 1960
El diezmo se lo comía el que diezmaba, con su familia. Y cada tres años el destino era otro:
«…y vendrá el levita, que no tiene parte ni heredad contigo, y el extranjero, el huérfano y la viuda que hubiere en tus poblaciones, y comerán y serán saciados.»Deuteronomio 14:29 · Reina Valera 1960
Comida. Que terminaba en la mesa de alguien.
El versículo de la amenaza
El que siempre se predica es este:
«¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado… Malditos sois con maldición… Traed todos los diezmos al alfolí.»Malaquías 3:8-10 · Reina Valera 1960
Israel había vuelto del destierro en Babilonia. El templo estaba abandonado, las murallas caídas, y había que reconstruir la nación. Por eso en esos textos hay una insistencia tan fuerte en que la gente diera de lo que tenía y de lo que no tenía. Malaquías se escribió ahí, alrededor del año 430 antes de Cristo. No se escribió pensando en tu quincena.
Y hay algo que nunca se cuenta cuando sacan ese versículo: dos de los cuatro capítulos de Malaquías son un reclamo directo a los sacerdotes — «oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre»—, y dos capítulos antes de la amenaza el libro los acusa de robar:
«…y trajisteis lo hurtado, o cojo, o enfermo, y presentasteis ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano?»Malaquías 1:13 · Reina Valera 1960
Ahora mira lo que estaba pasando en esos mismos años. Nehemías lo cuenta:
«El sacerdote Eliasib, siendo jefe de la cámara de la casa de nuestro Dios… le había hecho una gran cámara [a Tobías], en la cual guardaban antes… el diezmo del grano, del vino y del aceite, que estaba mandado dar a los levitas… Encontré asimismo que las porciones para los levitas no les habían sido dadas, y que los levitas y cantores habían huido cada uno a su heredad.»Nehemías 13:4-10 · Reina Valera 1960
El sacerdote encargado del depósito se lo entregó a un amigo de la familia, y los levitas —que comían de ahí— se quedaron sin nada y se fueron a trabajar la tierra. Y fíjate cómo se arregló: Nehemías no le predicó más duro a la gente, echó a los que administraban y puso otros, «porque eran tenidos por fieles». El problema no era que el pueblo no diera. Era quién repartía.
Así que el alfolí nunca fue la caja de una iglesia: era la bodega desde la que se le repartía al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda. Y el que la estaba vaciando era el que la administraba. El que predica ese versículo desde la tarima está parado, sin darse cuenta, en el lugar del acusado.
Y no es un caso aislado: los profetas están llenos de fricción contra el templo y sus sacerdotes, que se volvieron un eslabón más de los intereses de los imperios de turno — se les iluminaron los ojos cuando les ofrecieron posesiones, y descuidaron al pueblo. El diezmo terminó financiando un templo que ya no cumplía su propósito.
Todo lo que Jesús dijo del diezmo
Esto es todo. No hay más.
En los cuatro evangelios la palabra aparece tres veces, y las tres las dice Jesús. Aquí están las tres, completas.
La primera, un reproche a los escribas y fariseos:
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe.»Mateo 23:23 · Reina Valera 1960
La segunda es la misma escena contada por Lucas, y remata igual: «diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios» (Lucas 11:42).
Ese texto lo tergiversan todo el tiempo: «hay que ser misericordioso sin dejar de diezmar». Era lo contrario. Diezman hasta las hierbas de la cocina y se les olvidó lo importante.
Y la tercera está dentro de una parábola, y hay que contarla completa, porque ahí está todo.
Dos hombres suben al templo a orar. Uno es fariseo: un hombre religioso, cumplidor, respetado, de los que se sabían la ley de memoria y la vivían.
El otro es publicano, y esa palabra hoy no dice nada, pero en ese momento lo decía todo. Un publicano era un judío que le había comprado a Roma el derecho de cobrarles impuestos a sus propios vecinos. Le pagaba al imperio por adelantado y después iba casa por casa recuperando esa plata, con lo que alcanzara a sacar de más. Vivía de eso. Era un colaborador del ocupante que se enriquecía cobrándole a su propia gente, y por eso lo ponían en la misma lista que a las prostitutas y a los pecadores. Si alguien quería nombrar a la peor persona del recinto, nombraba a un publicano.
El fariseo ora de pie, y su oración es esta:
«Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.»Lucas 18:11-12 · Reina Valera 1960
El publicano se queda lejos, sin atreverse a levantar los ojos, golpeándose el pecho. Solo dice seis palabras: «Dios, sé propicio a mí, pecador».
Y Jesús cierra la parábola diciendo que el que se fue a la casa perdonado fue el segundo.
Ahora fíjate para qué le sirve el diezmo al primero. No lo está dando: lo está usando. Es la credencial que saca para orar, y lo primero que hace con ella es medirse contra el hombre que tiene al lado — «ni aun como este publicano».
El que se fue perdonado fue el que llegó sin números.
Esas son las tres. En ninguna de ellas Jesús le dice a nadie que diezme. En dos está reclamando que el diezmo les tapó lo importante, y en la tercera puso «yo diezmo» en la boca del personaje que usó como ejemplo de lo que no hay que ser.
La viuda
Y está la escena de la viuda, que no es un diezmo sino una ofrenda. Pero hay que contarla bien, porque el lugar donde pasa explica lo que pasa.
En el atrio de las mujeres del templo había trece cofres de metal con forma de trompeta, cada uno destinado a una cosa distinta. Ahí la gente echaba su dinero, a la vista de todos. Por eso el relato dice que Jesús estaba sentado mirando cómo el pueblo echaba dinero en el arca, y que muchos ricos echaban mucho: era público. Se veía quién daba cuánto.
Y entonces llega ella y echa dos blancas — las monedas más pequeñas que circulaban en ese momento. Lo que menos se podía dar.
«…esta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.»Marcos 12:44 · Reina Valera 1960
Ahí el foco no es diezmar. El foco es la entrega total de esa mujer hacia Dios.
Y cuatro versículos antes, en la misma escena, Jesús acababa de hablar de los escribas — los maestros de la ley, los profesionales de la religión, los que interpretaban el texto para todo el mundo. Dijo esto:
«Guardaos de los escribas… que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones.»Marcos 12:38-40 · Reina Valera 1960
Ese día el diezmo no llegó a la mesa de nadie. Salió de la de ella.
Si esto te está sirviendo: el primer capítulo de Jesús para la vida real te lo mando al correo, sin costo.
Revisa tu correo y confirma — ahí va el capítulo.
Se rasga el velo
Al morir Jesús, el velo del templo se rasga en dos:
«Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.»Mateo 27:51 · Reina Valera 1960
Ese velo separaba el Lugar Santísimo, la parte del templo donde se suponía que Dios habitaba. Rasgarlo significa que ya no hay un lugar que lo contenga: todos los lugares lo son. El templo pasa a ser nuestro cuerpo — el individual, y el comunitario que armamos con el otro para vivir el evangelio. Por eso el dinero cambia de dirección: ya no sostiene estructuras, cuida necesidades.
«Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.»Hechos 2:44-45 · Reina Valera 1960
Antes el diezmo cuidaba el templo, y el templo cuidaba a los necesitados. Aquí se cuida directamente a las personas: que cada uno y cada una tenga lo básico — alimentación, vestido, techo.
Entonces: ¿diezmo sí o diezmo no?
Antes de responder, una cosa: ningún líder debería tener como base de su economía la necesidad de salvación o de plata que tiene la gente. Lo que deberían estar pensando es cómo, comunitariamente, generar economías crecientes para su iglesia — que la comunidad crezca en producción y en servicios, y que de ahí salga el ingreso del pastor y su familia.
Diezmo sí, como acuerdo comunitario entre personas conscientes de que hay necesidades por solventar. El pastor trabaja y su familia come de eso. El local tiene servicios. Y hace falta un fondo para cuando a alguien se le enferme un hijo.
Diezmo no, como discurso de maldición: como amenaza de que si no lo das te va a ir mal.
Ofrenda no, cuando se vende a Dios como si fuera un producto: se vende la salvación, el milagro, la sanidad, el bienestar de la familia, y la gente entrega su dinero esperando el favor divino. Eso no tiene nada que ver con el evangelio.
Ofrenda sí, cuando como comunidad hay un plan que busca acompañar las necesidades básicas de la gente en su día a día.
Y si no tienes dinero, puedes ofrendar tu profesión. Puedes diezmar lo que sabes hacer.
En este tema soy muy directo. Si perteneces a una iglesia donde tienes que sacar de tu bolsillo para esperar el milagro, donde te prometen que con esa plata vuelve tu pareja o sana tu papá que está en el hospital: ese no es un lugar para estar.
¿No tienes dinero? ¿No puedes dar? No hay problema. Dios no te va a maldecir. Tu bienestar, tu salvación, tus milagros, la sanidad de Dios para tu vida, para tu alma y para tu cuerpo, no dependen de la cantidad de dinero que puedas o no puedas sacar.
¿A la mesa de quién está llegando tu diezmo?