Un fin de semana mi papá nos invitó a Ariel, mi hijo, y a mí a un caserío a la orilla del río Claro, en Antioquia, donde vive gente ribereña. Nos llevaron dos horas en lancha por el río, entramos a una cueva de mármol tapada por los árboles, vimos micos y babillas, nos bañamos en un charco al lado de una cascada. Pero lo que más presente se me quedó fue un tortugario.
La gente de ahí, hace años, cazaba tortugas de río. Se comían la carne, vendían el caparazón como recuerdo. Era parte de la economía y de la comida de la semana. Hoy esas mismas personas recogen los huevos, los cuidan en un cuarto tibio hasta que nacen, y sueltan las tortuguitas en distintas playas del río, porque donde sueltas una hembra es donde ella va a volver a poner. Se toman tan en serio el cuidado que si haces la broma de llevarte una de mascota, te explican con paciencia por qué no.
Nadie los amenazó con nada. Una entidad hizo con ellos un trabajo de pedagogía que tardó años, y pasaron de cazadores a cuidadores. Y hoy son ellos los que enseñan.
Ahí, viendo soltar tortugas, entendí una palabra que la iglesia me había enseñado con miedo: arrepentimiento.
¿Qué significa arrepentirse según la Biblia?
La palabra que usa el evangelio es metanoia, y quiere decir cambiar de parecer, cambiar la forma de entender el mundo. Y como uno vive de acuerdo con lo que entiende, cambiar de parecer termina siendo cambiar de vida.
Eso es lo que pasó en Río Claro. Ellos vivían bajo una forma de pensar: las tortugas se cazan y se comen. Pasaron a otra: las tortugas se cuidan y se sueltan. No fue de la noche a la mañana, fue un proceso en el que aprendieron a mirar distinto, y en la medida en que lo interiorizaron se volvieron personas que enseñan lo que aprendieron.
Jesús anunció el arrepentimiento así:
«El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.»Marcos 1:15 · Reina Valera 1960
Nosotros le decimos a la gente que se arrepienta porque si no se va para el infierno. Jesús tenía otro mensaje: arrepiéntanse porque el reino de Dios ha llegado. No es un arrepentimiento para evitar algo malo. Es, al contrario, para disfrutar algo bueno: las noticias buenas.
El arrepentimiento no compra la salvación
Muchos crecimos con un error: creer que el arrepentimiento es la moneda con la que se paga la entrada. Primero te arrepientes, y entonces Dios te recibe.
El evangelio lo dice al revés:
«Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.»Romanos 5:8 · Reina Valera 1960
Siendo aún pecadores. Antes de cualquier arrepentimiento, Dios ya nos amó. El arrepentimiento, en vez de condición, es consecuencia del amor salvador de Dios. Ese amor con el que Dios nos salva es lo que nos transforma.
Jesús no condicionaba sus acercamientos con la conversión. «Si se convierten van a ser sanos» no es parte de su discurso. Él sanaba, se acercaba, amaba de maneras prácticas, dignificaba a quienes habían sido marginados. Y en agradecimiento, como consecuencia de ese bienestar, la gente lo seguía y cambiaba de vida. Es lo mismo que pasó en Río Claro: a nadie le exigieron cuidar tortugas; les enseñaron a mirar distinto, y el cuidado vino después.
Arrepentimiento y remordimiento no son lo mismo
Hay una diferencia que Pablo pone en una sola frase:
«Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.»2 Corintios 7:10 · Reina Valera 1960
Hay una tristeza que da vueltas sobre uno mismo: la culpa que no se mueve, el remordimiento que se queda mirando lo que hizo. Y hay una tristeza que se convierte en camino. La primera te deja donde estabas; la segunda te pone a caminar hacia otro lado.
Muchos crecimos en comunidades donde el error era una mancha imborrable y arrepentirse era un trámite que había que repetir cada domingo, con lágrimas, para volver a quedar en paz hasta la siguiente falla. Eso no es metanoia. Eso es remordimiento con horario. Los de Río Claro no se pasan la vida llorando las tortugas que se comieron: sueltan tortuguitas nuevas en el río.
¿Cómo saber si estoy arrepentido de verdad?
Lo que se cambia de verdad se nota en lo que uno hace después. Zaqueo, el cobrador de impuestos que se había enriquecido cobrando de más, no le dijo a Jesús que se sentía muy mal. Le dijo esto:
«He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa.»Lucas 19:8-9 · Reina Valera 1960
Fíjate en el orden: primero Jesús se invitó a comer a su casa, delante de todos los que murmuraban. Después Zaqueo cambió. Y el cambio no fue un sentimiento: fue devolver la plata. Ahí Jesús dice que la salvación llegó a esa casa. Hoy.
Por eso el arrepentimiento siempre comienza en el lugar más difícil, que es el espejo, y no termina en el espejo: termina en el otro.
Y hay una versión del arrepentimiento que no lo es: la que celebra la restauración de alguien que hizo daño sin mirar a quienes fueron heridos. Restaurar no es lo mismo que premiar. El arrepentimiento que no repara, que no devuelve, que no pregunta cómo están los que quedaron heridos, todavía no ha llegado a la casa de Zaqueo.
Arrepentirse es un camino, no un momento
Pedro no reconoció a Jesús como el mesías el primer día. Fue un proceso, mientras caminaba con él. Es el camino lo que da convicción y arrepentimiento, no un discurso impositivo: la experiencia del camino, la transformación del proceso, la convicción que va imprimiendo cada paso. Proceso, camino, pasos.
Y los pasos son cotidianos. Pasar de ser no amorosos a amorosos. De segregar a acercar. De aprovecharnos del otro a servirle. De cazar a cuidar. Me atrevo a decirlo como una parábola: el reino de los cielos se parece a una comunidad que pasa de ser cazadora de tortugas a ser cuidadora de tortugas. El reino de Dios nos invita a pasar de ser personas distantes del amor, de la solidaridad y de la esperanza, a ser personas atravesadas por el amor que nos enseña el evangelio.
Y una comunidad así no se guarda el cambio. Los de Río Claro hoy le enseñan a cualquiera que llegue por qué no se mata una tortuga. El que fue alcanzado se vuelve puente para que otros aprendan a mirar distinto.
Arrepentirse no es llorar las tortugas que te comiste. Es soltar tortuguitas nuevas en el río.