
A los pastores, ministerios y comunidades que reciben a Alex Sampedro o a otras personas denunciadas por abuso en espacios de fe.
Asunto: La responsabilidad de quienes vuelven a abrir un púlpito a una persona denunciada por abuso
Estimados pastores y miembros de los equipos de liderazgo:
Les escribo desde la más profunda indignación, pero también desde el dolor, la impotencia y la vergüenza de comprobar cómo, una vez más, una institución cristiana parece considerar más importante ofrecer una plataforma a un predicador cuestionado que proteger la dignidad de las mujeres que han denunciado haber sufrido abusos por su parte.
¿Cómo han podido recibir a Alex Sampedro para predicar en su iglesia?
¿De verdad desconocen las graves denuncias que pesan sobre él? ¿Desconocen los testimonios de las mujeres que en España han señalado conductas abusivas? ¿Desconocen que en 2025 la iglesia donde fue pastor y su federación reconocieron una «conducta moralmente reprochable» que causó «dolor y quebranto en diversas mujeres y sus familias»? ¿O conocen lo sucedido y, aun así, han decidido que merece volver a ocupar un púlpito?
Porque cualquiera de las respuestas resulta profundamente preocupante. Y las mismas preguntas valen para quien le abre su púlpito a cualquier otra persona denunciada.
La responsabilidad pastoral no termina en el Código Penal
No estamos hablando de un simple desacuerdo doctrinal, de diferencias ministeriales ni de un conflicto personal entre hermanos. Estamos hablando de denuncias de abuso, de relaciones marcadas por una profunda asimetría de poder y de manipulación espiritual, y de mujeres que continúan sufriendo las consecuencias de lo vivido.
Que no exista una condena penal no significa que las denuncias carezcan de fundamento, ni exonera a una iglesia de su responsabilidad moral de examinarlas seriamente. La responsabilidad pastoral no comienza donde empieza el Código Penal ni termina donde este no alcanza.
La iglesia de Jesucristo no puede utilizar la ausencia de una sentencia judicial como excusa para desentenderse de quienes se reconocen víctimas.
¿Alex Sampedro les pidió perdón a las mujeres?
Hasta donde conocemos, Alex Sampedro no ha pedido perdón a las mujeres afectadas: el comunicado que publicó en octubre de 2026 pide perdón «a todos», y en él no hay una frase dirigida a ellas. Tampoco conocemos un proceso de reparación hacia ellas que permita justificar su regreso a una plataforma ministerial. Hemos conocido, en cambio, testimonios de mujeres que cuentan que, al hablar, terminaron culpabilizadas.
Y ustedes, sin que conozcamos que hayan exigido explicaciones, rendición de cuentas ni garantías de protección, le han ofrecido un micrófono.
¿Qué significa esto para las mujeres que denunciaron?
¿Son conscientes de lo que significa eso para esas mujeres?
He sido testigo directo de una de las consecuencias de esa decisión.
He recibido la llamada desesperada de una de las mujeres afectadas. Una mujer sumida en una crisis de ansiedad, sufriendo un ataque de pánico y preguntándose, entre lágrimas, por qué Dios permite que alguien a quien ella identifica como responsable de tanto daño siga subiendo a los púlpitos como si nada hubiera sucedido.
¿Pueden imaginar ese dolor?
¿Pueden comprender lo que significa intentar reconstruir una vida después de lo que una reconoce como una experiencia de abuso y descubrir que quienes deberían defender a los vulnerables siguen aplaudiendo, invitando y legitimando públicamente a la persona denunciada?
Ustedes han visto a un predicador. Yo he escuchado a una mujer destrozada.
Y esa es la diferencia que debería avergonzarnos como iglesia.
¿Por qué invitar a una persona denunciada?
Quiero preguntarles directamente: ¿por qué?
Si conocían las denuncias, ¿por qué decidieron invitarlo? Y si no las conocían, ¿qué clase de diligencia pastoral ejercen antes de entregar una plataforma de influencia espiritual a alguien?
No se puede reclamar autoridad espiritual y, al mismo tiempo, eludir la responsabilidad que esa autoridad exige.
¿Qué dice la Biblia sobre defender a los vulnerables?
La Biblia es extraordinariamente clara:
«Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda»Isaías 1:17 · Reina Valera 1960
No dice que defendamos primero el prestigio de los ministros. No dice que protejamos las plataformas. No dice que guardemos silencio para evitar escándalos.
Nos manda hacer justicia y defender a los vulnerables.
¿Dónde queda esa justicia cuando las mujeres que denuncian abusos tienen que luchar por ser escuchadas mientras los hombres denunciados continúan recibiendo invitaciones para predicar?
¿Dónde queda el cuidado pastoral cuando el dolor de quienes se reconocen víctimas parece pesar menos que la popularidad de un conferenciante?
¿Dónde queda el discernimiento espiritual cuando el talento para predicar parece suficiente para ignorar cuestiones tan graves de carácter, integridad y responsabilidad?
¿Invitar a un predicador denunciado es un acto neutral?
Y permítanme decirles algo más: dar una plataforma ministerial no es un acto neutral. Es una decisión de respaldo y legitimación pública.
Cuando una iglesia recibe a una persona sobre la que existen denuncias tan graves sin haberlas examinado debidamente, no puede desentenderse del mensaje que transmite ni de las consecuencias de su decisión.
Si en el futuro otras mujeres resultaran dañadas, ustedes tendrían que responder moralmente por las medidas de protección que adoptaron —o dejaron de adoptar— antes de abrirle sus puertas.
No basta con decir que ustedes no participaron en los hechos denunciados. La responsabilidad de un liderazgo también se mide por lo que permite, por lo que ignora y por aquello ante lo que decide mirar hacia otro lado.
Jesús fue contundente al hablar de quienes hacen tropezar a los pequeños.
Y también denunció con firmeza a los líderes religiosos que cuidaban su apariencia exterior mientras descuidaban la justicia, la misericordia y la fe.
Una iglesia que protege su púlpito más que a las personas ha perdido de vista el corazón del Evangelio.
No les escribo para pedirles una explicación diplomática, una respuesta institucional cuidadosamente redactada ni unas palabras piadosas que permitan cerrar este asunto sin asumir responsabilidades.
Les escribo para exigirles que se hagan preguntas incómodas, que escuchen a las mujeres que han denunciado estos hechos, que examinen seriamente su decisión y que dejen de tratar el acceso al ministerio como si fuera un derecho que estuviera por encima de la seguridad de las personas.
Les pido que expliquen por qué invitaron a Alex Sampedro, o a quien hayan invitado en estas condiciones, qué información conocían previamente, qué medidas de protección adoptaron y qué van a hacer ahora ante el daño que su decisión ha podido ocasionar.
¿Un pastor que se arrepiente puede volver al púlpito?
Porque el arrepentimiento no se demuestra volviendo a predicar. Se demuestra reconociendo el daño, asumiendo responsabilidades, abandonando las conductas abusivas y procurando reparación a quienes han sufrido.
Y la restauración de una persona, incluso cuando fuera genuina, no implica automáticamente su restitución al liderazgo espiritual.
No todo el que sabe predicar está capacitado para pastorear. No todo el que conserva seguidores conserva la idoneidad moral para ejercer autoridad sobre otros.
La mujer al otro lado del teléfono
No puedo dejar de pensar en esa mujer llorando al otro lado del teléfono.
Mientras en una iglesia se celebraba un culto, ella intentaba comprender por qué esa iglesia volvía a darle voz a alguien a quien identifica con una de las experiencias más dolorosas de su vida.
Esa mujer también es importante para Dios.
Y las demás mujeres que han denunciado también lo son.
Sus lágrimas importan. Sus testimonios importan. Su dignidad importa. Su recuperación importa.
Y ningún sermón, por elocuente que sea, debería valer más que su seguridad.
Si fuera su hija, su esposa o su hermana
Termino con una pregunta que espero que no puedan quitarse fácilmente de la conciencia:
Si una de esas mujeres fuera su hija, su esposa o su hermana, ¿habrían tomado la misma decisión? ¿Lo habrían recibido con la misma tranquilidad? ¿Le habrían entregado el mismo púlpito?
Porque si la respuesta es no, entonces el problema no es falta de información bíblica. Es falta de coherencia moral.
No les pido que crean ciegamente cualquier acusación. Les exijo algo mucho más elemental: que no ignoren denuncias graves, que las examinen con independencia y responsabilidad, que escuchen a quienes afirman haber sido dañadas y que no concedan legitimidad ministerial sin una evaluación seria y transparente.
La iglesia no está llamada a ser un refugio para la impunidad, sino un lugar seguro para quienes han sido heridos.
Y cuando los líderes olvidan esa diferencia, tienen que ser confrontados.
Con profunda indignación, dolor y una firme exigencia de responsabilidad cristiana, una voz que se niega a guardar silencio ante el sufrimiento de las mujeres que han denunciado abusos.
https://teocotidiana.org/carta-a-los-pastores-que-reciben-a-alex-sampedro/
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