Yo tenía una colección de casetes de Michael Jackson. Los escuchaba desde muy pequeño, en mi casa.
Después nos mudamos. Y para las personas en el lugar al que llegamos, Michael Jackson era un demonio encarnado. No se podía escuchar esa música, porque escucharla era llenarse de los espíritus que él traía, llenarse de lo malo que él era.
La lista se movía según dónde estuviera uno parado
Hubo una época en la que se constituyó como pecado ponerse pantalones de bota pequeña —bota-tubo les decimos aquí—. Nunca supe si a alguno de los líderes simplemente no le gustaron. Lo que sí recuerdo es el argumento: que el que se vestía así se parecía a los satánicos.
En la adolescencia las únicas camisetas que me ponía eran negras. Oscuras. Y se hablaba mal de mí por eso. No por algo que hubiera hecho: por el color de la ropa que me ponía. Con el pelo me fue peor. Nunca me ha gustado el cabello corto, siempre me ha gustado largo, y eso me trajo cincuenta mil problemas.
Ir a cine también era pecado, y a mí los viejitos de la iglesia me lo demostraban con la Biblia en la mano. Muy juiciosos ellos, abrían el salmo que dice que uno no se debe sentar en silla de escarnecedores. Para ellos estaba clarísimo: la silla de escarnecedores era la silla de la sala de cine.
Todavía hay ambientes cristianos donde para una mujer ponerse pantalón es pecaminoso, y el texto que se saca es Deuteronomio: que la mujer no debe vestirse con ropas de hombre.
Pero en la época de ese verso hombres y mujeres se vestían casi igual. Una túnica larga, y encima un manto. Lo que cambiaba era la tela, el largo, los adornos. No había una prenda con forma de hombre y otra con forma de mujer, así que ese verso no puede estar señalando un corte de ropa que no existía.
Y en hebreo dice algo distinto de lo que leemos en español. Donde nuestra Biblia puso «ropa de hombre», el texto usa kelí, que no es la palabra para vestido: quiere decir enseres, equipo, lo que uno carga, armas incluidas. Y para «hombre» no usa ish, que es la palabra corriente, sino guéber, la que se reserva para el varón fuerte, el guerrero. Por eso hay estudiosos que leen ahí una prohibición de disfrazarse para engañar, y otros una prohibición de prácticas religiosas de los pueblos vecinos. Ninguno está hablando de tu pantalón.
Y así, cosa por cosa. Era pecado ver Dragon Ball. Eran pecado los Caballeros del Zodiaco. Era pecado tener muñequitos, y era pecado tener pósters de los muñequitos.
El rock era pecado. Pero dejaba de serlo si lo cantaba Marcos Barrientos: ahí ya era un coro para la iglesia.
El predicador y la caja del diablo
Hubo un predicador en América Latina que enseñó que los televisores eran la caja del diablo. Tener un televisor en la casa era pecado y había que botarlo. Mucha gente lo botó.
Ese mismo predicador, antes de que se le apagara la vida, andaba firmando contratos para que sus predicaciones llegaran a los televisores de América Latina.
Lo que ayer dejaba a una familia sin televisor, después fue el canal por donde entraba el mensaje. La lista cambió cuando le convino a quien la escribía.
Lo que quiere decir la palabra
Pecado, en el Nuevo Testamento, viene del griego jamartía. Y jamartía es errar en el blanco.
Piensa en un arquero —de los medievales, no de los del fútbol—. Toma su arco, estira la cuerda, suelta la flecha, y la flecha no da donde estaba apuntando. Eso es jamartía. O ponlo más cerca: alineas unas botellas sobre un muro, coges piedras y empiezas a tirarles. Jamartía es no pegarle a la botella a la que le estabas apuntando.
La palabra viene de ahí, del tiro, y con los siglos se fue soltando del arco: los griegos terminaron usándola para cualquier fracaso, para el que se equivoca, para el que pierde una oportunidad, para el que no llega adonde iba. A mí me sigue sirviendo la imagen del arquero, y creo que sirve por una razón muy concreta: mientras el pecado se piense como una lista, uno vive revisando la lista. Cuando se piensa como un blanco, hay que preguntar hacia dónde se está apuntando.
¿Y qué hace el arquero cuando la flecha se le va? Vuelve a tomar una flecha. ¿Qué haces tú cuando la piedra pasa de largo? Coges otra piedra y sigues tirando, hasta que le pegas.
El llamado a no pecar es una invitación a empezar a acertar. Eso es lo que quiere decir que Jesús sea el hombre sin pecado: es la humanidad que sí dio en el blanco. El evangelio te pone delante un camino que, recorrido día a día, te va pareciendo más a él.
¿Y a qué le estaba apuntando Jesús?
Cuando uno se acerca al evangelio se va dando cuenta de que acertar, para Jesús, no tenía nada que ver con tomarse o no tomarse una cerveza. Ni con que una mujer se pusiera un pantalón. Ni con que alguien se tatuara. Ni con el largo del pelo, ni con la bota del pantalón, ni con Dragon Ball.
A él ya se lo habían preguntado, y contestó sin rodeos. Un intérprete de la ley quiso ponerlo a prueba: cuál es el gran mandamiento.
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.»Mateo 22:37-40 · Reina Valera 1960
Yo suelo resumir así todo lo que creo: el corazón de la Biblia es el evangelio. El corazón del evangelio es Jesús. El corazón de Jesús es el proyecto del Reino de Dios. Y el corazón del Reino de Dios es amar a Dios, amarte a ti mismo y amar al otro de una manera práctica.
En su carta, Juan lo puso así:
«Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?»1 Juan 4:20 · Reina Valera 1960
La medida de tu amor a Dios es cómo amas al que tienes al lado.
Jesús contó que al final unos quedan a la derecha y otros a la izquierda, y que unos van a ser reconocidos como hijos del Padre. La selección no se hace preguntando qué ropa te pusiste, ni qué música escuchabas, ni de qué artista era esa música. Se hace con esto: tuve hambre y me dieron de comer, estuve preso y me visitaron.
Y los que quedan a la derecha ni se acuerdan. Preguntan cuándo fue que pasó eso. Y él les responde que si lo hicieron con uno de los pequeños, lo hicieron con él.
El pecado grande
Si el gran mandamiento es el amor a Dios, a ti misma, a ti mismo y al otro, entonces el gran pecado es el desamor a Dios, a ti y al otro.
Errar en el blanco no tiene que ver con tu realidad estética, ni con tus gustos musicales, ni con la ropa que decidiste ponerte esta mañana, ni con los libros que lees o dejas de leer. Errar en el blanco es no amar.
Y amar a Dios se exterioriza en actos cotidianos: la solidaridad, la entrega, la empatía con lo que el otro necesita. Acceder a la fiesta a la que Jesús invita tenía que ver con eso.
¿Entonces todo da igual?
No. Hay particularidades en las que sí es mejor no hacer ciertas cosas.
Si tienes un problema con el licor, si eres alcohólico y tomarte una copa de vino te va a desbordar, es mejor que no te tomes ni una sola copa. El vino no es errar en el blanco. Lo que pasa es que en tu condición particular esa copa abre una puerta que sí lleva a acciones de desamor: con tu familia, y contigo.
Alguna vez hablé con un muchacho que se quería tatuar. Era menor de edad, vivía con los papás y ellos no sabían nada. Le dije que era mejor hablar con ellos y acordarlo, porque el día que lo descubrieran iba a haber tensión en la casa: un momento molesto para ellos y también para él. Le dije que si le decían que no, no era el momento; que más adelante, cuando saliera de la casa, cuando su bienestar no dependiera de ellos, iba a poder tatuarse sin esa tensión encima.
¿El tatuaje es pecado? No.
Lo que puede generar bienestar o malestar es el contexto en el que decides hacértelo. Cada quien puede y debe tomar decisiones según las particularidades de su vida. Pero que existan contextos donde algo no conviene no convierte esa cosa en pecado.
Si el blanco es el amor: ¿a qué le estás apuntando tú?