Hay una frase que se dice con orgullo en las familias cristianas: nosotros somos de los que no se divorcian.
Se dice de los abuelos. Se dice de los tíos. Se dice como quien enseña una medalla. Cincuenta años, y nunca una separación.
Y casi nunca se pregunta qué pasó adentro de esos cincuenta años.
Lo que costó esa medalla
Muchos de esos matrimonios que nunca se rompieron fueron matrimonios donde alguien aguantó. Y casi siempre la que aguantó fue ella.
Aguantó los golpes y dijo que se había caído. Aguantó la otra casa que él tenía en el otro barrio y que todo el mundo conocía menos ella. Aguantó que llegara a las tres de la mañana y no poder preguntar nada. Aguantó treinta años sin manejar plata propia. Aguantó que la tocaran cuando no quería, porque le enseñaron que negarse era malo delante de Dios.
Y no se separó, porque separarse era el pecado. Lo otro —lo que le estaban haciendo— eso no tenía nombre en la iglesia.
Cuando decimos que antes los matrimonios duraban, estamos contando media historia. La otra mitad es a costa de quién duraban.
La ley que permitió el divorcio protegía a la más débil
Aquí es donde casi todo el mundo lee al revés.
En el texto de Deuteronomio hay un reglamento sobre la carta de divorcio, y lo hemos leído siempre como «la ley del divorcio»: el permiso para separarse. Pero para entender qué está haciendo esa ley hay que mirar en qué mundo aparece.
En ese mundo el hombre se casa y no está obligado a tener una sola esposa: puede tener varias. Y además de las esposas puede tener lo que nuestras Biblias llaman concubinas.
Esa palabra tapa más de lo que dice. Varias de esas mujeres estaban esclavizadas, y llegaron a la cama del marido porque se las entregó la propia esposa. A Bilhá y a Zilpá las ofrecen y ellas no dicen una sola palabra en todo el relato. No escogieron con quién, ni cuándo, ni si querían quedar embarazadas, ni qué pasaba después con los hijos que parieron. De Bilhá se ha dicho que quizá sea la mujer con más parejas sexuales de toda la Escritura, y que no escogió a ninguna.
«Concubina» es una traducción amable para eso.
La mujer no puede casarse con varios hombres. La carta de divorcio la escribe él, no ella: el papel que la deja libre depende de la mano del que la está echando. Y la mujer depende de un hombre —su papá o su marido— para comer, para tener techo, para existir dentro de la estructura social. En varios reglamentos de esa ley, la mujer aparece dentro de la lista de propiedades del hombre.
Dentro de ese mundo, mira lo que dice el texto:
«Cuando alguno tomare mujer y se casare con ella, si no le agradare por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, y se la entregará en su mano, y la despedirá de su casa. Y salida de su casa, podrá ir y casarse con otro hombre.»Deuteronomio 24:1-2 · Reina Valera 1960
Ese papel es lo único que ella tiene. Con esa carta puede volver a la casa del papá y tener dónde dormir mientras tanto.
Sin ella queda en un limbo: ni casada ni libre, repudiada y sin sustento. No puede rehacer su vida con nadie, porque a los ojos de todos sigue siendo la mujer de él, y cualquier hombre que la recibiera estaría cometiendo adulterio.
La ley no le está dando permiso al hombre. Le está poniendo una obligación: si la vas a sacar de tu casa, la sacas con un papel que certifique que ya no es tu mujer.
Lee otra vez la segunda línea: podrá ir y casarse con otro hombre. El derecho a volver a casarse no es una concesión moderna ni una debilidad de nuestra época. Está escrito ahí, en la misma ley.
Lo que esa línea da por sentado sobre ella es que no quedó dañada. Que todavía le queda vida, y alguien con quien vivirla.
Y hay otra ley que nunca se cita
Deuteronomio no es el único texto sobre esto, y el otro es el que más falta nos ha hecho.
Unas páginas antes, en Éxodo, se le ponen al marido tres obligaciones concretas. Y se dice qué pasa si no las cumple:
«Si tomare para él otra mujer, no disminuirá su alimento, ni su vestido, ni el deber conyugal. Y si ninguna de estas tres cosas hiciere, ella saldrá de gracia, sin dinero.»Éxodo 21:10-11 · Reina Valera 1960
Léelo despacio, porque dice algo enorme. Comida, ropa y afecto conyugal no son favores: son deberes. Y si él falla en cualquiera de los tres, ella se va, libre, y sin tener que pagar nada por irse.
Esto no es una lectura moderna forzada. Los contratos matrimoniales judíos de la época lo escribían con todas las letras —hay uno del año 126 que le promete a ella la comida, la ropa y el lecho—, y en tiempos de Jesús todas las escuelas rabínicas leían este texto como permiso de divorcio por abandono. Ninguna lo discutía. Sobre esto no había pelea.
Ahí está lo que se nos perdió. Cuando los rabinos peleaban, peleaban por Deuteronomio: por cuánta facilidad tenía un hombre para botar a su mujer. Lo de Éxodo —que ella puede irse si la dejan sin comida, sin ropa o sin afecto— nunca estuvo en discusión. Era piso firme.
Y ese piso firme es el que nos hicieron olvidar.
Por qué quedarse sin marido era quedarse sin nada
Aquí hay que explicar algo, porque si no, todo lo anterior suena exagerado.
Esa mujer trabajaba, y trabajaba durísimo. Molía el grano, sacaba el agua, hilaba, tejía, criaba, atendía los animales, sostenía el negocio de la casa. Los estudios sobre las mujeres judías de esa época muestran que tenían más presencia pública de lo que se creía, y peso económico real dentro de los negocios familiares.
Pero fíjate dónde ocurría todo ese trabajo: adentro de la unidad familiar. Era trabajo que alimentaba a la casa, no un sueldo que ella pudiera guardarse ni llevarse a otra parte. Por fuera de las necesidades de la familia no había un lugar decente donde una mujer se ganara el pan.
Entonces su subsistencia colgaba de un hombre: el papá, el marido, los hijos varones, los hermanos. Y si ese hombre faltaba, lo que se perdía no era el cariño. Era el techo, la comida y el lugar en el mundo.
Por eso la Biblia repite siempre los mismos dos nombres cuando va a nombrar a los desamparados: la viuda y el huérfano. No es una figura poética. Es la descripción exacta de quién se quedaba por fuera, en aquella cultura, cuando faltaba el hombre de la casa.
Y en el siglo I eso se volvió una emergencia
Súmale el momento. A seis kilómetros de Nazaret quedaba Séforis. Cuando Jesús era muy pequeño, un hombre llamado Judas, hijo de Ezequías, se tomó el arsenal de esa ciudad, y Roma contestó como contestaba siempre: Josefo cuenta que Varo la quemó y vendió como esclavos a los que quedaron vivos. Desde Nazaret se veía el humo.
De Séforis no volvieron maridos, ni papás, ni hermanos, y a los que no mataron se los llevaron encadenados. Eso le deja a las aldeas de alrededor las mismas consecuencias: campos sin quién los trabaje, cosechas que se pierden, deudas que terminan comiéndose la parcela — y casas donde la mujer se quedó sin el hombre del que dependía todo lo demás.
En ese mundo un hombre de cuarenta años ya era un anciano, porque la expectativa de vida era corta. No hacía falta una guerra para quedarse sola.
Mujeres sin papá y sin marido. Mujeres repudiadas. Y para las que quedaban sin nadie, dos salidas: la limosna, o vender el cuerpo. Una mujer repudiada tampoco encontraba fácilmente con quién casarse otra vez, porque estaba mal visto casarse con ella.
Mientras tanto, los rabinos discutían los requisitos. Había dos escuelas. La de Shammai decía que solo se podía repudiar a la mujer por infidelidad. La de Hillel decía que por cualquier cosa —la Mishná recoge el ejemplo: aunque se le haya quemado la comida—. Y el rabino Akiva iba más lejos: aunque el hombre hubiera encontrado a otra más hermosa que ella.
Esa era la discusión. Con cuánta facilidad se puede dejar a una mujer sin nada.
Lo que Jesús contestó
Cuando los fariseos se le acercan a preguntarle, le están pidiendo que escoja bando: ¿la línea estricta o la línea suelta? ¿Solo por infidelidad, o por la comida quemada?
Jesús no escoge ninguna de las dos.
«Le dijeron: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla? Él les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así.»Mateo 19:7-8 · Reina Valera 1960
Fíjate contra quién está hablando. No les está diciendo a las mujeres que aguanten. Les está diciendo a los hombres que dejen de botarlas.
Porque el que repudiaba no perdía nada. Él podía tener otras esposas, podía casarse otra vez, tenía la casa, tenía las esclavas. La que quedaba en la calle con los niños era ella.
Jesús está haciendo lo mismo que hacía la ley: ponerse del lado del que queda a la deriva.
Le preguntaron por Deuteronomio: con cuánta facilidad puede un hombre botar a su mujer. De la otra ley, la de Éxodo, nadie le preguntó nada, porque sobre esa nadie discutía. Jesús cerró la puerta del capricho. No tocó la del abandono.
Por eso duele tanto que ese versículo se haya usado durante siglos para lo contrario: para sostener a una mujer adentro de una casa donde la estaban destruyendo. La respuesta que Jesús le dio a un hombre que quería deshacerse de su esposa se la terminamos aplicando a las mujeres que querían salvar su vida.
Y después empezaron los peros
Vale la pena saber que la rigidez que conocemos hoy no viene de ahí. Se construyó despacio, y con muchas idas y venidas.
Pablo ya pone una excepción: si el matrimonio es de un creyente con alguien que no cree y esa persona se quiere ir, que se vaya, y el hermano o la hermana queda libre, porque hemos sido llamados a la paz. Mateo pone otra: salvo por causa de porneia, una palabra que se tradujo como fornicación y sobre la que los académicos siguen sin ponerse de acuerdo.
Con los padres de la iglesia pasa igual. Durante más de mil años la norma fluctuó: se apretaba, se aflojaba, unos concilios permitían lo que otros negaban. La indisolubilidad absoluta que hoy damos por eterna no queda fija hasta los siglos XI y XII. Para entonces ya se da por supuesta y deja de discutirse, y así llegó hasta nosotros: como si siempre hubiera sido así.
El caso que resolvió Jerónimo
Hay una historia del año 399 que vale por todo el argumento.
Una mujer romana llamada Fabiola dejó a su marido y se volvió a casar. Por eso la excomulgaron, e hizo penitencia pública. Cuando ella murió, Jerónimo —uno de los padres de la iglesia— escribió sobre su caso.
Sobre el primer marido, escribió esto:
«Tan terribles eran las faltas que se le imputaban a su anterior marido, que ni una prostituta ni un esclavo común habrían podido soportarlas.»Jerónimo, Carta 77
Dijo que ella tenía derecho a dejarlo, y argumentó algo que en el siglo IV no era obvio: que la regla vale igual para los dos. No puede ser que a la esposa adúltera haya que despedirla y al marido incontinente haya que conservarlo.
Con el nuevo matrimonio fue más duro, porque para entonces ya se enseñaba que mientras el primer marido siguiera vivo seguía siendo su marido. Lo llamó una falta —y aun así, en la misma línea, escribió que pudo haber sido un caso de necesidad, porque era muy joven.
Escribió todo eso para defenderla. La mujer a la que habían excomulgado terminó teniendo la razón en la pluma del padre de la iglesia más severo que tuvo Occidente.
¿Y volver a casarse?
Si llegaste aquí buscando eso, te respondo de frente: no creo que volver a casarse sea el pecado, no creo que nadie deba cargar con esa condena.
El derecho a rehacer la vida está en la ley desde el primer momento. Era la parte que protegía a la mujer que se iba de esa casa con lo que tuviera puesto. Lo que llegó después —la prohibición absoluta, la lista de casillas, la idea de que quien se casó otra vez quedó por fuera para siempre— es una construcción de siglos posteriores.
Nadie te debería entregar esa respuesta como un veredicto, ni yo tampoco. Eso lo vas construyendo tú, de la mano de Dios, en tu vida cotidiana.
Entonces, ¿me puedo separar o no?
No hay una fórmula. No es una lista de casillas que uno marca —esto sí, esto no, esto sí— y al final sale un permiso. Cada caso tiene cincuenta mil variables, y hay que ir a cada historia desde lo particular para entender qué es lo que de verdad está ocurriendo ahí adentro.
Yo creo dos cosas.
La primera es que hay que aportar al bienestar de la familia siempre que se pueda lograr. Cuando todavía hay algo que construir, se construye.
La segunda es que donde hay abuso hay que cobijar al más débil de ese acuerdo. En general ha sido la mujer; en casos particulares puede ser el hombre. Pero cuando hay violencia, cuando hay abuso de poder, cuando alguien está en peligro, ahí no hay nada que discernir: hay que cobijar a la víctima de su victimario, al oprimido de su opresor.
Y todavía se predica lo contrario. Todavía hay púlpitos donde la que queda señalada es ella: que no aguantó, que no oró lo suficiente, que rompió el hogar.
Ella no rompió nada. El hogar ya estaba roto, y fue la única que se atrevió a decirlo en voz alta.
Cuando el matrimonio deja de acompañar y lo que hace es aporrear, cuando en vez de sostener a la persona la va desgastando junto con sus sueños, la pregunta que traías ya no es la pregunta.
Y si toca: cómo divorciarse siendo cristiano
Separarse duele, y duele por dentro y por fuera al mismo tiempo.
Duele adentro, en el alma: se cae la vida que uno se había imaginado, esa que uno contaba en futuro y que ya no va a ocurrir. Duele en lo económico: dos arriendos donde había uno, el mercado que toca estirar, esa cuenta que uno vuelve a sacar a medianoche por si la primera vez se equivocó. Duele en el cuerpo: uno no duerme, no le pasa la comida, anda con algo apretado en el pecho todo el día. Y duele en lo familiar: el hijo que pregunta cuándo vuelve papá y hay que contestarle algo; la mamá de uno, que no entiende; los de la iglesia, que empiezan a saludar distinto.
Pero el evangelio no se sale del cuarto cuando empieza el divorcio.
Necesitamos no salir a buscar culpables, y reconocer nuestras propias acciones dentro de eso que se fracturó.
Necesitamos encarnarnos en la realidad de la otra persona. Eso fue lo que Jesús hizo con nosotros: vivió un proceso de humanidad para acompañarnos en medio de nuestras realidades. Encarnarse aquí es poder brindar bienestar, independiente de dónde esté o no esté la otra persona.
Y necesitamos repartir lo que se construyó, porque se construyó entre los dos.
Todavía se oye el yo construí todo esto, todo esto es mío, usted se va. Pero mientras uno construía eso, la otra persona estaba sosteniendo la casa: haciendo de comer, lavando, criando, cuidando de que hubiera con qué vestirse y con qué comer. Eso también era trabajo, y muchas veces es más cansón lo que se hace adentro de la casa que lo que se hace afuera. No es mi casa: es nuestra casa. Acordemos cómo la vamos a soltar.
Hay cosas que no se pueden repartir. Las emociones no se reparten, el dolor no se reparte, lo que quedó adentro no se reparte. A eso, a lo sumo, se lo puede acompañar.
Y necesitamos abrazarnos al perdón que nos enseña el evangelio, ese que alcanza incluso a los enemigos. Jesús recibió el daño más grande que le pueden hacer a una persona, y estando en la cruz, torturado, ensangrentado, decidió perdonar y amar.
Tomemos decisiones que nos beneficien a los dos, que no dejen a la deriva a ninguno de los dos. Que no haya un débil en este divorcio, sino que ambos, al separarnos, podamos estar bien.
Y si eres tú quien está en la mitad de todo esto, con la casa a medio repartir y la iglesia mirándote raro, escucha bien esto último.
El Dios que hizo escribir esa carta para que ella pudiera seguir viviendo una vida digna es el mismo Dios de hoy. El que se puso del lado de la que iba a quedar en la calle es el mismo. El que dijo que la comida, la ropa y el afecto no eran favores sino deberes es el mismo.
Ese Dios no te está esperando a la salida con una cuenta de cobro. Está adentro de todo esto, buscando bienestar donde hay debilidad. Y si hoy la debilidad es la tuya, es contigo con quien está, en la mitad del desorden, mientras vuelves a empezar.
¿Y si la pregunta no es si te puedes ir, sino a quién estamos dejando a la deriva?