Yo tuve uno de esos anillos.
Se repartían al final del ritual. Habíamos visto los videos en grupo, semana tras semana: un muchacho carismático explicando por qué cada uno y cada una debía guardarse virgen hasta el matrimonio. Él lo había logrado. Si él pudo, todos podíamos. Al final venía la oración que prometía pureza sexual, una especie de matrimonio con Dios, y el anillo que sellaba la promesa.
Había gente llorando. Yo entre ellos.
La élite de los que no
Hubo una época en la que hablar de pureza, en las iglesias, era hablar de tres cosas: no masturbarse, no tener pensamientos sexuales y ser virgen. La palabra no daba para más.
Y con eso se armó una escalera. Uno era tenido por santo o santa mientras no hubiera perdido la virginidad, y los lugares importantes los ocupaban los que no habían tenido sexo. Una élite espiritual hecha de gente que no había hecho algo.
Como toda élite, empezó a mirar por encima del hombro. «Si me voy a guardar, que sea para alguien que se guarde» — esa frase se escuchó mucho, en muchas partes. Se cayeron relaciones hermosas por eso.
Eso no salió de la Biblia: salió de los años noventa
Y casi nunca se dice, pero todo eso tiene fecha de nacimiento.
En 1993 la Convención Bautista del Sur lanzó en Estados Unidos una campaña llamada True Love Waits. En 1994 llenaron Washington con veinticinco mil jóvenes y extendieron 210.000 tarjetas de compromiso en la explanada, para que se vieran desde el aire. Entre 1993 y 2004 firmaron esa promesa unos dos millones y medio de jóvenes.
No nació de una revelación: fue la respuesta evangélica a la epidemia del sida y a la revolución sexual de los sesenta. Una reacción cultural, con su miedo y su contexto. Y nos llegó traducida, con los videos doblados. No estábamos discutiendo nuestra realidad: estábamos repitiendo una campaña gringa de hacía diez años.
El manual que se derivó de esa campaña se llamó Le dije adiós a las citas amorosas, y lo escribió Joshua Harris en 1997, a los veintiún años. Vendió más de un millón de ejemplares. Él no inventó el movimiento —ya llevaba cuatro años existiendo—: fue un muchacho al que una industria entera convirtió en vocero.
En 2018 retiró el libro de circulación y pidió perdón públicamente. Dijo que ya no creía buena parte de lo que había enseñado. Al año siguiente anunció que se separaba y que había dejado de considerarse cristiano.
Y su esposa publicó el suyo. Shannon estuvo casada con él diecinueve años, era cantante y actriz, y en The Woman They Wanted (2023) cuenta cómo dentro de esa iglesia la fueron achicando de a poco, hasta dejarla convertida en una extensión de su marido y de la congregación. Mientras él escribía el manual de la pureza, a ella la iban borrando en su propia casa.
El matrimonio modelo terminó con los dos escribiendo por separado sobre el daño que les hizo la cultura de la pureza. Él pidió perdón. Los que lo editaron y lo llenaron de auditorios, todavía no.
A ellas y a ellos los rompió distinto
A ellas ese discurso les dijo: eres algo que se puede manchar. A ellos les dijo otra cosa: eres un animal que hay que contener.
Al muchacho se le enseñó que su deseo era el enemigo, que lo que le pasaba en el cuerpo a los trece años era sucio. La masturbación se volvió el pecado secreto de una generación de hombres que se creyeron asquerosos por algo que de manera orgánica le pasa a todo el mundo: la naturalidad sexual con la que fuimos creados se va despertando y va necesitando un escape. Y no lo podían contar, porque el que confesaba se bajaba del altar. Muchos aprendieron ahí a mentir.
Y venía el doble rasero, que es la parte más difícil. Cuando fallaba un hombre había sido una caída: algo que le pasó. Cuando fallaba una mujer, eso era lo que ella era.
Mientras tanto el cuerpo hacía lo suyo. Las manos, la boca, el sexo detrás de un blue jean: si la regla es una sola, todo lo demás queda en zona gris. Garfunkel and Oates le hicieron una canción, The Loophole —«el vacío legal»—, sobre muchachas que llegan vírgenes al altar porque encontraron la puerta que, según la regla, no les rompía el tesoro más preciado.
La culpa no tiene switche
Muchos llegaron al matrimonio creyendo que ahí estaba la cúspide, y se decepcionaron. Nadie les dijo que un sexo placentero se construye: hablándolo, equivocándose, descubriéndose. Pero hablarlo era tabú, y entonces él no sabía, ella no se expresaba, los dos tenían miedo y nadie estaba feliz.
Aunque llegaron vírgenes.
Y aquí está el fondo del asunto: la culpa y el disfrute no se prenden y se apagan como un interruptor. Durante años te dijeron que eso era malo —malo mirarlo, malo hablarlo, malo pensarlo—, justo a la edad en que estabas aprendiendo quién eras. Y se supone que la noche de la boda alguien bajó una palanca y todo lo malo se volvió bendito.
Ese switche no existe.
Lo que se grabó en esos años no se borra con una firma. Se queda en la cabeza, en el corazón y —esto es lo que menos se dice— se queda en el cuerpo, que no entiende de permisos. Hay gente con años de casada que todavía no logra disfrutar, y que además se siente culpable por eso: por no gozar lo que ya le permitieron. Una culpa encima de la otra. Hay quienes siguen yendo al psicólogo por las consecuencias que les dejaron esos discursos, y eso no es un daño colateral: es el resultado.
Sí existe un texto sobre comprobar la virginidad
Hay un pasaje que casi nunca aparece en estas conversaciones, y que trata de esto mismo. No en sentido figurado: al pie de la letra.
«Cuando alguno tomare mujer… y dijere: A esta mujer tomé, y me llegué a ella, y no la hallé virgen; entonces el padre de la joven y su madre tomarán y sacarán las señales de la virginidad de la doncella a los ancianos de la ciudad, en la puerta… Mas si resultare ser verdad que no se halló virginidad en la joven, entonces la sacarán a la puerta de la casa de su padre, y la apedrearán los hombres de su ciudad, y morirá.»Deuteronomio 22:13-21 · Reina Valera 1960
Los padres guardaban la sábana y la extendían delante de los ancianos, como prueba. Y fíjate quién paga: si el marido mintió, le cobran una multa; si falló ella, la matan.
De ahí viene la obsesión con la virginidad. No viene de Jesús. Viene de un sistema donde el cuerpo de una mujer era una propiedad que se entregaba con certificado de garantía.
Hoy nadie guarda la sábana. Pero se quedaron con lo que había debajo: la idea de que el valor de una persona se puede medir revisándole el cuerpo.
Cuatro mujeres en el árbol de Jesús
Ahora mira lo que hizo Mateo. Abre su evangelio con la genealogía de Jesús, y en las genealogías de esa época no se nombraba a las mujeres. La línea iba de padre a hijo y punto.
Mateo nombró a cuatro.
«Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara… Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed… y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías.»Mateo 1:3, 5, 6 · Reina Valera 1960
Tamar se disfrazó de prostituta y se acostó con su suegro para conseguir lo que le debían. Rahab era prostituta de oficio. Rut fue de noche a acostarse a los pies de Booz. Y a Betsabé el texto ni la nombra: la llama «la que fue mujer de Urías», y ahí cabe toda la historia.
Cuatro mujeres que la cultura de la pureza habría dejado por fuera de la iglesia. Y están en el apellido de Jesús. Eso no es un descuido: es una declaración.
Y entonces cambia el sujeto
En la ley, la virginidad de una mujer es un asunto de propiedad: se prueba, se cobra, se castiga. En los evangelios eso desaparece. Jesús no le pregunta a nadie por eso. Ni una sola vez, en ningún texto.
Al contrario: las mujeres con historias que esa ley habría condenado son las que terminan siendo heroínas del proyecto del reino de Dios.
A la samaritana, que había tenido cinco maridos y vivía con uno que no era el suyo, no le pidió cuentas. Se sentó a hablar con ella, le dijo quién era, y ella salió corriendo a contarlo: «muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer» (Juan 4:39). La primera persona que le lleva el mensaje a un pueblo entero, en ese evangelio, es ella.
A la que entró llorando a ungirle los pies —«una mujer de la ciudad, que era pecadora», dice Lucas 7— no la sacó: defendió lo que estaba haciendo delante del que la juzgaba desde la mesa.
Y el movimiento se sostenía con la plata de un grupo de mujeres: «Juana, mujer de Chuza… y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes» (Lucas 8:3).
Tampoco condenó a la que le llevaron acusada de adulterio, aunque la ley decía que había que apedrearla. Se agachó a escribir en el suelo para insinuarles que sus corazones habían decidido abandonar el agua de vida que viene de Dios. Y los fue dejando ir uno por uno.
«…los que se apartan de mí serán escritos en el polvo, porque dejaron a Jehová, manantial de aguas vivas.»Jeremías 17:13 · Reina Valera 1960
Porque la virginidad de una persona no equivale a su pureza espiritual, y esto vale igual para un hombre que para una mujer. Hay gente que ha tenido sexo —una o mil veces— y vive la gracia de Dios con una limpieza que se le nota en cómo trata a los demás. Y hay gente con el sexo intacto que vive llena de amargura, de rencillas y de desamor, lejísimos de la esperanza del evangelio.
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Esto no es un permiso
No estoy invitando a nadie a acostarse con quien sea. Lo que uno hace con su cuerpo tiene consecuencias, y merece pensarse con cuidado, con honestidad y con respeto por el otro y por uno mismo.
Y si alguien decide esperar hasta el matrimonio, es una decisión válida y respetable. El problema nunca fue esperar. El problema fue convertir la espera en un escalafón para medir quién vale más delante de Dios.
Quitar esa regla no deja a nadie sin brújula: deja otra, y es más exigente. Porque pararse de verdad en lo que enseñó Jesús lleva a amar al otro y a amarse uno, y eso aterriza en cosas concretas.
Si amo al otro, no lo uso. No le miento para conseguir intimidad. No lo presiono, ni con insistencia ni con culpa ni con versículos. Si me amo, no me entrego a alguien que me trata mal, ni por miedo a quedarme solo ni para que me quieran.
Eso sostiene la sexualidad donde hay bienestar, respeto y cuidado. Y ninguna de esas preguntas se responde revisándole el cuerpo a nadie.
Ya dejemos de apedrear a la gente por sus decisiones sexuales. Aprendamos a parar la horda que acusa y a abrazar a quienes son acusados.
¿No eres virgen? No importa: no eres menos que quienes sí lo son. ¿Sí eres virgen? Está bien: no eres más que quienes no lo son.
Y si te tocó el anillo, y el libro, y la promesa, mira si algo de esto te suena: que todavía se te cierre el pecho cuando alguien menciona la importancia de ser virgen. Que haya un recuerdo de tu vida que no le has podido contar a nadie, porque contarlo te haría caer ipso facto de la gracia que está reservada para la élite. Que sigas pidiéndole perdón a Dios por desear a alguien.
Nada de eso venía de Dios. Venía de una campaña que empezó en 1993 y de un muchacho de veintiún años que ya pidió perdón. Tu valor nunca estuvo focalizado en la virginidad de tu cuerpo.
¿Y si nunca fue tu cuerpo lo que Dios estaba mirando?