Casi nunca te lo dicen para hacerte daño. Te lo dicen con cariño, con la mano en el hombro, en el pasillo, a la salida: «Dios no quiere verte así.»
Y tú asientes, das las gracias y te vas. Pero esa frase se queda haciendo mella en tu mente durante la noche, y no como consuelo. Lo que te queda sonando es «entonces debería estar mejor». Ya estabas triste. Ahora, además, tienes que sentirte mal por estar triste.
Yo crecí donde la presencia de Dios se medía por lo que uno sentía. Si había gozo en el culto, ahí estaba Dios. Si uno salía distinto, ahí estaba Dios. Y si uno se iba igual que como entró, si en toda la noche de clamor no pasó nada por dentro, la explicación estaba lista y era una sola: falta de fe. De alguno. De alguna. Tuya.
Nadie decía «hoy fue una semana dura». La culpa siempre terminaba siendo de uno. Y uno se iba para la casa cargando dos cosas: lo que ya traía, y la sospecha de que le estaba fallando a Dios.
Te contesto de una vez:
La depresión no es pecado.
La tristeza no es pecado.
La ansiedad no es pecado.
La aburrición no es pecado.
El miedo no es pecado.
Llorar no es pecado.
Quebrarse no es pecado.
La tristeza no es un demonio
Esto hay que decirlo en mayúsculas sostenidas, porque en muchas iglesias todavía se enseña lo contrario: la depresión y la ansiedad no son un espíritu maligno. Son realidades humanas y necesitan atención humana.
Existen desórdenes de ansiedad y depresiones clínicas. Son patologías, son enfermedades, y necesitan terapias medicadas. Y así como a nadie se le ocurre que el cáncer se cure solo con oración, la tristeza patológica tampoco se cura así.
Orar no lo cura todo, no lo soluciona todo y no tiene el mismo efecto en todas las personas. Sin duda es una fuente de esperanza, pero no es todo lo que alguien necesita. Y esto no lo digo contra la oración: lo digo a favor de la persona que lleva meses orando y sigue igual, y que además de la enfermedad carga ahora la sospecha de que ora mal.
Quien vive una depresión no está por eso «lejos de Dios». Y quienes dicen que la depresión es pecado casi siempre están hablando de una enfermedad que no conocen.
Tampoco es tu culpa. El dolor no es malo, las heridas no son malas, estar enfermo no es malo. Dios no te culpa ni por tu dolor ni por tu enfermedad.
En la Biblia la gente está triste todo el tiempo
Elías acababa de ganar. Había visto caer fuego del cielo delante de todo el mundo. Y ya iba huyendo, porque la reina había mandado a decirle que para esa misma hora del día siguiente él iba a estar muerto. Caminó un día entero por el desierto, se sentó debajo de un enebro y pidió morirse:
«Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres.»1 Reyes 19:4 · Reina Valera 1960
Fíjate en lo que pasa después. Dios no lo reprende. No le manda un versículo. No le dice que le falta fe. Le manda un ángel que lo toca y le dice dos palabras: levántate, come. Y cuando Elías abre los ojos, lo que hay junto a su cabeza es una torta cocida sobre las ascuas y una vasija de agua. Él come, bebe y se vuelve a dormir. Y el ángel regresa, y le dice lo mismo: levántate y come.
Antes de cualquier conversación y de cualquier misión nueva: comida y sueño, dos veces. Lo primero que Dios le atendió a Elías no fue la fe. Fue el cuerpo. Y al darle de comer y dejarlo dormir le estaba atendiendo lo que sentía, porque no son dos cosas separadas: nadie que lleve días sin comer y sin dormir está en condiciones de tener ganas de vivir.
En los salmos aparece alguien que no para de llorar. Llorar se le ha hecho una rutina cotidiana, como comer. Y encima tiene que aguantarse la pregunta de los demás:
«Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?»Salmo 42:3 · Reina Valera 1960
Esa pregunta sigue igualita. A quien está triste le toca, además, dar explicaciones de dónde quedó su Dios en medio de la tristeza.
Hay otro salmo donde la respuesta no llega en forma de exigencia:
«Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.»Salmo 34:18 · Reina Valera 1960
Cercano. No «lejano hasta que se compongan». Cercano justamente en medio de las tristezas y el quebranto.
Jesús no escondió que estaba triste
De Jesús es de quien menos hablamos cuando hablamos de tristeza. Lo dibujamos poderoso e inconmovible, como si nada de lo que pasaba a su alrededor lo moviera. Los evangelios no lo cuentan así. Ahí se vive sensible y frágil.
Sintió hambre en el desierto.
Se airó en el templo.
Lloró con la tristeza de los que lloraban a su muerto.
Bebía vino y comía pan.
Y pidió no tener que tomar una copa tan amarga
mientras sus amigos dormían con dulzura.
Frente a la tumba de Lázaro, el evangelio de Juan lo resuelve en dos palabras:
«Jesús lloró.»Juan 11:35 · Reina Valera 1960
Él sabía lo que iba a pasar en un rato. Sabía que Lázaro se iba a levantar. Y aun así se quedó llorando con las hermanas antes de hacer nada. No se saltó el llanto porque conociera el final.
Y eso nos cobija. Así conozcamos desde la esperanza cómo termina el evangelio, y así sepamos que Dios siempre nos mueve hacia el bienestar, podemos sentir. Podemos llorar. Podemos estar tristes. Podemos tener quebranto de corazón. Podemos tener miedo. Podemos necesitar vivir el proceso de la tristeza.
Y en el huerto, la noche antes de que lo mataran, les dijo a sus amigos:
«Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.»Mateo 26:38 · Reina Valera 1960
Nombró su tristeza sin disculparse por ella. No pidió que le quitaran la tristeza. Pidió que lo acompañaran en medio de ella.
Dios no te está midiendo el ánimo
Seguir a Jesús no te asegura valentía, ni alegría, ni éxito, ni un corazón sin marcas en una vida llena de obstáculos. Lo que hace la diferencia es saber que él te va acompañando mientras te llegan las dificultades.
Y esa compañía no sugiere nunca un estándar de reacción. No viene con una lista de cómo deberías estar sintiéndote. Cada uno y cada una la vive de acuerdo con su propia realidad, con su cuerpo, con su historia, con lo que le tocó.
Por eso no calcules la presencia de Dios por lo bien que te sientes. Hay procesos que no se notan desde afuera. Una persona puede seguir llorando y estar sanando al mismo tiempo. Puede seguir con miedo y estar recuperando la esperanza. Puede no sentirse feliz y estar volviendo, poco a poco, a la vida.
Hay cosas que salvan sin hacer ruido: que alguien se siente al lado para acompañar con su presencia, aunque no diga mucho; poder hablar por fin de eso que llevas años callando; pedir ayuda, que es de las cosas más difíciles que existen; empezar un tratamiento; volver a comer después de días sin ganas; levantarte aunque todavía estés triste.
Nada de eso se ve desde el pasillo de la iglesia.
Entonces te devuelvo la pregunta, pero al revés: ¿y si Dios no te está pidiendo que dejes de estar triste?
Quizá lo que llevas esperando ya empezó, solo que no llegó como te lo imaginabas. No te sacó de la tristeza de un tirón: se metió adentro de ella contigo.
Quedarse fue lo único que Jesús pidió la peor noche de su vida. Quédense acá, y velen conmigo.
Jesús se queda contigo, conmigo, velando cerca de nosotros y nosotras en medio de nuestras dificultades.
Y si hoy no te alcanza para más, que te baste con lo que le bastó a Elías: comer algo, beber agua y permiso para dormir.
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7 láminas · @teocotidiana