Dietrich Bonhoeffer: quién es y tres libros para empezar a leerlo
Fue el pastor que se negó a poner la iglesia al servicio de Hitler, escribió contra la gracia barata y lo ahorcaron tres semanas antes del fin de la guerra. Quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
En 1930 un alemán de veinticuatro años, doctor en teología, hijo de una familia de médicos y profesores de Berlín, llegó a Nueva York a estudiar un año y se aburrió de las clases. Un compañero negro lo llevó a la Iglesia Bautista Abisinia, en Harlem, y Bonhoeffer se pasó ese año enseñando en la escuela dominical de una congregación de gente pobre que cantaba espirituales y hablaba de Jesús como de alguien que sufría con ellos. Se llevó a Alemania una maleta de discos de góspel y una idea que no lo soltó: que la fe se mide por lo que uno hace con el que está abajo. Tres años después, Hitler llegó al poder.
Los espirituales son los cantos que los esclavos negros del sur de Estados Unidos hicieron nacer de la Biblia en el siglo dieciocho, en reuniones al aire libre y en casas de oración. Les habían dado la religión de sus amos y con ella hicieron otra cosa: himnos protestantes cantados con la música que trajeron de África, uno que canta y todos que responden, y casi todos sobre salir de la esclavitud. Moisés bajando a Egipto a decirle al faraón que deje ir a su pueblo, el carro que baja del cielo a recoger a los cansados. «Go Down, Moses». «Swing Low, Sweet Chariot». De ahí salió el góspel. Y la Iglesia Bautista Abisinia era el lugar para oírlos: la fundaron en 1808 dieciséis personas negras que se salieron de una iglesia de blancos porque las obligaban a sentarse aparte, y en 1930 su pastor, Adam Clayton Powell padre, predicaba que el evangelio era también dar de comer al barrio y pelear contra la segregación. Eso fue lo que Bonhoeffer oyó durante un año.
Quién es Dietrich Bonhoeffer
Bonhoeffer nació el 4 de febrero de 1906 en Breslau, hoy Wrocław, en Polonia, en una familia que no era especialmente religiosa. Su papá, Karl, era uno de los psiquiatras más importantes de Alemania. Dietrich decidió a los catorce años que iba a ser teólogo, y a los veintiuno ya tenía el doctorado, con una tesis sobre la iglesia como comunidad.
Después de Nueva York volvió a Berlín como profesor y pastor. Cuando Hitler tomó el poder, en enero de 1933, Bonhoeffer fue de los primeros en decir en público que una iglesia que excluía a los judíos dejaba de ser iglesia. En 1934 fue de los fundadores de la Iglesia Confesante, la minoría de pastores que se negó a someterse al régimen, y de 1935 a 1937 dirigió su seminario en Finkenwalde, en una casa de campo, hasta que la Gestapo lo cerró. Le quitaron el permiso para enseñar. Le prohibieron hablar en público. Le prohibieron publicar.
En junio de 1939 sus amigos le consiguieron una salida: un puesto en el Union Theological Seminary de Nueva York, lejos de la guerra que se venía. Duró unas semanas. Escribió que no tendría derecho a participar en la reconstrucción de la vida cristiana de Alemania después de la guerra si no compartía con su pueblo las pruebas de ese tiempo, y tomó uno de los últimos barcos de vuelta. Entonces se metió en la resistencia, algo que casi ningún pastor hizo. A través de su cuñado entró al servicio de inteligencia militar, que era una tapadera de la conspiración contra Hitler, y usó sus viajes para pasar información a los aliados y ayudar a sacar judíos del país. En enero de 1943 se comprometió con Maria von Wedemeyer, de dieciocho años. El 5 de abril de ese año lo arrestaron. Pasó dieciocho meses en la cárcel de Tegel, en Berlín, escribiendo cartas. Cuando el atentado contra Hitler de julio de 1944 fracasó, encontraron los documentos que lo vinculaban. Lo ahorcaron en el campo de Flossenbürg el 9 de abril de 1945, con treinta y nueve años.
El contexto en que escribió
Todo lo que Bonhoeffer escribió lo escribió con Hitler en el poder, y contra una iglesia que se había acomodado a los discursos de odio. En las elecciones eclesiásticas de julio de 1933 ganaron por mayoría los «Cristianos Alemanes», el movimiento que quería una iglesia aria, sin Antiguo Testamento, con la esvástica en el altar. Los que se opusieron eran pocos, y la mayoría de esos pocos se opuso en privado.
En ese ambiente escribió El precio de la gracia (1937), su ataque a la «gracia barata»: la gracia que se predica como perdón general, sin arrepentimiento, sin seguimiento, sin cruz. La gracia barata, decía, es la que la iglesia se da a sí misma para poder seguir igual. La gracia cara es la que le costó a Dios la vida de su hijo y que por eso le pide al que la recibe la vida entera. Quien lea ese libro sabiendo que su autor lo escribió mientras entrenaba pastores perseguidos entiende que no era una metáfora.
Y en la cárcel, sin saber si iba a salir, escribió las cartas que se publicaron después como Resistencia y sumisión. Ahí aparece la idea que más se ha discutido: un «cristianismo sin religión», para un mundo que ya no necesita a Dios como explicación ni como muleta. No un cristianismo sin Dios, sino sin la religión como refugio: un Dios que no está en los huecos de lo que no sabemos, sino en el centro de la vida, y que se deja echar del mundo hasta la cruz.
Por qué importa
La gracia no es barata. Es la frase por la que se lo conoce y la que más falta hace. En un cristianismo donde se predica que Dios perdona y ya, Bonhoeffer recuerda que el perdón que no cambia la vida no es el del evangelio. La gracia es gratis, pero no es barata: cuesta el seguimiento.
La comunidad no es un ideal, es un regalo. En Vida en comunidad advierte que quien ama su sueño de comunidad cristiana más que a la comunidad real termina destruyéndola, por exigente y por decepcionado. La comunidad real es la que Dios da, con la gente que hay, con sus defectos, y se recibe con gratitud antes que con planes. Lo escribió después de dos años de convivir con unos veinte seminaristas en una casa de campo vigilada por la Gestapo.
La iglesia existe para los otros. Desde la cárcel escribió que la iglesia solo es iglesia cuando existe para los que no son de ella. Una iglesia ocupada en sí misma, en su culto, en su edificio, en su pureza, ya se traicionó. Lo dijo en 1944, cuando su propia iglesia había callado ante los trenes.
Se puede ser cristiano en un mundo adulto. Bonhoeffer no le tenía miedo al mundo moderno. Pensaba que la gente que ya no necesita a Dios para explicar la lluvia puede encontrarlo donde está: en el sufrimiento, en el prójimo, en la responsabilidad. Esa idea marcó a buena parte de la teología de la segunda mitad del siglo veinte.
Lo que me enseñó a mí
Bonhoeffer me enseñó a desconfiar del perdón que deja el poder intacto. Él lo vio con Hitler en el poder: una iglesia que seguía predicando el perdón de los pecados mientras salían los trenes de la muerte, y nadie en el púlpito nombraba a quién se llevaban. En muchas de nuestras iglesias pasa lo mismo a otra escala: la gracia se predica como una amnistía permanente, Dios te perdona, tú sigues igual, el pastor también, y el que manda sigue mandando igual. Un perdón que no cambia nada para los que están abajo, para la gente que Dios ama, no es el del evangelio. Leer El precio de la gracia con la biografía del autor al lado me quitó esa comodidad. La gracia que él conoció lo llevó a la horca. Fue un héroe, y lo fue por esto: siguió a Jesús hasta las últimas consecuencias.
Y me enseñó que la teología se escribe con el cuerpo. Sus mejores páginas están en cartas a un amigo, escritas a lápiz en una celda, sin bibliografía. Cuando me tienta escribir desde lejos, me acuerdo de eso.
Su bibliografía, para ubicarse
Bonhoeffer murió a los treinta y nueve años y dejó pocos libros, casi todos cortos. Los dos que escribió en Finkenwalde son los que más se leen: El precio de la gracia (1937), sobre el seguimiento, y Vida en comunidad (1939), sobre cómo vive una comunidad cristiana de verdad. La Ética, que estaba escribiendo cuando lo arrestaron, se publicó incompleta en 1949. Y Resistencia y sumisión, las cartas y apuntes de la cárcel, salió en 1951 editado por su amigo Eberhard Bethge.
Los cuatro están en español: los tres primeros en Sígueme, y la Ética en Trotta. Sígueme lleva casi sesenta años reeditando El precio de la gracia; la primera edición en español es de 1968.
Tres libros para empezar
1. El precio de la gracia (1937; en español, Sígueme, 1968). Empieza por aquí. Es un comentario al sermón del monte escrito por alguien que lo estaba viviendo, no solo explicando. Corto, duro y sin una sola frase de relleno.
2. Vida en comunidad (1939; en español, Sígueme, 1982). Cien páginas sobre qué es una comunidad cristiana: la oración, la Escritura, el servicio, la confesión. Escrito para el seminario clandestino, sirve para cualquier grupo que quiera ser iglesia.
3. Resistencia y sumisión (1951; en español, Sígueme, 1983). Las cartas desde la cárcel. Es el libro más personal y el más difícil, y el que más se discute. Léelo después de los otros dos, y léelo sabiendo que el que escribe esas cartas no salió de la cárcel: lo ahorcaron en Flossenbürg en abril de 1945.
Este artículo es parte de la serie 10 autores que me enseñaron a leer el evangelio: un artículo por cada uno, con quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
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La gracia que Bonhoeffer conoció lo llevó a la horca. Fue un héroe, y lo fue por esto: siguió a Jesús hasta las últimas consecuencias.