La madrugada del 16 de noviembre de 1989, un batallón del ejército salvadoreño entró a la residencia de los jesuitas de la Universidad Centroamericana, en San Salvador, y asesinó a seis sacerdotes, a la mujer que les cocinaba y a su hija. Cuando arrastraron el cuerpo de uno de ellos hasta el cuarto de Jon Sobrino, que estaba de viaje, un libro cayó del estante y quedó empapado en sangre. Era El Dios crucificado, de Moltmann. Sobrino le mandó una foto del libro, y meses después Moltmann viajó a El Salvador. Dijo que no iba a dar conferencias: iba a rezar en el jardín donde los mataron. El libro sigue ahí, en el museo de los mártires de la UCA, con las páginas manchadas.
Quién es Jürgen Moltmann
Moltmann nació el 8 de abril de 1926 en Hamburgo, en una familia que no iba a la iglesia. Quería estudiar física. A los dieciséis años lo reclutaron para la guerra, y en julio de 1943 le tocó el bombardeo aliado de Hamburgo, el que incendió la ciudad y mató a cuarenta mil personas en una semana. Un amigo que estaba a su lado murió despedazado; él quedó vivo sin saber por qué. Esa noche, cuenta él, gritó por primera vez «Dios, ¿dónde estás?», sin creer en Dios.
En 1945 se rindió al primer soldado británico que encontró y pasó tres años como prisionero, en Bélgica, en Escocia y en Inglaterra. En el campo un capellán le regaló un Nuevo Testamento con los Salmos, y ahí, leyendo el Salmo 39 y el grito de Jesús en la cruz, entendió que había alguien que sabía lo que era estar abandonado. En el campo de Norton, en Inglaterra, la YMCA había montado una escuela de teología para prisioneros, con profesores que también eran prisioneros, y ahí Moltmann empezó a estudiar. Contó después que en Escocia unas familias de obreros recibían a los prisioneros en sus casas y los trataban como a personas, no como al enemigo vencido, y que eso lo marcó tanto como los libros. De esa mezcla, el Salmo 39, el grito de la cruz y la hospitalidad de gente que tenía motivos para odiarlo, salió su teología. Volvió a Alemania en 1948.
Estudió en Gotinga, fue pastor de un pueblo cerca de Bremen, y después profesor en Wuppertal, en Bonn y, desde 1967 hasta 1994, en Tubinga. Se casó con Elisabeth Wendel, teóloga, una de las primeras voces de la teología feminista en Alemania; escribieron juntos y discutieron juntos toda la vida. Murió el 3 de junio de 2024, a los noventa y ocho años, y escribió hasta el final.
El contexto en que escribió
Moltmann escribió en la Alemania de la posguerra, un país que había hecho Auschwitz y que no sabía qué hacer con la palabra «esperanza». La teología de entonces, la de Barth y la de Bultmann, hablaba de Dios y del individuo; poco se hablaba del futuro, y menos de un futuro para este mundo. En 1964 Moltmann publicó Teología de la esperanza, escrita en diálogo con El principio esperanza del filósofo marxista Ernst Bloch, y puso la resurrección en el centro: si Dios resucitó a Jesús, entonces la historia no está cerrada, y el cristiano no es alguien que espera el cielo sino alguien que protesta contra el mundo tal como está, porque sabe cómo va a terminar.
El libro lo hizo famoso en pocos años y se tradujo a todos los idiomas mayores. Ocho años después escribió el otro lado. En El Dios crucificado (1972) preguntó qué le pasa a Dios en la cruz, y respondió algo que los griegos habían prohibido: Dios sufre. No un Dios impasible que manda a su hijo a pagar, sino un Dios que en el abandono de Jesús se abandona a sí mismo, que se deja atravesar por la muerte y por el grito de los que mueren. Después de Auschwitz, decía Moltmann, solo se puede hablar de un Dios así.
Ese libro cruzó el océano. Los teólogos de la liberación en América Latina, Gutiérrez, Sobrino, Ellacuría, encontraron en Moltmann a un alemán que hablaba de un Dios del lado de los crucificados de la historia, y Moltmann encontró en ellos a la gente que se estaba jugando la vida por eso. Por eso su libro estaba en el cuarto de Sobrino aquella madrugada.
Por qué importa
Dios sufre. Antes de Moltmann, la teología clásica enseñaba que Dios no puede padecer, porque padecer es cambiar y Dios no cambia. Moltmann leyó la cruz al pie de la letra y dijo lo contrario: en la cruz, el Padre pierde al Hijo y el Hijo pierde al Padre, y ese dolor está dentro de Dios. Un Dios que no puede sufrir tampoco puede amar.
La esperanza es protesta. La esperanza cristiana no es consuelo para aguantar; es inconformidad. Quien sabe que Dios va a hacer nuevas todas las cosas no puede aceptar que las cosas se queden como están. De ahí que la teología de Moltmann termine siempre en política, en ecología, en los derechos de los pobres: no como añadido, sino como consecuencia.
La Trinidad es comunidad. En Trinidad y reino de Dios (1980) Moltmann propone que Dios no es un monarca solitario, sino tres personas en relación, y que la iglesia y la sociedad deberían parecerse a eso: no a una pirámide, sino a una mesa.
La creación también gime. Desde Dios en la creación (1985), Moltmann fue de los primeros teólogos en decir que la crisis ecológica es un problema teológico: que un Dios que sufre con sus criaturas sufre también con los ríos y con los bosques, y que la esperanza cristiana incluye a la tierra, no solo a las almas. Lo dijo cuarenta años antes de que fuera obvio.
Lo que me enseñó a mí
Leí El Dios crucificado después de que Moltmann murió. Llevaba años citándolo de segunda mano, y su muerte me dio la vergüenza suficiente para abrirlo. Lo terminé conmovido por su teología, un Dios que sufre con los que sufren, y conmovido también por la historia del ejemplar en la UCA, que se cuenta en el prólogo de una de las ediciones: un libro alemán de 1972 amaneciendo con sangre salvadoreña. Ese mismo año fui admitido en la maestría en teología latinoamericana de esa universidad, la UCA, y no creo que sea casualidad.
Moltmann me dio la palabra para algo que yo sentía y no sabía decir: que Dios no está en el palco. Está en la cruz, con los que gritan. Y que la esperanza no es esperar sentado. Cuando acompaño a alguien en un duelo ya no intento explicarle por qué pasó; me acuerdo del muchacho de diecisiete años en Hamburgo, con el amigo muerto al lado, gritando «¿dónde estás?», y del Dios que, según Moltmann, estaba ahí mismo, gritando con él.
Su bibliografía, para ubicarse
Moltmann escribió durante sesenta años, y casi todo está en español gracias a Sígueme, la editorial de Salamanca. Sus libros se ordenan en dos series. La primera, de los años sesenta y setenta, son los tres que lo hicieron famoso: Teología de la esperanza (1964), El Dios crucificado (1972) y La Iglesia, fuerza del Espíritu (1975). La segunda, desde 1980, son sus «contribuciones sistemáticas», un libro por tema: Trinidad y reino de Dios (1980), Dios en la creación (1985), El camino de Jesucristo (1989), El Espíritu de la vida (1991) y La venida de Dios (1995). Aparte están los libros cortos y personales, como Experiencias de Dios, y su autobiografía.
Tres libros para empezar
1. El Dios crucificado (1972; en español, Sígueme, 1975). Su libro más importante y el que más duele. Léelo despacio, y lee el prólogo: ahí está la historia de la UCA.
2. Teología de la esperanza (1964; en español, Sígueme, 1969). El primero, y el que explica todo lo demás: por qué la resurrección abre el futuro y por qué esperar es protestar.
3. Experiencias de Dios (Sígueme, 1983). Corto y personal. Aquí Moltmann cuenta el campo de prisioneros, el Nuevo Testamento del capellán y cómo se hizo cristiano. Si los otros dos te asustan, empieza por este.
Y cuando quieras ir más lejos, Trinidad y reino de Dios (Sígueme).
Este artículo es parte de la serie 10 autores que me enseñaron a leer el evangelio: un artículo por cada uno, con quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
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Dios está en la cruz, gritando con los que gritan. Moltmann lo supo a los diecisiete años, con el amigo muerto al lado, y le puso palabras.