Karl Barth: quién es y tres libros para empezar a leerlo
Un pastor de pueblo vio a sus maestros firmar a favor de la guerra y escribió un comentario a Romanos que voló la teología de su tiempo. Quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
En octubre de 1914 la guerra llevaba dos meses. El ejército alemán había invadido Bélgica, y en Lovaina sus soldados habían matado a civiles y quemado la biblioteca de la universidad. Entonces noventa y tres intelectuales alemanes, científicos, artistas y teólogos, firmaron un manifiesto para respaldar a ese ejército: que todo lo que había hecho era legítima defensa, y que el ejército y el pueblo alemán eran una sola cosa. En un pueblo de Suiza, un pastor de veintiocho años leyó la lista y encontró a casi todos sus maestros de teología. Los hombres que le habían enseñado a leer la Biblia estaban bendiciendo los cañones. Barth lo recordó después como un día negro: «Entre esos intelectuales descubrí con horror a casi todos mis maestros de teología, a los que había venerado mucho». Y ya no pudo seguir, dijo, ni su ética ni su dogmática, ni su manera de entender la Biblia y la historia. Si una teología podía terminar aplaudiendo una guerra, algo estaba podrido desde la raíz. Había que empezar de nuevo. Empezó por Romanos.
Quién es Karl Barth
Barth nació el 10 de mayo de 1886 en Basilea, Suiza, hijo de un profesor de teología. Estudió en Berna, en Berlín con Harnack, el historiador más famoso de su tiempo, y en Marburgo con Wilhelm Herrmann. Era la mejor teología liberal que había: la que veía a Dios en el progreso de la cultura, la religión como sentimiento y a Jesús como el mejor de los hombres.
En 1911 se fue de pastor a Safenwil, un pueblo de fábricas textiles en el norte de Suiza, y estuvo diez años. Unos setecientos obreros y obreras trabajaban ahí turnos de doce horas. Barth estudió las leyes de fábrica para ayudarles a armar el sindicato, se afilió al partido socialista, y los dueños lo empezaron a llamar «el pastor rojo». Y cada domingo, desde el púlpito, tenía que decirles algo a esos obreros y obreras. ¿Qué les iba a decir? ¿Que Dios se veía en el progreso de la cultura, cuando el progreso era la fábrica que se les comía el día? ¿Que la fe era sobre todo un sentimiento, a gente que llegaba con el cuerpo molido? Lo que había aprendido en Berlín y en Marburgo no le servía para eso. Abrió la Biblia buscando qué decir, y contó después que se le volvió un país extraño: no un libro de consejos religiosos, sino un mundo donde Dios habla y el hombre queda en pregunta. En 1919, todavía en Safenwil, publicó La carta a los Romanos, y en 1922 la reescribió entera. Ese libro le abrió las puertas de la universidad sin que tuviera un doctorado: Gotinga en 1921, Münster en 1925, Bonn en 1930.
En Bonn le tocó Hitler. En 1934 redactó casi solo la Declaración de Barmen, el texto con el que la Iglesia Confesante dijo que Jesucristo es la única Palabra de Dios y que la iglesia no obedece a ningún führer. Ese mismo año les exigieron a todos los profesores jurarle lealtad a Hitler. Barth dijo que juraba, pero añadiendo una frase: «en la medida en que pueda responder de ello como cristiano evangélico». No se la aceptaron. Lo suspendieron en noviembre, y en 1935 lo sacaron de la universidad. Volvió a Suiza, a Basilea, y enseñó ahí hasta 1962. En 1962 hizo su único viaje a Estados Unidos, y la revista Time lo puso en portada: un teólogo en la portada de una revista de noticias. La noche del 9 de diciembre de 1968 habló por teléfono con su amigo de toda la vida, Eduard Thurneysen. Hablaron de cómo estaba el mundo, y Barth le dijo: «No dejemos caer la esperanza, la esperanza para todos los seres humanos, para todos los pueblos. Dios no nos deja caer». Murió esa madrugada, dormido, en su casa de Basilea.
El contexto en que escribió
Barth escribió contra dos cosas, y las dos siguen vivas. La primera fue la teología liberal, la de sus maestros, que había convertido a Dios en el punto más alto de la cultura europea: el Dios de la ciencia, del progreso, de la nación. Cuando esa cultura se subió a los trenes de la guerra, su Dios se subió con ella. Barth respondió con una palabra que sus lectores no esperaban: Dios es otro. No es la culminación de lo que somos ni el garante de lo que hacemos; es el que interrumpe. La carta a los Romanos, leída por Barth, es un rayo que cae sobre todas las seguridades humanas, incluidas las religiosas.
La segunda cosa fue el nazismo, que usó esa misma teología del Dios-en-la-cultura para poner la esvástica en las iglesias. Barmen fue la respuesta: si Dios es otro, ningún estado, ninguna raza, ningún líder puede hablar por él. Noventa y tres firmaron a favor de la guerra; él no juró sin esa frase, y aceptó las consecuencias.
Y en medio de todo eso, de 1932 a 1967, entre Bonn y Basilea, escribió su obra grande, la Dogmática eclesiástica, trece tomos durante treinta y cinco años, donde el Dios-otro se revela como un Dios que en Jesucristo eligió estar con los seres humanos desde antes de crear el mundo. El rayo de Romanos se volvió un sí.
Por qué importa
Dios no es propiedad privada. Barth le quitó a la teología la costumbre de hablar de Dios como si fuera una prolongación de la cultura, la moral o la nación. Lo que denunció fue un Dios que se vuelve de un solo pueblo, de una sola nación, de un solo bando: en 1914 los soldados alemanes llevaban en la hebilla del cinturón Gott mit uns, «Dios con nosotros». Cada vez que una iglesia bendice un gobierno, una guerra o una economía en nombre de Dios, está haciendo lo que Barth llamó religión, y para él la religión es incredulidad. Es lo que pasa cuando le ponemos a Dios nuestra cara, nuestra bandera y nuestro partido, y después lo adoramos.
Jesucristo es la Palabra. Para Barth, Dios no se conoce por la razón, por la naturaleza ni por la experiencia religiosa, sino por su revelación, y esa revelación tiene un nombre: Jesús. La Biblia es Palabra de Dios porque da testimonio de él, no porque cada versículo caiga del cielo. Eso le permitió tomarse la Biblia con toda la seriedad y toda la libertad al mismo tiempo.
El Dios otro es un Dios para nosotros. El Barth viejo corrigió al Barth joven. En una conferencia de 1956, La humanidad de Dios, dijo que el rayo de Romanos había sido necesario pero incompleto: el Dios que interrumpe es el mismo que en Jesús decidió, desde siempre, ser Dios con los seres humanos. Toda la Dogmática es el despliegue de ese sí. Y por eso Barth, que había empezado gritando «no» a la cultura, terminó escribiendo que la teología es una ciencia modesta, libre, crítica y alegre.
Toma tu Biblia y toma tu periódico. Le atribuyen una frase que nunca dijo así: «la Biblia en una mano y el periódico en la otra». Lo que sí dijo, ya jubilado, a la revista Time en 1963, fue: «Toma tu Biblia y toma tu periódico, y lee los dos. Pero interpreta los periódicos desde tu Biblia». Eso fue lo que hizo: leer la Escritura de cara a lo que pasa en el mundo, no como refugio frente a él. Un teólogo que redacta una declaración contra un dictador está haciendo eso.
Lo que me enseñó a mí
Barth me enseñó a sospechar de mi propia teología cuando se parece demasiado a lo que me conviene. Cada vez que leo a un predicador diciendo que Dios está del lado de un candidato, de un país o de un modelo económico, oigo a Barth diciendo que ese Dios es un ídolo con nombre cristiano. Lo mismo vale para mí: cuando mi Dios opina siempre como yo, es hora de volver a Romanos.
Y me dio un modo de leer la Biblia que no es ni el del fundamentalista ni el del que la descarta. Barth cree que Dios habla en la Escritura, y por eso mismo no la confunde con Dios. Uno la lee de rodillas y con lápiz, las dos cosas. Cuando alguien me pregunta si «creo en la Biblia», me acuerdo de Barth: creo en el Dios del que la Biblia habla, y por eso la leo entera, con sus contradicciones y sus siglos, sin necesitar que sea perfecta para reconocer en ella un medio por el que Dios habla y ocurre, y que nos lleva a su Palabra, que es Jesús.
Su bibliografía, para ubicarse
Barth es un continente. La puerta es la Carta a los Romanos en su segunda edición (1922), el libro que lo hizo famoso. La obra grande es la Dogmática eclesiástica (1932–1967), inacabada, de la que se han traducido al español solo partes. Y hay libros cortos que él mismo escribió para explicarse: Introducción a la teología evangélica (1962), las conferencias de su viaje a Estados Unidos, y su Esbozo de dogmática, un curso dado en Bonn en 1946, entre las ruinas.
En español, la Carta a los Romanos la publicó la BAC en 1998, traducida por Abelardo Martínez de la Pera. La Introducción a la teología evangélica y el Esbozo de dogmática se consiguen en Sígueme y en Sal Terrae.
Tres libros para empezar
1. Introducción a la teología evangélica (1962). Empieza por aquí, no por Romanos. Romanos es el Barth joven, el del rayo: denso, difícil, y el mismo Barth viejo dijo que se había quedado corto. Aquí está el Barth que ya había encontrado el sí. Son las conferencias de despedida de un Barth viejo, claras, breves y llenas de humor, donde explica qué es hacer teología y por qué se hace con alegría.
2. Esbozo de dogmática (1947). El Credo explicado frase por frase, en un curso dado en una universidad bombardeada. Es el Barth más accesible, y el que mejor muestra su centro: todo empieza y termina en Jesucristo.
3. La carta a los Romanos (1922; en español, BAC, 1998). El libro difícil y el libro que importa. No se lee de corrido: se lee un capítulo de Romanos y luego a Barth sobre ese capítulo, y se aguanta el rayo.
Este artículo es parte de la serie 10 autores que me enseñaron a leer el evangelio: un artículo por cada uno, con quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
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Cuando tu Dios opina siempre como tú, ese Dios es un ídolo con nombre cristiano. Desde Barth, cada vez que me pasa, vuelvo a Romanos.