Hans Küng: quién es y tres libros para empezar a leerlo
Fue perito del Concilio a los treinta y cuatro años, cuestionó la infalibilidad del papa, Roma le quitó la licencia para enseñar y él siguió siendo sacerdote hasta el final. Quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
El 18 de diciembre de 1979, a una semana de Navidad, el Vaticano anunció que Hans Küng ya no podía enseñar teología católica. Tenía cincuenta y un años, era uno de los teólogos católicos más leídos del mundo y no había dicho que Dios no existía ni que Jesús no resucitó. Había preguntado, en un libro con signo de interrogación en el título, si era verdad que el papa no se podía equivocar. La universidad de Tubinga, que era del Estado y no de la iglesia, le creó una cátedra de teología ecuménica para que siguiera dando clase. Y él dio clase dieciséis años más, en la misma universidad, y siguió celebrando misa.
Quién es Hans Küng
Küng nació el 19 de marzo de 1928 en Sursee, un pueblo católico de Suiza, en una familia de comerciantes de zapatos. Estudió en Roma, en la Gregoriana, la universidad de los jesuitas, y después en París, donde se doctoró en 1957 con una tesis que ya anunciaba su vida entera: sostenía que la doctrina de la justificación de Karl Barth, el teólogo protestante más grande del siglo, era compatible con la fe católica. Un joven de veintinueve años diciéndoles a las dos iglesias que la pelea de la Reforma se podía cerrar.
En 1960 llegó a Tubinga como catedrático. Tenía treinta y dos años. Dos años después, Juan XXIII lo nombró perito del Concilio Vaticano II, y Küng pasó esos años en Roma, entre los obispos, empujando la reforma: la misa en la lengua de la gente, la Biblia en manos de todos, el diálogo con los protestantes, los judíos y el mundo moderno. Él mismo llevó a Tubinga a un colega joven y brillante llamado Joseph Ratzinger. Los dos habían sido peritos en el Concilio y compartían el entusiasmo por la reforma; con los años tomaron caminos opuestos, uno hacia la crítica y el otro hacia Roma, y terminaron siendo, sin proponérselo, las dos caras de la iglesia católica del siglo veinte.
El contexto en que escribió
Küng escribió en una iglesia que se abrió y luego se cerró. El Concilio, entre 1962 y 1965, prometió una iglesia dialogante, colegiada, cercana a los pobres. En los años siguientes, bajo Pablo VI y sobre todo bajo Juan Pablo II, Roma frenó: la encíclica contra la anticoncepción en 1968, el control sobre los teólogos, la vuelta al centralismo. Küng vio la puerta cerrándose y escribió ¿Infalible? Una pregunta (1970), donde sostenía que la iglesia puede permanecer en la verdad aunque sus autoridades se equivoquen, y que el dogma de la infalibilidad, definido en 1870, no tenía base en la Escritura ni en la tradición antigua.
Nueve años después llegó el castigo. Y no se fue. Ni al protestantismo, ni a la vida laica, ni al silencio. Siguió siendo sacerdote católico hasta el día de su muerte, y usó la libertad que la sanción le dio para escribir para todo el mundo: sobre Dios, sobre las religiones, sobre la ética global. Su colega Ratzinger, ya como Benedicto XVI, lo recibió en 2005 para una conversación larga y cordial. No cambió nada, pero se dieron la mano.
Por qué importa
Se puede ser cristiano con la razón encendida. Ser cristiano (1974) es un libro de casi mil páginas que responde a una pregunta simple: qué distingue al cristianismo de todo lo demás, y por qué alguien que piensa puede seguir siendo cristiano. La respuesta de Küng es Jesús, el de los evangelios, leído con la historia y sin miedo. El libro fue un éxito de ventas en un momento en que se decía que la teología ya no le interesaba a nadie.
Dios en el mundo moderno. ¿Existe Dios? (1978) es la historia de cómo Occidente dejó de creer, contada con respeto: Descartes y Pascal, Feuerbach y Marx, Nietzsche y Freud, cada uno leído con cuidado y sin caricatura. Küng no discute con ellos desde arriba; les da la razón en lo que tienen y muestra dónde el ateísmo también es un acto de confianza sin pruebas. Al final propone que creer en Dios es una confianza razonable, tan razonable como confiar en que la realidad tiene sentido.
La iglesia no es el papa. Küng distinguió toda su vida entre la iglesia, que es el pueblo de Dios, y el aparato romano, que es una forma histórica que puede cambiar. Su crítica a la infalibilidad no era un capricho: era la defensa de una iglesia donde la verdad se busca entre todos y no se decreta desde arriba.
Sin paz entre las religiones no hay paz en el mundo. En 1990 publicó Proyecto de una ética mundial, y desde entonces dedicó su energía a eso: un mínimo común que las grandes religiones pueden afirmar juntas, contra la guerra, la injusticia y la mentira. La declaración se firmó en el Parlamento de las Religiones del Mundo, en Chicago, en 1993. Se le puede discutir; nadie más lo intentó. Küng sostenía que no hay paz entre las naciones sin paz entre las religiones, y no hay paz entre las religiones sin diálogo entre ellas, y no hay diálogo sin que cada una investigue sus propios fundamentos. Se pasó sus últimos treinta años haciendo esa investigación, con una fundación en Tubinga dedicada solo a eso: libros enteros sobre el judaísmo, el islam, el cristianismo, el hinduismo y las religiones chinas.
Lo que me enseñó a mí
Küng me enseñó una forma de quedarse. Yo he visto a mucha gente irse de la iglesia por las mismas razones por las que Roma lo sancionó a él: porque pensaron en voz alta y no los dejaron. Küng pensó en voz alta, lo castigaron, y se quedó adentro, no por obediencia sino por convicción de que la iglesia era suya tanto como de los que lo castigaban. No me pide que esté de acuerdo con todo lo que escribió. Me muestra que la crítica y la pertenencia no se excluyen. Cuando alguien me escribe diciendo que ya no aguanta más su iglesia, no le digo que se quede ni que se vaya; le cuento de un sacerdote suizo al que le quitaron la cátedra a una semana de Navidad y que siguió siendo sacerdote hasta su muerte, a los noventa y tres años.
Y me enseñó que un libro de mil páginas puede salir de la facultad: Ser cristiano fue un éxito de ventas en los años setenta, y lo leyó gente que nunca había abierto un libro de teología.
Su bibliografía, para ubicarse
Küng escribió durante sesenta años y sus libros se ordenan por décadas. Los sesenta son los del Concilio y la reforma: Estructuras de la Iglesia, La Iglesia. Los setenta son los de la pelea y los grandes libros: ¿Infalible? (1970), Ser cristiano (1974), ¿Existe Dios? (1978). Los ochenta y noventa son los del diálogo: sobre el judaísmo, el islam, las religiones de China, y la ética mundial. Y al final, tres tomos de memorias, que se leen como una novela de la iglesia del siglo veinte: la infancia en Suiza, Roma en los años cincuenta, el Concilio visto desde adentro, la pelea con el Vaticano contada por el que la perdió y no se rindió.
En español, Cristiandad publicó las primeras ediciones de Ser cristiano (1977) y ¿Existe Dios? (1979), y hoy Trotta tiene casi toda su obra, incluidas las memorias.
Tres libros para empezar
1. Ser cristiano (1974; en español, Trotta). Empieza por aquí aunque sea gordo. Es de las mejores introducciones al cristianismo escritas en el siglo veinte para gente que piensa, y se puede leer por partes.
2. ¿Existe Dios? (1978; en español, Trotta). La respuesta de Küng a Feuerbach, Marx, Nietzsche y Freud, y su defensa de que creer es una confianza razonable, no un salto ciego. Largo, pero cada capítulo se sostiene solo.
3. Libertad conquistada (2002; en español, Trotta). El primer tomo de sus memorias: la infancia en Suiza, Roma, el Concilio visto desde adentro. Si quieres conocer al hombre antes que al teólogo, empieza por este.
Este artículo es parte de la serie 10 autores que me enseñaron a leer el evangelio: un artículo por cada uno, con quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
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Pensar en voz alta y quedarse: eso fue Küng. La iglesia también es de los que preguntan.