Paul Tillich: quién es y tres libros para empezar a leerlo
Fue el primer profesor no judío que el nazismo sacó de la universidad. En Estados Unidos predicó veintidós sermones que yo releo cada año. Quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
Hay un libro que leo completo cada año, en enero, antes que cualquier otro. Son veintidós sermones que Tillich predicó en la capilla del seminario donde daba clases en Nueva York, después de que Alemania lo echara. No son sermones para convencer a nadie: son sermones para gente que estaba cansada de las respuestas, que había visto la guerra y no sabía qué hacer con la palabra «Dios». Tillich no les baja la voz ni les sube el tono. Les habla de la profundidad, de la espera, de la duda, como quien habla con adultos. Cuando lo terminé la primera vez decidí que sería mi primer libro de cada año, y lo he cumplido.
Quién es Paul Tillich
Paul Johannes Tillich nació el 20 de agosto de 1886 en Starzeddel, un pueblo de Prusia que hoy está en Polonia. Su papá era pastor luterano, de los conservadores, y el hijo estudió teología y filosofía para ser pastor también. Lo ordenaron en 1912.
Dos años después empezó la Primera Guerra Mundial y Tillich se fue al frente como capellán. Estuvo cuatro años enterrando muchachos en Francia. Lo hospitalizaron tres veces por lo que hoy llamaríamos estrés de combate, y le dieron la Cruz de Hierro. Volvió a Alemania con la fe del padre hecha pedazos y con una pregunta que no lo soltó nunca: cómo hablar de Dios a gente que ha visto eso.
Fue profesor en Berlín, Marburgo, Dresde y Fráncfort, y se metió en política: en 1919 firmó un manifiesto a favor del socialismo religioso, la idea de que un cristiano no podía mirar la injusticia desde el balcón. En 1933 publicó La decisión socialista, un libro contra el nazismo que el régimen prohibió en cuanto llegó al poder. Eso lo puso en la lista. El 13 de abril de 1933, a las pocas semanas de que Hitler llegara al poder, lo destituyeron de su cátedra en Fráncfort. Fue de los primeros profesores no judíos que el régimen sacó de la universidad. Tenía cuarenta y siete años, casi no hablaba inglés, y se fue a Nueva York, donde Reinhold Niebuhr le había conseguido un puesto.
Ahí dio clases veintidós años en el Union Theological Seminary, el seminario de Nueva York que en esos años recibió a varios exiliados alemanes; por sus pasillos pasó también Bonhoeffer, unas semanas de 1939, antes de decidir que su lugar era Alemania. Después Tillich enseñó en Harvard y por último en Chicago, donde murió el 22 de octubre de 1965. En Estados Unidos aprendió el idioma, escribió su obra grande y llegó a ser uno de los teólogos protestantes más leídos de su tiempo.
El contexto en que escribió
Tillich escribió entre dos ruinas. La primera fue la de la teología liberal de sus maestros, la que creía que la cultura europea iba hacia arriba y que el cristianismo era su flor: la Primera Guerra la enterró. La segunda fue la del cristianismo que se acomodó al nazismo, con iglesias que colgaron la esvástica junto a la cruz. Tillich vio las dos de cerca y no se quedó en ninguna.
Y escribió para un público nuevo: universitarios, científicos, psicoanalistas, gente que había leído a Nietzsche y a Freud y para la que las palabras «pecado», «salvación» o «Dios» ya no significaban nada o significaban algo que daba vergüenza. Tillich no las botó. Las tradujo. Al pecado lo llamó separación; a la gracia, aceptación; a Dios, el fundamento del ser, lo que está debajo de todo lo que existe. A la fe la definió como lo que nos preocupa en último término, aquello por lo que uno se juega la vida, sea Dios o sea otra cosa. A ese modo de trabajar lo llamó correlación: la filosofía, la ciencia y el arte de una época formulan las preguntas, la angustia, la culpa, el sinsentido, y la revelación responde a esas preguntas y no a otras. Por eso Tillich escribió sobre el Guernica de Picasso como sobre un cuadro religioso: ahí estaban las preguntas de su gente.
Por qué importa
Dios no es un ser más, ni siquiera el más grande. Para Tillich, si Dios es «un ser» que existe al lado de los demás, entonces se le puede probar o refutar como a cualquier cosa, y ese Dios no merece el nombre. Dios es el ser mismo, el fundamento de todo lo que es. Por eso las discusiones sobre si Dios «existe» le parecían mal planteadas: la pregunta no es si hay alguien allá arriba, sino en qué te sostienes cuando todo lo demás se mueve.
La fe incluye la duda. Tillich sostuvo que la duda no es lo contrario de la fe sino parte de ella: quien cree de verdad, cree arriesgándose, sin garantías. La certeza absoluta no es fe, es idolatría de la propia seguridad. En un libro suyo, la fe se define como coraje: el coraje de afirmar la vida sabiendo que uno puede estar equivocado.
Aceptar que uno es aceptado. Su sermón más famoso dice que la gracia es esto: en un momento en que uno no puede más, oír una voz que dice «eres aceptado», y no preguntar por quién, ni por qué, ni qué hay que hacer a cambio. Solo aceptar que uno es aceptado. Para muchos lectores esa página fue la primera vez que el evangelio les sonó a buena noticia. El sermón está en Se conmueven los cimientos de la tierra, se titula «Eres aceptado», y explica el pecado como separación: de los otros, de uno mismo, del fundamento de la vida.
Lo que me enseñó a mí
Tillich me enseñó que se puede hablar de Dios sin usar ninguna de las palabras de la iglesia y decir más que con todas ellas. Sus sermones no tienen jerga: hablan de profundidad, de espera, de soledad, de aceptación, y uno los lee y reconoce su propia vida. Eso me sirvió para dejar de esconderme detrás del vocabulario. Cuando escribo, me hago una pregunta que aprendí de él: ¿esto lo entiende alguien que nunca pisó una iglesia? Si no, no está dicho todavía.
Y me enseñó a esperar. Uno de esos sermones habla de que no tener a Dios, y esperarlo, es más honesto que tenerlo en el bolsillo. Lo predicó un hombre que había perdido su país y su lengua. Yo lo leo cada enero para acordarme de que la fe no es una posesión. Es un libro de sermones, y uno los lee de a uno, como se oyeron: un domingo cada uno, con la semana en medio para que caigan.
Su bibliografía, para ubicarse
La obra de Tillich tiene dos estantes. El grande es la Teología sistemática, tres tomos escritos entre 1951 y 1963, donde plantea su método de correlación: la filosofía hace las preguntas, la revelación da las respuestas. Es un libro de estudio, y en español lo publicó Sígueme.
El otro estante son los libros cortos, que son los que lo hicieron famoso: El coraje de existir (1952), sobre la angustia y la fe; Dinámica de la fe (1957), donde explica qué es creer; y los tres libros de sermones: Se conmueven los cimientos de la tierra (1948), The New Being (1955) y El eterno ahora (1963). Las traducciones al español son de los años sesenta y ochenta, de Ariel, Estela, Nopal y Sígueme, y algunas están descatalogadas: hay que buscarlas en librerías de segunda o en bibliotecas.
Tres libros para empezar
1. Se conmueven los cimientos de la tierra (1948; en español, Ariel, 1968). Los veintidós sermones. Empieza por aquí: es Tillich hablándole a gente normal, y es el libro que yo releo cada año.
2. El coraje de existir (1952; en español, Estela). Corto y denso: por qué la angustia es parte de ser humano y qué clase de fe puede sostenerla. Se lee despacio y se subraya casi todo.
3. Dinámica de la fe (1957). Un libro corto para responder qué es la fe, por qué incluye la duda y por qué los símbolos religiosos no son mentira ni literalidad. Si te cuesta creer «como antes», este libro te da otra manera. Las ediciones en español son viejas y escasas; hay una reciente en catalán.
Y cuando quieras ir más lejos, el primer tomo de la Teología sistemática (Sígueme).
Este artículo es parte de la serie 10 autores que me enseñaron a leer el evangelio: un artículo por cada uno, con quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
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En un momento en que uno no puede más, una voz dice «eres aceptado», y no hay que preguntar por quién ni a cambio de qué.