En un entierro cristiano se dicen siempre las mismas frases: ya descansa, ya está con el Señor, se fue a un lugar mejor. Wright empieza uno de sus libros más leídos preguntando qué creemos de verdad cuando decimos eso. Porque el Nuevo Testamento casi no habla de irse al cielo. Habla de resucitar: del Jesús que la mañana del domingo tiene cuerpo, pide de comer y se deja tocar, y de una creación entera que espera ser renovada. Lo que el evangelio promete, dice Wright, no es la vida después de la muerte, sino la vida después de la vida después de la muerte. A mí esa distinción me reordenó la esperanza.
Quién es N. T. Wright
Nicholas Thomas Wright nació el 1 de diciembre de 1948 en Morpeth, un pueblo de Northumberland, en el norte de Inglaterra, en una familia anglicana. Estudió letras clásicas en Oxford, se ordenó sacerdote y se doctoró en la misma universidad con una tesis sobre Pablo. Casi toda su vida ha combinado las dos cosas que ama: el estudio y la parroquia.
Fue capellán en Oxford y en Cambridge, dio clases en Montreal y volvió a Oxford como profesor de Nuevo Testamento. Fue deán de la catedral de Lichfield, canónigo teólogo de la abadía de Westminster y, entre 2003 y 2010, obispo de Durham, con asiento en la Cámara de los Lores. Dejó el obispado para volver a escribir: diez años como profesor en St Andrews, en Escocia, y desde 2019 investigador en Wycliffe Hall, en Oxford.
Firma de dos maneras. Los libros académicos, gruesos y con notas, van como N. T. Wright. Los libros para cualquiera, y sus comentarios a todo el Nuevo Testamento, van como Tom Wright. Es la misma persona hablándole a dos mesas distintas.
El contexto en que escribió
Desde Lutero, buena parte del cristianismo leyó a Pablo así: el judaísmo era una religión de méritos, la gente intentaba ganarse a Dios cumpliendo la ley, y Pablo descubrió que la salvación era gratis. Judaísmo igual a esfuerzo; evangelio igual a gracia.
En 1977 un investigador llamado E. P. Sanders publicó Paul and Palestinian Judaism y mostró, con los textos judíos del siglo uno en la mano, que ese judaísmo no existía. Los judíos de la época de Pablo no creían que se ganaban a Dios cumpliendo la ley: sabían que Dios los había escogido primero, por gracia, y cumplían la ley como respuesta. A esa relectura, James Dunn le puso nombre en 1982: la «nueva perspectiva sobre Pablo». Wright no inventó esa lectura: la recibió de Sanders, de Dunn y de biblistas católicos que ya leían a Pablo como judío. Lo suyo fue investigarla a fondo, texto por texto, y mostrar cómo hablaba Pablo desde ese judaísmo: si no peleaba contra una religión de méritos, ¿de qué hablaba cuando hablaba de justificación? De quién pertenece al pueblo de Dios. De que la mesa quedó abierta para judíos y no judíos por igual.
Eso le costó pleitos. El pastor reformado John Piper le dedicó un libro entero en 2007 para decir que Wright se equivocaba sobre la justificación, y Wright le contestó con otro libro en 2009. Al mismo tiempo, desde la otra orilla, Wright escribió a cuatro manos con Marcus Borg, del Jesus Seminar, y debatió en público con John Dominic Crossan sobre si la resurrección ocurrió. A los conservadores les parece demasiado liberal y a los liberales demasiado conservador.
Escribió y predicó en una Inglaterra donde las iglesias se vaciaban, y como obispo tuvo asiento en la Cámara de los Lores, donde habló contra la guerra de Irak y a favor de perdonar la deuda de los países pobres. Por eso sus libros no separan la resurrección de la justicia: para él, si Dios va a renovar este mundo, lo que hagamos hoy con él no se pierde.
Por qué importa
La resurrección es el comienzo de la nueva creación. En La resurrección del Hijo de Dios, mil páginas, Wright revisa qué creían griegos, romanos y judíos sobre la muerte y muestra que nadie, en ninguna parte, esperaba que una persona resucitara con cuerpo en la mitad de la historia. Que los primeros cristianos lo dijeran de Jesús, y que se dejaran matar por decirlo, hay que explicarlo. Y la explicación cambia el final: la meta no es dejar la tierra, es que la tierra sea renovada. El cielo no es el destino; es el lugar desde donde Dios va a arreglar esto.
Pablo hablaba desde el judaísmo de su siglo, y hablaba del pueblo de Dios. La justificación no es un trámite legal entre tú y Dios en un tribunal, con un saldo de méritos que Jesús paga. Es la declaración de que perteneces al pueblo de Dios, y ese pueblo ya no tiene fronteras. Por eso Pablo pelea tanto por que judíos y gentiles coman en la misma mesa: esa mesa es el evangelio.
El reino es aquí. Cuando Jesús dice «el reino de Dios se ha acercado», no anuncia una religión nueva ni una salida de emergencia. Anuncia que Dios se hace rey en la tierra, ahora, de una manera que nadie esperaba: por la cruz. Wright llama a eso la revolución que empezó un viernes, y sostiene que la iglesia se pasó siglos leyendo la cruz como la solución a un problema privado, el de mi pecado y mi cielo, cuando en los evangelios es el momento en que el poder del mundo se estrella contra el amor de Dios y pierde.
Lo que me enseñó a mí
Después de Wright dejé de leer la resurrección como el final feliz de la historia de Jesús. La leo como el primer día de algo. Si Dios resucitó a Jesús con cuerpo, es porque no piensa botar lo que hizo. Ni los cuerpos, ni la tierra, ni el trabajo de una mamá que cría sola, ni la plata que un vecino presta sin recibo. Todo eso, me gusta pensar, va para la nueva creación. Y entonces la vida cristiana deja de ser una sala de espera: es una obra que ya empezó, y en la que uno pone ladrillos aunque no vaya a ver el techo.
Wright es de los pocos autores a los que uno puede llegar desde una iglesia pentecostal, desde una católica o desde ninguna, y encontrar la misma puerta abierta.
Su bibliografía, para ubicarse
Wright ha publicado decenas de libros. Se ordenan fácil si uno sabe que hay tres estantes.
El primero es su obra grande, la serie Christian Origins and the Question of God: The New Testament and the People of God (1992), Jesus and the Victory of God (1996), The Resurrection of the Son of God (2003) y Paul and the Faithfulness of God (2013). Son libros de estudio, y solo el tercero está en español.
El segundo son los libros para todo el mundo, que son los que más se leen: El desafío de Jesús, Simplemente cristiano, Sorprendidos por la esperanza, Sencillamente Jesús y Después de creer, todos traducidos. Otros de esa mesa, como The Day the Revolution Began (2016) y su biografía de Pablo (2018), hasta ahora no tienen edición oficial en español.
El tercero son los comentarios para todos, uno por cada libro del Nuevo Testamento, firmados como Tom Wright, pensados para leerse con la Biblia abierta al lado y sin ninguna formación previa.
Tres libros para empezar
1. Sorprendidos por la esperanza (2008; en español, Convivium Press, 2011). Empieza por aquí. Es el libro donde explica, sin notas al pie, qué esperaban los primeros cristianos y por qué el cielo no era la respuesta. Si solo vas a leer uno, es este.
2. Sencillamente Jesús (2011; en español, PPC, 2014). Quién fue Jesús, qué hizo y por qué importa, contado desde su tiempo: el Imperio, el templo, las expectativas de Israel. Es la puerta de entrada al Jesús histórico sin perder al Jesús de la fe.
3. El verdadero pensamiento de Pablo (1997; en español, CLIE, 2002). Corto y directo: qué anunciaba Pablo, qué significa justificación y por qué la nueva perspectiva no le quita nada al evangelio, sino que le devuelve su tamaño.
Y cuando quieras ir más lejos, La resurrección del Hijo de Dios (Verbo Divino): mil páginas.
Este artículo es parte de la serie 10 autores que me enseñaron a leer el evangelio: un artículo por cada uno, con quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
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Si Dios resucitó a Jesús con cuerpo, es porque no piensa botar lo que hizo. Lo que hagas hoy con este mundo va para la nueva creación.