TeoCotidiana
La bahía El Ferrol, en Chimbote, el puerto del norte del Perú donde Gustavo Gutiérrez dio en 1968 la charla que le puso nombre a la teología de la liberación
Foto: bahía El Ferrol, Chimbote · Carlo Brescia · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons
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Por Tomás Castaño Marulanda

Gustavo Gutiérrez: Quién es y tres libros para empezar a leerlo

En julio de 1968, en Chimbote, un puerto pesquero del norte del Perú, le pidieron una charla sobre «teología del desarrollo», y él la tituló «Hacia una teología de la liberación».

Gustavo Gutiérrez fue un teólogo peruano, nacido en Lima en 1928 y muerto en esa misma ciudad en 2024, a los 96 años. Fue sacerdote católico, enseñó durante más de cuarenta años en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estuvo a cargo de una parroquia en el Rímac, un distrito popular de Lima. En 1971 publicó Teología de la liberación, el libro con el que el mundo conoció esa manera de leer el evangelio desde los pobres de América Latina.

Cuando uno abre Teología de la liberación, lo primero que encuentra, antes del primer capítulo, es una escena de una novela, que Gutiérrez copió ahí. La novela es Todas las sangres, del peruano José María Arguedas. Arguedas creció entre campesinos indígenas que hablaban quechua, la lengua de los Andes, y escribió novelas sobre cómo vivían esos campesinos y cómo los trataban los dueños de las haciendas. La escena que escogió Gutiérrez pasa en un pueblo de la sierra. Un sacerdote de un distrito vecino llega a celebrar la misa de la fiesta y le exige al viejo sacristán de San Pedro que le ayude en la misa. El viejo se niega: «Quemado yo padre. Mi iglesia dentro de mi pecho, quemado». Hablan de la Gertrudis, una mujer del pueblo que canta en la iglesia, y el sacerdote reconoce que esa mujer tiene algo que duele. El sacristán le contesta: «El Dios, pues, padrecito. Ella ha sufrido entre los señores. Dios de los señores no es igual. Hace sufrir sin consuelo».

Después le habla de un hombre que llegó enfermo y agachado y se fue firme como un águila, y le dice cuál es el Dios que vio en sus ojos: «Dios es esperanza. Dios alegría. Dios ánimo».

Gutiérrez le dedicó el libro a Arguedas, que había muerto en 1969, y a Henrique Pereira Neto, un sacerdote negro de Recife, en Brasil, al que ese mismo año secuestraron, torturaron y asesinaron. Eran, escribió, dos amigos queridos.

La pregunta que lo movía, y que todavía repetía en una entrevista de 1986, era esta: «¿Cómo decirles [a los pobres] que Dios los ama cuando su realidad cotidiana es una negación al amor?».

Quién es Gustavo Gutiérrez

Gustavo Gutiérrez (1928–2024). Foto: Mohan · Dominio público · Wikimedia Commons
Gustavo Gutiérrez (1928–2024). Foto: Mohan · Dominio público · Wikimedia Commons

Nació en Lima el 8 de junio de 1928. A los doce años le dio osteomielitis, una infección de los huesos, y hasta los dieciocho estuvo en silla de ruedas. Estudiaba en la casa, y en la cama leyó a Cervantes, a Calderón de la Barca y a dos peruanos, el ensayista José Carlos Mariátegui y el poeta César Vallejo. Después estudió medicina en la Universidad de San Marcos, en Lima, y en 1950 la dejó para hacerse sacerdote.

Estudió filosofía y psicología en Lovaina, en Bélgica, y teología en Lyon, en Francia. En 1959 se ordenó como sacerdote diocesano de Lima: de los que dependen del obispo de su ciudad y no de una orden religiosa. En 1960 empezó a enseñar en la Universidad Católica y a acompañar a los estudiantes católicos, y siguió enseñando allí hasta 2003.

Mientras enseñaba, nunca dejó el trabajo de parroquia: durante años estuvo a cargo de la capilla Cristo Redentor, en el Rímac, un distrito popular de Lima. En 1974 fundó en Lima el Instituto Bartolomé de las Casas, con el nombre del fraile dominico que en el siglo dieciséis defendió a los indígenas frente a los conquistadores. Ya mayor se hizo él mismo dominico, de la orden de Las Casas, y fue profesor en la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos. En 2003 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Murió en Lima el 22 de octubre de 2024, de una neumonía.

El contexto en que escribió

El 11 de septiembre de 1962, un mes antes de que empezara el Concilio Vaticano II, la gran reunión de los obispos católicos del mundo, el papa Juan XXIII habló de una Iglesia que quiere ser «la Iglesia de todos y particularmente la Iglesia de los pobres». Gutiérrez veía en esa frase el punto de partida de todo lo que la Iglesia latinoamericana pensaría y buscaría aplicar después al respecto de los pobres.

En América Latina, la gran mayoría de la población era pobre. Hacia 1967, la reflexión teológica latinoamericana distinguió tres sentidos de la palabra pobreza, y un año después los obispos de América Latina los recogieron en uno de sus documentos. El primero es la carencia de lo necesario, que «es, en cuanto tal, un mal». El segundo, la pobreza espiritual, «la disponibilidad de quien todo lo espera del Señor». Y el tercero, la pobreza como compromiso, la de quien decide, por amor, vivir como los necesitados para mostrar que la miseria es un mal. Con esa distinción quedaba claro que el hambre se rechaza, y que nadie la puede confundir con la pobreza espiritual.

En julio de 1968, un movimiento de sacerdotes peruanos organizó un encuentro en Chimbote, un puerto pesquero del norte del Perú, y le pidió a Gutiérrez una charla sobre «teología del desarrollo». Desde los años cincuenta se les prometía a los países pobres que, con planes de desarrollo y con la ayuda de los países ricos, iban a dejar de ser pobres. Gutiérrez tituló su charla de otra manera: «Hacia una teología de la liberación». Así nació el nombre.

En su libro de 1971 explicó por qué cambió la palabra. La promesa del desarrollo había fracasado, porque nunca tocó las raíces de la pobreza, y la palabra no alcanzaba para nombrar lo que buscaban los pueblos pobres: una sociedad justa, donde la gente pudiera vivir con dignidad y decidir su propio destino. Liberación lo decía mejor. Y en la Biblia, explicaba, esa liberación se llama también salvación, el regalo completo de Cristo, que le da su sentido más hondo a toda esa búsqueda.

Un mes después, los obispos de América Latina se reunieron en Medellín, en Colombia. Gutiérrez trabajó allí como asesor teológico de los obispos, y el documento sobre la pobreza le pidió a la iglesia dar «preferencia efectiva a los sectores más pobres y necesitados y a los segregados por cualquier causa».

En 1971 publicó en Lima Teología de la liberación. Ese mismo año, después de la muerte de Arguedas, salió su última novela, El zorro de arriba y el zorro de abajo, que pasa en Chimbote. En uno de los diarios que van con la novela, Arguedas llama a Gutiérrez «el teólogo del Dios liberador». A mediados de los setenta, en las comunidades cristianas del continente se empezó a decir «opción preferencial por los pobres», y en 1979 los obispos latinoamericanos, reunidos en Puebla, en México, hicieron suya esa expresión y se la propusieron a toda la iglesia.

El libro llegó también a Roma, y allí lo miraron con desconfianza. A comienzos de los años ochenta, el cardenal Joseph Ratzinger, que después sería el papa Benedicto XVI, presidía la Congregación para la Doctrina de la Fe, la oficina del Vaticano que vigila la enseñanza católica. Desde allí les pidió a los obispos peruanos investigar a Gutiérrez y la presencia de elementos marxistas en su obra. Mientras lo examinaban, en mayo de 1985, con 56 años, volvió a Lyon y defendió su doctorado presentando toda su obra ante un tribunal universitario. Años después, la Congregación le pidió que escribiera un texto que aclarara sus ideas sobre la Iglesia, y en 2004, después de varias revisiones, aprobó la versión final. A diferencia de Leonardo Boff, que sí fue sancionado, a Gutiérrez nunca lo condenaron. En septiembre de 2013, pocos días antes de que el papa Francisco lo recibiera en la casa de Santa Marta, en el Vaticano, le dijo a un periódico italiano: «Hablar de la importancia del pobre, del compromiso, de la solidaridad con los pobres… Eso viene del Evangelio. La teología de la liberación apenas recordó esto, no lo creó: ¡Está en el Evangelio!».

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Lo que propone

Primero se vive la fe, después se piensa. Gutiérrez definió la teología como «reflexión crítica sobre la praxis histórica a la luz de la Palabra». Praxis es lo que los cristianos hacen de verdad en su historia: lo que hace una comunidad con el hambre de sus vecinos, con el desalojo, con el hijo que no volvió. Ese compromiso con quienes sufren es el acto primero. La teología viene después, como acto segundo, y lo piensa con la Biblia abierta para preguntarse si se parece al evangelio.

La pobreza mata. «En último análisis la pobreza significa muerte: muerte injusta, muerte prematura», escribió. Por hambre, por no tener cómo enfrentar una enfermedad, por no tener techo, por la represión de quienes defienden sus privilegios o quieren imponer por la fuerza sus soluciones. Y habló de otra forma de matar: cuando a un pueblo se le desprecia por su raza, por su cultura o por su género, porque «si se desprecia la cultura, se desprecia la vida».

Los pobres son un mundo. Gutiérrez los describió así: «Los pobres son los "no-personas", los insignificantes, los que no cuentan para la sociedad y, con demasiada frecuencia, tampoco para las Iglesias cristianas». Pero no los redujo a lo que les falta: «Ser pobre es igualmente una manera de sentir, de conocer, de razonar, de hacer amigos, de amar, de creer, de sufrir, de festejar, de orar. Los pobres constituyen un mundo». Un mundo, añadía, con mucho que aportar.

Primeros, no únicos. Explicaba la opción preferencial por los pobres palabra por palabra. Opción es una decisión libre que compromete, y la tienen que tomar también los mismos pobres. Y preferencial no deja a nadie por fuera: «El término mismo de preferencia rechaza toda exclusividad y quiere subrayar quiénes deben ser los primeros —no los únicos— en nuestra solidaridad». Para decirlo, citaba a Óscar Romero, el arzobispo de San Salvador: «desde los pobres la Iglesia podrá ser para todos».

Dios no pone condiciones. Para un cristiano, decía, el motivo último de ese compromiso está en el Dios de la fe, más que en el análisis social o en la compasión. Lo encontraba en las bienaventuranzas: «Dichosos ustedes los pobres, porque el reino de Dios les pertenece» (Lucas 6:20). Y lo explicaba así: «el pobre es preferido no porque sea necesariamente moral o religiosamente mejor que otros, sino porque Dios es Dios a quien nadie le pone condiciones». Lo dijo también con una frase de Bartolomé de las Casas: «del más chiquito y del más olvidado tiene Dios la memoria muy reciente y muy viva».

Por qué lo pongo en esta lista

Porque su nombre suele llegar pegado a una acusación. «Teología de la liberación» se dice en muchos púlpitos como una mala palabra, y con eso se da por terminada la conversación. Sobre el método con el que esa teología se acercó a la Biblia, ver la realidad, juzgarla a la luz del evangelio y actuar, escribí: «No me vengan a decir que eso es del diablo, es cuando menos conciencia de humanidad». Quien lea a Gutiérrez va a encontrar a un sacerdote que terminó su libro más famoso parafraseando a Pascal: todas las teologías, también la de la liberación, valen menos que un solo acto de solidaridad con quienes son explotados.

También porque sigue pasando lo que él dijo: que los pobres tampoco cuentan para las iglesias. Se les recoge mercado, pero el púlpito y el estudio bíblico casi nunca son suyos.

Cuando murió, escribí en mis redes sociales que lo había conocido en sus letras y que sabía que lo habían «ninguneado con acusaciones políticas polarizadas». Le di las gracias «por enseñarnos a notar la obra del Dios eterno ocurriendo en nuestras realidades humanas más básicas». Y lo imaginé en el cielo con Ignacio Ellacuría, con monseñor Romero y con otros y otras que alzaron la voz en nombre de un evangelio de liberación: «Allá tomamos café, vino de consagrar y conversamos».

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Su bibliografía, para ubicarse

Casi todos sus libros salieron primero en Lima, en el CEP, el Centro de Estudios y Publicaciones, o en el Instituto Bartolomé de las Casas. Después de Teología de la liberación. Perspectivas (1971) vinieron La fuerza histórica de los pobres (1979), Beber en su propio pozo (1983), sobre la espiritualidad, y Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente (1986), sobre el libro de Job. A Bartolomé de las Casas le dedicó Dios o el oro en las Indias (1989) y En busca de los pobres de Jesucristo (1992), y a Arguedas, Entre las calandrias (1990). Con su amigo el cardenal Gerhard Müller, que desde 2012 presidió la misma Congregación que lo había examinado, escribió Del lado de los pobres. Su último libro, Vivir y pensar el Dios de los pobres, salió en Lima en 2025, después de su muerte.

En España casi todo lo publicó Sígueme, una editorial católica de Salamanca, y Del lado de los pobres lo publicó San Pablo, en Madrid, en 2013.

Tres libros para empezar

1. Beber en su propio pozo. En el itinerario espiritual de un pueblo (1983; Sígueme, 8.ª edición, 2007). Empieza por aquí. Es su libro de espiritualidad, corto y sin lenguaje técnico: un camino para encontrarse con el Dios de la vida siguiendo a Jesús de Nazaret. Sirve para quien cree que su teología era pura política.

2. Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Una reflexión sobre el libro de Job (1986; Sígueme, 7.ª edición, 2021). Job leído desde el dolor de los pobres, alrededor de la pregunta de la entrevista de 1986: cómo decirle a quien sufre que Dios lo ama.

3. Teología de la liberación. Perspectivas (1971; Sígueme, 19.ª edición, 2022). Es el clásico, el que abre con el pedazo de Arguedas. Es más denso que los otros dos, y la edición vigente incluye «Mirar lejos», una introducción que escribió años después.

Este artículo es parte de la serie 11 autores latinoamericanos que hay que leer para entender el evangelio: un artículo por cada uno, con quién es, de dónde viene y por dónde empezar.

Para el viejo sacristán de la sierra, el Dios de los señores hacía sufrir sin consuelo, y el que él conocía era esperanza, alegría y ánimo.

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