Por Tomás Castaño Marulanda
Juan Stam: Quién es y tres libros para empezar a leerlo
Nació en Nueva Jersey, se hizo costarricense y pasó la vida enseñando que el Apocalipsis no es un libro para tenerle miedo: es la carta de un pastor contra el Imperio romano.
En el capítulo 11 del Apocalipsis aparecen dos testigos que anuncian el mensaje de Dios. Si alguien quiere hacerles daño, les sale fuego de la boca. Al final llega la bestia, la figura con la que el libro habla del poder que se hace adorar, y los mata. Stam escribió que empezó a entender ese pasaje cuando unos pastores maya-quiché, de uno de los pueblos mayas, lo montaron como una obra de teatro. Los dos que hacían de testigos entraron soplando fuego y llenaron el piso de enemigos muertos. Pero cuando llegó la bestia a amenazarlos, cuenta Stam, «soplan juntos; pero ¡qué sorpresa!, no les sale fuego». La bestia los mató. Días después, resucitaron. De ese capítulo Stam sacó que la confianza no puede estar en los dones que uno recibe sino en el Señor que los da, y que los testigos vencen como venció Jesús: muriendo y resucitando.
Muchos de nosotros crecimos con películas del rapto, la idea de que los creyentes van a desaparecer de golpe antes del fin del mundo, y con predicaciones que usaban el Apocalipsis para asustarnos. Stam escribió cuatro tomos para decir lo contrario, y en una entrevista lo resumió en una frase: «Creo que el Apocalipsis parece difícil y espantoso sólo porque lo leemos mal».
Quién es Juan Stam

Nació el 5 de agosto de 1928 en Paterson, Nueva Jersey, en una familia evangélica de origen holandés. En Wheaton College, en Illinois, estudiaba historia, y para un curso sobre los Padres de la Iglesia, los pensadores cristianos de los primeros siglos, escribió un trabajo sobre la manera en que San Agustín entendía el conocimiento. Ese trabajo lo hizo pasar de la historia a la Biblia: «Al entregar mi monografía, entregué también mi vida para servir a Dios en la enseñanza bíblica». Y bromeaba con que tal vez era el único misionero protestante al que Dios había llamado por medio de un antiguo Padre de la Iglesia.
La idea que lo guió como misionero venía de Kenneth Strachan, de la Misión Latinoamericana, una agencia misionera evangélica con sede en Costa Rica. En 1945, en Sincelejo, Colombia, Strachan había hablado de «la Encarnación», que Dios se hizo hombre en Jesús, «como modelo para misioneros y para misiones»: quien llega a un pueblo tiene que hacerse parte de él. Cuando Stam ya iba a irse como misionero de esa agencia y estaba a punto de ser ordenado pastor en Estados Unidos, Strachan, que ya la dirigía, le dijo: «No lo hagas, Juan. Espera, aprende el castellano y déjate ordenar por la iglesia nacional», es decir, por la iglesia evangélica de Costa Rica. A finales de 1954, Stam llegó a Costa Rica con su esposa, Doris Emanuelson. Años después, Stam y Doris se hicieron costarricenses.
Después de un año aprendiendo el idioma, su primera iglesia fue la de Santa Cruz, en Guanacaste, la provincia del noroeste del país que limita con Nicaragua. De ahí pasó a enseñar teología en el Seminario Bíblico Latinoamericano, en San José. Entre 1961 y 1963 se fue a la Universidad de Basilea, en Suiza, a estudiar con Karl Barth, el teólogo cuyo comentario a Romanos cambió la teología del siglo XX. Y cuando en 1973 se fundó la Universidad Nacional, en Heredia, entró a enseñar en su Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión, abierta a estudiantes de distintas iglesias, donde estuvo hasta 1995. Murió en Costa Rica el 16 de octubre de 2020, a los 92 años.
El contexto en que escribió
Costa Rica había abolido su ejército en 1948 y era un país estable en una región de dictaduras. Cuando en 1961 Stam se presentó ante Barth como alguien que venía de Centroamérica, Barth le contestó: «Ah, revoluciones, ¿verdad?». Stam le explicó que Costa Rica era un país estable, y Barth corrigió: «Ah, volcanes y terremotos entonces, ¿verdad?».
Pero desde sus primeros años en Santa Cruz, Stam tuvo al otro lado de la frontera a Nicaragua, gobernada por la familia Somoza, una dictadura que pasaba de padre a hijos. Los maestros de Stam en política fueron los refugiados nicaragüenses que llegaban a Santa Cruz huyendo de esa dictadura. Ellos le contaron lo que Stam llamó después «la triste historia del apoyo estadounidense a los Somoza durante muchas décadas». Para un misionero que venía de Estados Unidos, oír esas críticas fue doloroso. Él y Doris se pusieron del lado de quienes huían: desde los años setenta recibían en Costa Rica a quienes escapaban de las dictaduras de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, y lo siguieron haciendo en los ochenta, mientras el gobierno de Estados Unidos financiaba la Contra, la guerrilla que peleaba contra el gobierno sandinista, el que salió de la revolución que derrocó a Somoza en 1979.
En 1979 cayó Somoza, y ese mismo año Stam publicó el ensayo «El Apocalipsis y el imperialismo romano», que fue como el preámbulo de todo lo que escribiría sobre ese libro. Stam había visto de cerca cómo se acomodaba la Biblia a la conveniencia política, y lo explicaba con un ejemplo. Bajo Somoza, sus partidarios usaban Romanos 13 para decir que Dios había puesto al dictador y había que someterse a él. Cuando ganaron los sandinistas, «esa misma gente cambió de texto» y pasó a citar Hechos 5:29, «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres», para decir que ya no había que obedecer al gobierno. Al año siguiente asesinaron en San Salvador al arzobispo Óscar Romero, a quien Stam nombraba entre las personas cuya fe más lo había marcado.
En sus últimos años, dentro de las iglesias le preocupaba lo que él llamaba «una especie de banalización del evangelio»: un evangelio vuelto trivial.
Lo que propone
El Apocalipsis, leído como carta de pastor. Juan, el autor del Apocalipsis, que recibió la visión en la isla de Patmos (Apocalipsis 1:9), les escribe a iglesias que vivían bajo el Imperio romano y que entendían los símbolos del libro. Leído así, dice Stam, «es un poderoso mensaje de esperanza, no de miedo». La escatología es la parte de la teología que estudia el fin de los tiempos, y al uso del libro para asustar Stam le puso nombre con un juego de palabras: «Esa clase de "espantología evangelística" es realmente terrorismo escatológico y nada tiene que ver con la gran esperanza a la que Dios nos llama».
La bestia tiene nombre. En el Apocalipsis, la bestia es el Imperio romano. Roma pedía que la adoraran como a una diosa, y Stam le contesta con la voz del autor: «No, dice Juan: Roma no es diosa, sino una bestia repugnante». Juan de Patmos también la llama Babilonia, y, para Stam, Roma no es el único caso: después de ella vendrían, hasta el fin de la historia, otros poderes que también pedirían que los adoraran como a dioses.
Profetizar no es adivinar el futuro. En muchas iglesias, las profecías se leen como un calendario del fin del mundo. Para Stam es otra cosa: «El profeta no es tal porque predice el futuro sino porque trae al pueblo del Señor la palabra viva y exigente de un Dios de amor, vida y justicia».
La Biblia es política, pero no politiquera. «La Biblia es un libro profundamente político», decía. Y enseguida aclaraba: «De la "politiquería" Dios se interesa, pero para juzgarla». Sobre los partidos que se presentan como cristianos fue igual de claro: «La historia de los partidos "evangélicos" en América Latina es mayormente una vergüenza para el evangelio que pretenden representar».
Por qué lo pongo en esta lista
Porque muchas personas en nuestras iglesias crecieron con miedo: miedo al rapto, miedo a la bestia, miedo a quedarse en la tierra cuando los demás desaparecieran. Stam tomó el libro que más miedo nos daba y lo leyó en talleres, en iglesias y con pastores maya-quiché. Y donde otros veían el fin del mundo encontró, en sus palabras, un libro «sobre Aquel que es el principio y el fin de todo».
También porque me ha acompañado. Apocalipsis y profecía estuvo entre los libros de teología latinoamericana de las editoriales Kairós y JUANUNO1 que tuve a la venta en Colombia. Cuando murió, le escribí esta despedida: «Nos vemos en la eternidad querido Juan Stam. Allá tendré un montón de conversaciones para disfrutar, seguramente tendré que hacer fila. Gracias por el aporte gigante a nuestra fe cotidiana».
Su bibliografía, para ubicarse
Su obra mayor es el comentario al Apocalipsis en cuatro tomos de la serie Comentario Bíblico Iberoamericano, de Ediciones Kairós, publicado entre 1999 y 2014. Antes había escrito Apocalipsis y profecía (Kairós, 1998), un libro breve y pastoral, y Las buenas nuevas de la creación (Nueva Creación, 1995; Kairós, 2003), una teología bíblica de la creación que recorre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Profecía bíblica y misión de la iglesia (Consejo Latinoamericano de Iglesias, Quito, 2001) reúne sus ideas sobre la esperanza y la misión, y los dos tomos de Haciendo teología en América Latina (2004 y 2005), editados por Arturo Piedra, recogen sus artículos y conferencias.
Varias de sus obras las reeditó JUANUNO1 Ediciones en 2020, y después de su muerte salió la Colección Stam de Editorial ABYAD, la editorial costarricense que fundó el teólogo José Chacón.
Tres libros para empezar
1. Apocalipsis y profecía (Kairós, 1998; reeditado por JUANUNO1 y por ABYAD). El libro breve y pastoral. Si creciste con miedo al rapto, empieza por aquí.
2. Las buenas nuevas de la creación (Nueva Creación, 1995; Kairós, 2003; reeditado por JUANUNO1 y por ABYAD). La creación leída de punta a punta de la Biblia: la dignidad humana, el cuidado de la tierra y la justicia. Para quien quiere conocerlo sin pasar por el Apocalipsis.
3. Apocalipsis, tomo I, capítulos 1 al 5 (Comentario Bíblico Iberoamericano, Kairós, 1999). El primero de los cuatro tomos, con la introducción a todo el libro. Para cuando quieras leer el Apocalipsis versículo por versículo, sin miedo.
Este artículo es parte de la serie 11 autores latinoamericanos que hay que leer para entender el evangelio: un artículo por cada uno, con quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
Los dos testigos soplaron y no les salió fuego: vencieron como venció Jesús, muriendo y resucitando.
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