El 24 de marzo de 1980, a monseñor Óscar Romero, el arzobispo de San Salvador, lo asesinaron mientras celebraba misa en la capilla del hospital de la Divina Providencia. Llevaba tres años como arzobispo, en un país sacudido por una guerra civil que crecía. Ignacio Ellacuría era el rector de la universidad de los jesuitas. Después de ese asesinato dijo una frase que Jon Sobrino, el teólogo jesuita que vivía con él, llama «la conocida sentencia de Ellacuría»: «Con monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador». Sobrino añade un detalle: «por lo que yo sé, solo habló así en este caso».
Quién es Ignacio Ellacuría

Ignacio Ellacuría nació en 1930 en Portugalete, junto a la ría de Bilbao, en el País Vasco. A los dieciséis años entró al noviciado de los jesuitas en Loyola. A los dieciocho lo mandaron, con otros cinco novicios y su maestro, Miguel Elizondo, a abrir el noviciado de la Compañía de Jesús en Centroamérica: en marzo de 1949 llegaron a Santa Tecla, en El Salvador. Años después lo recordó sin heroísmos: «Entonces teníamos un sentido muy simple de la obediencia. No fue un sacrificio ni tampoco heroísmo. Y nunca me he arrepentido de haber iniciado una vida americana».
Para formarlo, los jesuitas lo mandaron a estudiar a varios países. Hizo filosofía en la Universidad Católica de Quito, y teología en Innsbruck, en Austria, donde fue alumno del jesuita alemán Karl Rahner, uno de los teólogos católicos más influyentes del siglo XX. Allí se ordenó sacerdote, en 1961. Después hizo el doctorado en Madrid, con una tesis sobre el filósofo español Xavier Zubiri, y siguió trabajando con él hasta que Zubiri murió, en 1983.
En 1967 volvió a El Salvador para enseñar filosofía en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, la UCA, que se había fundado dos años antes y estaba en manos de los jesuitas. Fue jefe del departamento de filosofía, dirigió la revista de la universidad, Estudios Centroamericanos, y en 1979 lo nombraron rector.
El contexto en que escribió
En El Salvador, la tierra estaba en manos de muy pocas familias. En 1975, la Asamblea Legislativa creó un instituto para la transformación agraria, y en junio de 1976 el gobierno decretó un primer proyecto para repartir una parte de esas tierras. La ANEP, la asociación de los empresarios privados, respondió con una campaña en los periódicos, y en octubre la misma Asamblea cambió la ley y dejó la reforma sin fuerza. Ellacuría escribió en la revista de la UCA un editorial con un título irónico, «A sus órdenes, mi capital», que empezaba haciendo la cuenta: «Han bastado tres meses y medio para que los tres Poderes del Estado se vuelvan atrás». Ese editorial le costó a la universidad el apoyo económico del gobierno y varios atentados con bombas.
En febrero de 1977, Óscar Romero fue nombrado arzobispo de San Salvador. Menos de un mes después asesinaron al jesuita Rutilio Grande, amigo del nuevo arzobispo, y semanas más tarde un escuadrón de la muerte, la Unión Guerrera Blanca, amenazó con matar a todos los jesuitas si no salían del país. Ellacuría, que estaba en España, se quedó allá hasta 1978.
Desde el golpe de Estado de octubre de 1979, el país se estaba sacudiendo por una guerra civil en crecimiento. En marzo de 1980 mataron a Romero, y a finales de ese año Ellacuría tuvo que salir otra vez de El Salvador, protegido por la Embajada de España; siguió siendo rector desde lejos y volvió en abril de 1982. En enero de 1981, la guerrilla del FMLN, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, lanzó una ofensiva, y comenzó la guerra abierta. Ese mismo año Ellacuría ya pedía en público una salida negociada al conflicto, y en diciembre el Batallón Atlácatl del ejército masacró en El Mozote y en los caseríos vecinos a cerca de mil campesinos, más de la mitad de ellos niños.
Ellacuría no solo escribía; también negociaba. En 1985, junto con el arzobispo Arturo Rivera y Damas, consiguió que la guerrilla liberara a la hija del presidente José Napoleón Duarte, a la que había secuestrado, a cambio de 22 presos políticos.
En noviembre de 1989 estaba en Barcelona, recibiendo en nombre de la UCA el Premio Alfonso Comín, cuando la guerrilla lanzó una ofensiva sobre San Salvador. Adelantó el regreso y llegó el día 13. Esos días, por Radio Cuscatlán se oyeron llamadas que pedían su muerte. Según la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas, la noche del 15 el coronel René Emilio Ponce, con el acuerdo de otros altos mandos, le ordenó al coronel Guillermo Alfredo Benavides matar a Ellacuría «sin dejar testigos».
El 16 de noviembre, soldados del Batallón Atlácatl entraron a la residencia de los jesuitas, en el campus de la UCA, y mataron a ocho personas. Seis eran jesuitas: Ignacio Ellacuría, que tenía cincuenta y nueve años; Ignacio Martín-Baró, vicerrector y psicólogo social; Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López y Joaquín López y López, el único salvadoreño entre ellos. Las otras dos eran Julia Elba Ramos, quien estaba a cargo de la alimentación de los jesuitas, y su hija Celina, una adolescente. Los soldados dejaron un cartón firmado con el nombre del FMLN, para culpar a la guerrilla. Jon Sobrino se salvó porque estaba dando conferencias en Tailandia. Pocos días después, Obdulio Ramos, el jardinero de la comunidad, esposo de Elba y papá de Celina, sembró rosas rojas donde quedaron los cuerpos de los jesuitas y, en el centro, dos rosas amarillas, por su esposa y su hija.
La guerra terminó con los Acuerdos de Paz de enero de 1992, después de más de 75.000 muertos. En El Salvador condenaron solo a dos militares por la masacre, y la amnistía de 1993 los dejó libres. En 2020, en España, la Audiencia Nacional condenó a 133 años de cárcel al excoronel Inocente Orlando Montano, uno de los altos mandos que estaban presentes cuando se dio la orden, por el asesinato de los cinco jesuitas españoles. El Tribunal Supremo confirmó la condena y llamó a la masacre un «crimen de Estado».
Lo que propone
Una sola historia. En 1984, la revista de teología de la UCA abrió su primer número con un ensayo suyo, «Historicidad de la salvación cristiana». Empieza con dos preguntas, la de «aquellos que se preguntan por el carácter histórico de los hechos salvíficos» y la de «aquellos que se preguntan por el carácter salvífico de los hechos históricos». Dicho en sencillo: la primera pregunta es si lo que cuenta la Biblia pasó de verdad; la segunda mira lo que pasa en nuestros países para ver, con sus palabras, «qué hechos históricos traen salvación y cuáles otros traen condenación, qué hechos hacen más presente a Dios». Ellacuría se dedicó a la segunda. Para él, la historia del templo y la del campo, el mercado y la guerra son la misma: «desde un principio damos por aceptado que no se dan dos historias, una historia de Dios y una historia de los hombres, una historia sagrada y una historia profana. Más bien lo que se da es una sola realidad histórica en la cual interviene Dios y en la cual interviene el hombre».
Historizar la fe. A esa manera de pensar algunos la llamaban politización de la fe. Ellacuría le cambió el nombre: «La llamada politización de la fe, que mejor debería llamarse historización de la fe, no consiste en decir que la acción salvífica se reduzca a la transformación de las estructuras socio-políticas […]. Consiste en decir que la salvación no llega a su plenitud, si no se alcanza esa dimensión histórica y, en su caso, esa dimensión política». Una salvación que nunca llega a la tierra, al salario, a la cárcel ni a la guerra se queda a medias.
El pueblo crucificado. En 1978 publicó en México un ensayo que tituló «El pueblo crucificado. Ensayo de soteriología histórica»; soteriología es la parte de la teología que estudia la salvación. Ahí definió lo que quería decir:
«Se entiende aquí por pueblo crucificado aquella colectividad que, siendo la mayoría de la humanidad, debe su situación de crucifixión a un ordenamiento social promovido y sostenido por una minoría que ejerce su dominio en función de un conjunto de factores, los cuales, como tal conjunto y dada su concreta efectividad histórica, deben estimarse como pecado.»Ignacio Ellacuría, «El pueblo crucificado» · citado por Jon Sobrino
La mayoría pobre no está en la cruz por mala suerte, ni porque Dios la esté probando. La pusieron ahí, y la mantienen ahí, unas maneras de organizar la tierra, el trabajo y el poder que favorecen a unos pocos, y a eso Ellacuría lo llama pecado.
El siervo de ahora. Isaías describe a un siervo de Dios «despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento» (Isaías 53:3). En 1981, Ellacuría escribió que entre todas las señales de una época hay una principal, el pueblo crucificado: «Ese pueblo es la continuación histórica del siervo de Yahvé, al que el pecado del mundo sigue quitándole toda figura humana, al que los poderes de ese mundo siguen despojando de todo, le siguen arrebatando hasta la vida, sobre todo la vida». En el ensayo de 1978 ya había dicho que de ese pueblo viene salvación, como del siervo de Isaías. Escribió que quien compuso ese pasaje solo «en un difícil acto de fe» pudo afirmar lo que va «contra toda evidencia», y él lo afirmó también de su pueblo: «En este pueblo están las piedras vivientes con las cuales se edificará la nueva casa».
Bajarlo de la cruz. Jon Sobrino lo resume así: «Ante el pueblo crucificado de su tiempo, Ellacuría lo formuló tajantemente: "bajarlo de la cruz"». Para aterrizarlo en cada persona, Ellacuría volvió a los Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, el método de oración con el que se forman los jesuitas. Delante de Cristo en la cruz, san Ignacio le pide a quien ora que se pregunte qué ha hecho, qué hace y qué debe hacer por Cristo. Ellacuría puso esas mismas preguntas delante del pueblo crucificado: qué he hecho yo para crucificarlo, qué hago para que lo bajen de la cruz y qué debo hacer para que ese pueblo resucite.
Por qué lo pongo en esta lista
Porque en tantos sermones la salvación empieza el día en que uno se muere: Jesús vino a salvarnos del infierno, y lo demás queda en segundo lugar. Yo creo que la salvación de Dios nos viene no solamente para el después de morir sino, y en principio, para lo que somos en el día a día. Y de tanto pensar en una salvación venidera, se nos olvida reconocer cuáles son las salvaciones cotidianas a las que apunta el evangelio. Ellacuría miró así la historia de un país entero: a sus leyes de tierras y a su guerra les preguntó si traían salvación o condena.
Y porque sus preguntas empiezan por uno mismo, antes que por los coroneles o los gobiernos. Ese pueblo tiene rostro también por estos lados: el campesino al que sacaron de su tierra, la familia desplazada que llega a la ciudad con unas cuantas bolsas, la mamá que lleva años buscando a un hijo.
Ellacuría y monseñor Romero fueron los primeros nombres que puse en la despedida que le escribí a Gustavo Gutiérrez.
Su bibliografía, para ubicarse
En vida publicó pocos libros. Entre ellos está Teología política (1973), editado en San Salvador por el Secretariado Social Interdiocesano y traducido al inglés en 1976 como Freedom Made Flesh, «la libertad hecha carne». En 1984 publicó en España Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, en Sal Terrae, la editorial de los jesuitas en Santander. Lo demás estaba repartido en artículos, editoriales y otros textos sueltos, y casi todo se reunió en libros después de su muerte.
En 1990, Trotta, una editorial madrileña de filosofía y teología, publicó Mysterium liberationis, «el misterio de la liberación», dos tomos sobre los conceptos fundamentales de la teología de la liberación que había preparado con Jon Sobrino, y ese mismo año salió Filosofía de la realidad histórica. Entre 1991 y 2002, UCA Editores, la editorial de la universidad, reunió sus escritos políticos, filosóficos, universitarios y teológicos. La Universidad de Granada prepara sus obras completas en veintiocho volúmenes.
Tres lecturas para empezar
1. «Historicidad de la salvación cristiana» (1984; en Mysterium liberationis, tomo I, Trotta, 1990). Se puede leer gratis en PDF en la página de la Revista Latinoamericana de Teología de la UCA. Es denso: empieza por las cuatro primeras páginas, donde ya está la idea entera.
2. Conversión de la Iglesia al Reino de Dios. Para anunciarlo y realizarlo en la historia (Sal Terrae, 1984). El libro que publicó en vida en España. Trae «El pueblo crucificado» y «Las bienaventuranzas, carta fundacional de la Iglesia de los pobres». Es su teología más pastoral y la más fácil de leer, para quien quiere entender qué tiene que ver la cruz de Jesús con los pobres.
3. Jon Sobrino, «"El pueblo crucificado". Ensayo con ocasión de los aniversarios de la UCA y El Mozote» (revista ECA, 2012; gratis en internet). No es de Ellacuría: lo escribió el jesuita que vivía con él. Reúne y explica los pasajes centrales, desde el pueblo crucificado hasta «bajarlo de la cruz». Para quien quiere una puerta de entrada corta antes de los textos de Ellacuría.
Este artículo es parte de la serie 11 autores latinoamericanos que hay que leer para entender el evangelio: un artículo por cada uno, con quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
Ante el pueblo crucificado, Ellacuría lo dijo sin rodeos: hay que bajarlo de la cruz.
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