El 1 de abril de 1964 era el último día de Rubem Alves en Nueva York, donde había ido a hacer una maestría en teología. Volvía en el metro de comprar regalos para sus hijos cuando vio, en el periódico de otro pasajero, el titular del golpe militar en Brasil. «Me quedé congelado al instante», recordaría después.
Volvió a su país por una ruta poco usual, para no aterrizar en Río. Al llegar, un amigo le avisó que al Supremo Concilio de la Iglesia Presbiteriana del Brasil habían mandado un documento con acusaciones contra seis pastores, y que él era uno de ellos. Eran más de cuarenta acusaciones. Una decía que los pastores se alegraban cuando sus hijos escribían frases contra los estadounidenses en las latas de leche en polvo que llegaban donadas. Alves había repartido latas de leche en polvo donadas entre familias con niños desnutridos de la periferia de Lavras, junto con un presbítero de su iglesia que después lo denunció.
Quién es Rubem Alves

Nació el 15 de septiembre de 1933 en Dores da Boa Esperança, un pueblo de Minas Gerais, en Brasil. Su papá era un hombre rico que quebró en 1930, después de la caída de la bolsa de Nueva York, y en 1945 la familia se fue a vivir a Río de Janeiro. En el colegio de Río, Rubem era el muchacho pobre del campo, el caipira, como dicen en Brasil, y se burlaban de él; no tenía amigos, y se aferró a la iglesia. A los diecinueve años les dijo a sus papás, que soñaban con un hijo médico, que quería ser pastor.
Entre 1953 y 1957 estudió en el Seminario Presbiteriano del Sur, en Campinas, donde uno de sus profesores fue el misionero estadounidense Richard Shaull, que empujaba a sus estudiantes a pensar la pobreza del país como un asunto importante para reflexionar y accionar la fe. El 30 de noviembre de 1957, como orador de su promoción, Alves dio un discurso con un estribillo que repetía una y otra vez: «Estos no adoran a los dioses de la ciudad». Los dioses de la ciudad, explicó, eran lo útil, puesto por encima de lo verdadero; el tener, puesto por encima del ser; y el propio yo. Y terminó con el ejemplo de alguien que no les rindió culto: Jesús, que escandalizó tanto a la gente de su tiempo que terminaron crucificándolo. El discurso incomodó tanto que el seminario suprimió el discurso del orador en las promociones siguientes.
En 1958 empezó a ser pastor en Lavras, otra ciudad de Minas Gerais, en la Primera Iglesia Presbiteriana. En 1959 se casó con Lídia Nopper, y tuvieron tres hijos. En Lavras, su fe se fue haciendo en las casas de la gente. Iba en una camioneta Kombi a visitar a los enfermos graves y a enterrar a los muertos de la ciudad y de sus alrededores. Él también vivía con poco: un conocido lo encontró un día buscando botellas para vender, para poder llevar a uno de sus hijos al médico. De esos años escribió: «conviví con la gente, dejé los libros, sin remordimientos, para vivir los dolores y alegrías de otros». Y de ahí le salió su manera de entender la religión: «Yo pensaba que la religión no era para asegurar el cielo después de la muerte, sino para hacer mejor este mundo mientras vivimos».
El contexto en que escribió
En los años cincuenta, Shaull y la juventud presbiteriana de Brasil empezaron a preguntarse qué tenía que ver el evangelio con la pobreza y con la industrialización del país. La dirección de la Iglesia Presbiteriana reaccionó con miedo, porque para muchos hacerse esas preguntas ya era política: disolvió la organización nacional de los jóvenes, y en 1958 el rector del seminario de Campinas le pidió a Shaull que no volviera a dar clases allí. Cuando llegó el golpe militar, entre el 31 de marzo y el 1 de abril de 1964, entre los evangélicos se generalizó la idea de que era una respuesta de Dios a sus oraciones, y en mayo de ese año el periódico oficial de la iglesia celebraba la purga que hacía el gobierno y pedía hacerla también dentro de las iglesias.
Así le llegó la denuncia a Alves. La pieza que más le dolió venía de la dirección de un colegio protestante de Lavras, el Instituto Gammon, que, escribió, funcionaba «en una finca que había sido de mi bisabuelo». La denuncia llegó a los militares, y los organismos de vigilancia de la dictadura lo siguieron fichando hasta 1985. Tuvo que quemar libros y tirar bolsas al río. Salió con su familia hacia Estados Unidos con una beca de los presbiterianos estadounidenses. Años después recordó así el momento en que el avión despegó: «Respiré hondo y sonreí con una deliciosa sensación de libertad».
En el Seminario Teológico de Princeton escribió su tesis doctoral, Towards a Theology of Liberation, «hacia una teología de la liberación». La defendió en junio de 1968; el tribunal le pidió cambiarla, él se negó, y se la aprobaron con la nota más baja posible. Al año siguiente se publicó como libro, pero el editor encontró raro el título, porque la palabra liberación no tenía prestigio en la teología de entonces, y lo que estaba de moda era la «teología de la esperanza» del alemán Jürgen Moltmann. Salió como A Theology of Human Hope, «una teología de la esperanza humana». Alves lo comentó con humor: «Siempre es más fácil subirse a un tren en marcha que hacer otro nuevo desde la nada». Gustavo Gutiérrez había usado la expresión «teología de la liberación» en una charla en Chimbote, en el Perú, en 1968, y la puso en el título de su libro en 1971. Los dos se conocieron en noviembre de 1969, en una reunión en Suiza.
Volvió a Brasil en 1969 y empezó a enseñar filosofía en Rio Claro, en el estado de São Paulo. Desde 1966, la nueva dirección de la Iglesia Presbiteriana del Brasil venía expulsando a pastores, profesores y seminaristas; un teólogo presbiteriano lo llamó «inquisición sin hogueras». El 15 de septiembre de 1970, el día que cumplía treinta y siete años, Alves renunció a esa iglesia con una carta.
Desde 1974 enseñó en la Universidad Estatal de Campinas, la Unicamp, que lo nombró profesor emérito en 1995. A comienzos de los ochenta se hizo psicoanalista, y durante años escribió crónicas en la Folha de S.Paulo, uno de los periódicos más leídos del país. Publicó más de ciento cincuenta libros, cuarenta y cuatro de ellos para niños. Murió el 19 de julio de 2014 en Campinas, y sus cenizas quedaron bajo un ipê amarillo, como él quería.
Lo que propone
El Espíritu está donde está la libertad. En la carta con que renunció a su iglesia, contó la historia de Dios con su pueblo como una historia de libertad que «culmina con la llegada del Señor Jesús, que es a la vez el hombre libre y el Dios que libera». Y explicó por qué se iba: «Si el Nuevo Testamento tiene razón, "el Espíritu está donde está la libertad"; no encuentro libertad en la Iglesia Presbiteriana. Es hora, entonces, de buscar la comunidad del Espíritu fuera de ella».
El protestantismo de la recta doctrina. En 1979 publicó Protestantismo e repressão, «protestantismo y represión», un estudio sobre lo que había vivido. Allí le puso nombre a un tipo de iglesia: el «protestantismo de la recta doctrina», el que mide la fe por el acuerdo con una lista de fórmulas doctrinales que se tienen por la verdad, y que vigila y castiga a quien no las repite. Él mismo reconoció que escribió de su iglesia con «una mezcla de odio y amor».
Jaulas y alas. En una de sus crónicas más famosas, de 2001, escribió: «Hay escuelas que son jaulas. Hay escuelas que son alas». Y en la misma crónica: «El vuelo no se puede enseñar. Solo se puede alentar». Años después lo dijo también de las religiones: «Dios nos dio alas, pero las religiones inventaron jaulas».
La nostalgia de Dios. Con los años dejó de escribir teología en lenguaje académico y empezó a escribirla como poesía, como juego y como crónica. Y la definió así: «La teología no es cosa de quien cree en Dios, sino de quien siente nostalgia de Dios».
El ipê. Un amigo cuenta que en un viaje de Campinas hacia el sur de Minas Gerais, Alves frenó el carro de golpe en plena carretera porque había un ipê amarillo florecido: «¡A ese ipê amarillo hay que verlo de cerca!». En su finca plantaba árboles para sus amigos, y sembró un ipê amarillo como lugar de descanso para sus cenizas.
Por qué lo pongo en esta lista
Porque hay iglesias que se parecen a la que lo denunció. Iglesias donde la fe se mide por estar de acuerdo con una lista de doctrinas, donde preguntar es sospechoso, y donde a quien piensa distinto se le cierra la puerta en nombre de Dios.
Y porque, después de todo eso, no se dejó llenar de amargura. Lo denunciaron sus hermanos de iglesia, tuvo que quemar sus libros y salir del país, y terminó escribiendo cuentos para niños, plantando árboles para sus amigos y frenando el carro para mirar un ipê.
Hay que leerlo sabiendo que su primer libro es difícil: René Padilla dijo en su momento que estaba escrito en un lenguaje que el lector común no entendía, y el mismo Alves, años después, pidió disculpas por haber escrito un libro tan aburrido. Pero cuando ese libro salió, José Míguez Bonino vio en él una señal de que la marea empezaba a cambiar para la iglesia latinoamericana.
Su bibliografía, para ubicarse
Su primer libro fue su tesis, A Theology of Human Hope (1969). En español salió primero en Montevideo, en Tierra Nueva, una editorial evangélica, con el título Religión: ¿opio o instrumento de liberación? (1970) y un prólogo de José Míguez Bonino, y después en España, en Sígueme, como Cristianismo, ¿opio o liberación? (1973). Después vino Tomorrow's Child (1972), en español Hijos del mañana (Sígueme, 1976), sobre la imaginación y la creatividad. En 1979 publicó Protestantismo e repressão, y en 1981 dio en el ISEDET de Buenos Aires unas conferencias que La Aurora, una editorial protestante de esa ciudad, publicó como La teología como juego.
Desde los ochenta escribió sobre todo crónicas, ensayos breves y cuentos para niños, y casi todo se publicó primero en Brasil, en portugués. Entre los libros más conocidos de esa época están A alegria de ensinar, que en español salió como La alegría de enseñar (Octaedro, 1996), sobre los maestros, y Ostra feliz não faz pérola, «ostra feliz no hace perla» (2008). En español, Ediciones Dabar, una editorial cristiana de México, publicó entre 2006 y 2009 varios libros de crónicas suyas, como Transparencias de eternidad y Cuarto de cachivaches, y una antología preparada por el teólogo mexicano Leopoldo Cervantes-Ortiz, Saborear el infinito (2008). En 2007 salieron en español Dogmatismo y tolerancia (Mensajero), sobre el dogmatismo, y El Padrenuestro. Meditaciones (San Pablo, Bogotá).
Tres libros para empezar
1. El Padrenuestro. Meditaciones (San Pablo, Bogotá). San Pablo es la editorial de los paulinos. Es una lectura del Padre nuestro frase por frase, más cerca de la poesía que del sermón: «Sí, padre, que llegue tu reino para que la tierra se nos ofrezca como una gran sonrisa». La mejor puerta de entrada, porque empieza por una oración que todos sabemos de memoria.
2. Transparencias de eternidad (Dabar, 2006). Crónicas breves sobre Dios, el amor, la belleza y lo que le da sentido a la vida. Es el Alves de las columnas de periódico: textos cortos, que se leen en un bus. Se consigue nuevo en la editorial, en México.
3. Cristianismo, ¿opio o liberación? (Sígueme, 1973). Sígueme es una editorial católica de Salamanca. Es su tesis de Princeton, el libro que se iba a llamar Hacia una teología de la liberación. Es denso, pero ahí está el comienzo de todo. Se consigue usado.
Este artículo es parte de la serie 11 autores latinoamericanos que hay que leer para entender el evangelio: un artículo por cada uno, con quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
Dios nos dio alas, escribió Rubem Alves, pero las religiones inventaron jaulas.
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