En febrero de 1980, una bomba destruyó la planta de YSAX, la radio del arzobispado de San Salvador, la que transmitía su misa de los domingos. El domingo siguiente, 24 de febrero, mucha gente llegó a la misa con grabadoras. Monseñor Óscar Romero los vio desde el altar y lo dijo en la homilía: venían «para llevar en sus casetes este mensaje a donde no lo puede llevar la emisora». Contó que había personas «que hasta han llorado porque les hace falta, como algo de familia, las ondas de nuestra emisora».
En esa misma homilía dijo otra cosa: «esta semana me llegó un aviso de que estoy yo en la lista de los que van a ser eliminados la próxima semana; pero que quede constancia de que la voz de la justicia nadie la puede matar ya». Lo mataron un mes después.
Quién es Óscar Romero

Óscar Arnulfo Romero nació en 1917 en Ciudad Barrios, un pueblo de montaña del oriente de El Salvador, en una familia de recursos modestos. De niño aprendió el oficio con un carpintero del pueblo, y a los trece años dejó el banco de trabajo para entrar al seminario. Lo mandaron a estudiar a Roma, allá se ordenó sacerdote en plena guerra mundial, y cuando volvió pasó más de veinte años como sacerdote en San Miguel, la ciudad grande del oriente del país.
Cuando lo llevaron a San Salvador a trabajar con los obispos, se hizo amigo de un jesuita que vivía en el mismo seminario, Rutilio Grande, y cuando en 1970 lo ordenaron obispo, Rutilio fue el maestro de ceremonias. Pero Romero desconfiaba de los cambios que estaba viviendo la Iglesia en América Latina, y en 1973 llegó a acusar en público a los jesuitas de enseñar marxismo disfrazado de educación liberadora. Lo que empezó a moverlo vino del campo. Como obispo de Santiago de María, una diócesis rural de la zona del café, vio de cerca lo que vivían los campesinos, y en 1975, cuando la Guardia Nacional mató a cinco de ellos en Tres Calles, le escribió al presidente una carta de protesta.
Con esa historia, cuando en febrero de 1977 lo nombraron arzobispo de San Salvador, el gobierno celebró el nombramiento y muchos sacerdotes se decepcionaron.
El contexto en que escribió
Desde finales del siglo XIX, el café había dejado casi toda la tierra de El Salvador en manos de unas pocas familias, y cuando los campesinos y los indígenas se levantaban, el Estado los reprimía. En 1932, la Guardia Nacional, el ejército y grupos paramilitares mataron al menos a diez mil campesinos en el occidente del país; en El Salvador a eso se le recuerda como la Matanza. Cuarenta años después, la tierra seguía en las mismas manos, y una red paramilitar llamada ORDEN vigilaba el campo para señalar y eliminar a quienes consideraba sus enemigos.
Ese era el país que Romero recibió. Menos de tres semanas después de que se posesionara, el 12 de marzo de 1977, asesinaron a Rutilio Grande camino de El Paisnal, junto con un campesino anciano, Manuel Solórzano, y un muchacho, Nelson Rutilio Lemus. En la misa de cuerpo presente, Romero habló de Rutilio como de alguien «a quien siento como un hermano», y les habló a los asesinos, por si lo estaban oyendo por radio: «queremos decirles, hermanos criminales, que los amamos y que le pedimos a Dios el arrepentimiento para sus corazones». Para el domingo siguiente suspendió todas las misas de la arquidiócesis y celebró una sola, en la catedral, en señal de duelo y de protesta. Llegaron cerca de cien mil personas.
Desde ese domingo, el obispo que había llegado tímido a la capital empezó a hablar. Casi todas las semanas, YSAX transmitía su homilía, y en ella, después de leer el evangelio, decía con nombre propio lo que había pasado en esos días: a quién habían matado y a quién habían desaparecido. Oírlo podía ser peligroso. En 1978 denunció que, por la presión de los paramilitares, la radio del arzobispado «casi parezca una radio de contrabando», porque muchos campesinos tenían que oírla a escondidas.
Mientras su voz llegaba a todo el país, él vivía en un cuartito junto a la sacristía de la capilla del hospital de la Divina Providencia, donde las hermanas carmelitas atienden a enfermos de cáncer pobres, y no quiso aceptar una casa. Para sus sesenta años, las hermanas le hicieron una casita a la entrada del hospital. Allí, casi todas las noches, dictaba a una grabadora su diario.
La violencia no paró. En octubre de 1979, un golpe de Estado tampoco logró detenerla, y en el país crecían a la vez los escuadrones de la muerte y la guerrilla. Las amenazas contra Romero aumentaban, y él tenía miedo. En sus apuntes de un retiro espiritual, en febrero de 1980, escribió: «Siento miedo a la violencia en mi persona». Y aun así, el domingo 23 de marzo les habló directamente a los soldados y a los policías: «Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos». Y terminó: «En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!».
Al día siguiente celebraba una misa en la capilla del hospital por el aniversario de la muerte de doña Sarita, la mamá del periodista Jorge Pinto. Se había leído el pasaje de la semilla de trigo que, si cae en tierra y muere, produce mucho fruto (Juan 12:24), y Romero dijo que el trigo «solo deshaciéndose produce la cosecha». Estaba terminando la homilía cuando le dispararon desde la entrada de la capilla. La edición de sus homilías cierra esa con una línea: «En este momento sonó el disparo».
Ni siquiera su entierro fue en paz. El 30 de marzo, frente a la catedral llena, estalló una bomba y dispararon contra la multitud; murieron entre veintisiete y cuarenta personas. Trece años después, la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas concluyó que el exmayor Roberto D'Aubuisson había dado la orden de matarlo. Y en 2018, el papa Francisco, que ya había reconocido que lo mataron por odio a la fe, lo declaró santo. Ese día dijo que Romero dejó su propia seguridad «para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos».
Lo que propone
El obrerito de Nazaret. El aprendiz de carpintero de Ciudad Barrios nunca dejó de mirar las manos de la gente. En 1978 predicó: «cuando la fe descubre que ese obrerito de Nazaret lleva encarnada la vida de Dios […] todo hombre puede decir al mirar sus manos: hubo unas manos que fueron manos de Dios, y mis manos de obrero pueden ser también manos de Dios si me identifico con ese Cristo, que es Dios obrero encarnado». Y otro domingo dijo dónde se celebra la misa de todos los días: «cada carpintero celebra su misa en su banco de carpintería, cada hojalatero, cada profesional, cada médico con su bisturí, la señora del mercado en su puesto».
La religión no consiste en mucho rezar. En febrero de 1978, en la catedral, explicó quién tiene cerca a Dios: «todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre, del desaparecido, del torturado, del prisionero, de toda esa carne que sufre, tiene cerca a Dios. […] La religión no consiste en mucho rezar. La religión consiste en esa garantía de tener a mi Dios cerca de mí porque le hago el bien a mis hermanos».
La violencia del amor. Lo acusaban de incitar a la violencia, y él contestó desde el púlpito: «Jamás hemos predicado violencia, solamente la violencia del amor, la que dejó a Cristo clavado en una cruz, la que se hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros. Esa violencia no es la de la espada, la del odio; es la violencia del amor, la de la fraternidad, la que quiere convertir las armas en hoces para el trabajo».
El pobre que vive. En febrero de 1980, cuando la Universidad de Lovaina, en Bélgica, le dio un doctorado honoris causa, retomó una frase de los primeros siglos del cristianismo, «la gloria de Dios es el hombre que vive», y le hizo un cambio: «Nosotros podríamos concretar esto diciendo: "Gloria Dei, vivens pauper", (la gloria de Dios es el pobre que vive)».
Una Iglesia sin privilegios. En 1979, a las comunidades perseguidas de Aguilares les dijo que no tuvieran miedo, porque la persecución es señal de una Iglesia auténtica: «una Iglesia que no sufre persecución, sino que está disfrutando los privilegios y el apoyo de las cosas de la tierra, tenga miedo, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo».
El pueblo que empuja. Había llegado a la capital como un hombre tímido, y lo reconoció delante de todos: «¡Qué tímido me he sentido ante ustedes!». Con los años dijo de dónde le venía la fuerza: «Siento que el pueblo es mi profeta», y «con este pueblo no cuesta ser un buen pastor; es un pueblo que empuja a su servicio».
Lo que sí dijo. La frase más repetida de Romero, «si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño», salió publicada en un periódico mexicano el día después de su muerte, en una entrevista que un periodista dijo haberle hecho dos semanas antes, y los historiadores todavía discuten si la dijo así. En la catedral, en diciembre de 1978, sí dijo esta: «mi voz desaparecerá pero mi palabra, que es Cristo, quedará en los corazones que lo hayan querido recoger».
Por qué lo pongo en esta lista
Porque pienso en los hombres y en las mujeres que han muerto por el evangelio, y el primero que me viene a la cabeza es Óscar Arnulfo Romero, en El Salvador. Lo mataron el día después de pedirles a los soldados que no mataran a sus hermanos campesinos.
Y porque es la historia de alguien que cambió. Llegó al arzobispado como el nombramiento que celebró el gobierno, el obispo que desconfiaba de los jesuitas, y menos de tres semanas después tenía delante los ataúdes de su amigo Rutilio y de dos campesinos. Dejó que el dolor de la gente le cambiara la manera de leer el evangelio.
Hay que leerlo sabiendo que sus homilías están llenas de nombres, fechas y cifras de una guerra que ya pasó. Pero en medio de esos nombres está el Jesús que reconocía en las manos del carpintero y en el puesto de la señora del mercado.
Su bibliografía, para ubicarse
Romero no escribió libros de teología. Lo que dejó son sus homilías, que se grababan en la catedral y se transcribieron; sus cartas pastorales, escritas como arzobispo; el diario que dictaba en el hospitalito, como lo llamaba él, y unos pocos discursos, como el de Lovaina. Sus homilías se publicaron en varias ediciones, y entre 2005 y 2009 UCA Editores, la editorial de la Universidad Centroamericana de San Salvador, sacó la edición crítica en seis tomos, con notas que explican cada hecho que mencionaba. El diario se publicó por primera vez en 1990. La violencia del amor es una selección de frases de sus homilías, en orden cronológico, que hizo su biógrafo, el jesuita James R. Brockman.
Tres libros para empezar
1. La violencia del amor (Plough, 2018). Plough es la editorial del Bruderhof, una comunidad cristiana que vive de manera sencilla y comparte sus bienes. Son fragmentos cortos de sus homilías, en el español original y en el orden en que los dijo. Es la mejor puerta de entrada: se puede leer de a una página por día.
2. Su diario (Arzobispado de San Salvador, 2000). Lo que dictaba a la grabadora casi todas las noches, desde marzo de 1978 hasta cuatro días antes de su muerte: las reuniones, las visitas, el cansancio, las enfermedades, los amigos. Es el Romero de puertas para adentro. Se puede leer gratis en la colección digital de la Universidad Centroamericana y en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
3. Homilías de Monseñor Óscar A. Romero (UCA Editores, 2005-2009). Seis tomos, con todas sus homilías de arzobispo. Cada una se puede leer gratis en PDF en la página de la Romero Trust, una fundación británica que guarda su memoria. Para empezar, la del 30 de abril de 1978, la del obrerito de Nazaret, y la última, la del 24 de marzo de 1980.
Este artículo es parte de la serie 11 autores latinoamericanos que hay que leer para entender el evangelio: un artículo por cada uno, con quién es, de dónde viene y por dónde empezar.
Le pusieron una bomba a la radio, y la gente llevó grabadoras: la voz de la justicia nadie la puede matar.
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